Carta
a la Bodhisattva Edurne
¡Hola Edurne!, me dirijo a ti por el
nombre con el que te referenciábamos como persona cuando tenías cuerpo
físico, aunque ahora que vives la absoluta libertad del espacio abierto
consciente, ello resulte un tanto incongruente. Tú no necesitas que te
diga nada de lo que a continuación voy a expresarte, pero yo preciso
exteriorizarlo:
Hace treinta y siete años que tuve la inmensa fortuna de conocerte. No
eras un ser despierto a la Consciencia pero tenías unas enormes
cualidades. Que las personas tuviéramos la calidad humana que tú poseías
debería de ser algo natural, pero lo infrecuente de hallarse con seres
como tú hace que lo normal devenga extraordinario. Ahora, que finalmente
has alcanzado la iluminación, tú también expresas a raudales los infinitos
atributos del Ser.
Siempre fuiste una persona decididamente comprometida con lo que en cada
momento de tu existencia estimaste merecía tu implicación: apoyaste a los
tuyos cuando lo precisaron, te situaste a favor de los desfavorecidos y
oprimidos, militaste políticamente de forma activa durante la dictadura
franquista y la transición política, te involucraste participando en
diversos movimientos sociales, y como colofón a una vida de donación te
volcaste decididamente al trabajo espiritual consciente, que supone la
mayor entrega que un ser humano puede hacer por sí mismo y por los demás.
“Contra viento y marea” permaneciste en todo momento firme cual mástil
siendo consecuente contigo misma tanto cuando abrazabas una causa en la
que creías, como cuando en tu evolución la abandonabas por entenderla
inoperante. Muchos te valoramos y admiramos por todo ello, pero esa
consecuencia te granjeó, lógicamente, algunos rechazos y enemistades.
No te vendías ni por los halagos, ni por los afectos, ni por las dádivas y
prebendas, ni por el ejercicio del poder ni por el temor a las
consecuencias adversas que tu congruencia te pudiera acarrear. Vivías
compensada contigo misma, agradecida con las personas que te
profesábamos amistad, y con notable sosiego con las que te mostraban
hostilidad.
Tu compromiso se materializó a través de las cualidades más destacadas que
poseías: el amor y la entrega desinteresada a los demás, fuera cual fuese
el ámbito en el que se concretara. No tenías en cuenta las adversidades,
no escatimabas el tiempo ni los medios económicos en tu despliegue
altruista al que te dedicabas con total abnegación. En las relaciones
personales te mostrabas sensible a los problemas y necesidades de los
demás; eras una persona receptiva; predominaba en ti un carácter cordial y
afable; eras una mujer fuerte y resistente; no te dejabas pisar ni
manipular; fuiste una rebelde con causa, que fue integrando a todos los
seres en su corazón; no te sometías a nada ni a nadie, salvo tu ego a la Consciencia; marcabas con firmeza los límites que los demás no debíamos de
sobrepasar en tu territorio poniendo en su sitio a quienes se excedían
contigo; y eras también en el fondo, aunque te empeñabas bastante en
ocultarlo, amorosa, tierna y dulce con quienes optabas por mostrar tu
aprecio y no temías ser vulnerada ni que se interpretaran dichas
cualidades como signo de debilidad. Desarrollaste al límite el atributo
que personalmente más me conmueve de la mujer y es la de ser madre no sólo
con sus hijos sino con los demás. No tuviste descendencia porque decidiste
dedicarte a todos los hijos ajenos que en tu radio de acción abarcabas,
para concluir incluyendo en tu práctica espiritual a todos los seres de
todos los planos de conciencia. En este sentido cuando te volcabas a los
otros maternalmente te entregabas enteramente mirando más por nuestro bien
que por el tuyo propio, sin pedir ser correspondida al mismo nivel,
aceptándonos a cada cual tal y como nos vivíamos, acogiéndonos
amorosamente en el refugio de tu corazón, amparándonos con ternura cuando
lo precisábamos y sobre todo amándonos incondicionalmente.
En cambio eras, por lo general, más remisa a recibir el cariño ajeno,
pero lo admitiste en las relaciones francas a las que te abrías, lo
agradeciste especialmente de todos quienes te atendimos cuando el
aneurisma cerebral menguó tus facultades e intercambiaste de forma
especial con quienes tuvimos la fortuna de estar a tu lado en los días que
sucedieron a tu Despertar en tanto permaneciste en tu curtido y castigado
cuerpo físico.
Es cierto también, y lo reseño para no convertir este escrito en un
panegírico subjetivista, que en ocasiones te dirigías a los demás con
cierta rudeza y atisbos de intransigencia en las que el genio asomaba al
exterior, especialmente cuando en las tareas compartidas no seguíamos tu
ritmo, que en algunos casos nos parecía, desde nuestra óptica, estar
movido por la impaciencia e impulsividad. Personalmente sé, que cuando te
dabas cuenta lamentabas el haberte sobrepasado, y pedías disculpas bien de
forma expresa o tácita modificando tu actitud y compensando con algún
gesto de consideración. También tengo constancia del empeño que pusiste en
tu trabajo interior para que desde la visión lúcida consciente aconteciera
la unidad de los opuestos para dar paso a la virtud complementaria,
aprovechando tus debilidades como material de trabajo meditativo. De todos
modos, esta minucia, no logró empañar un ápice la calidad de tu total
donación, ni menguar, la admiración y cariño que sentimos por ti.
Tu entrega no se limitó a los seres humanos sino que se hizo extensiva a
todo lo que tuviera un hálito de vida, plantas y animales especialmente.
Tras haber iniciado el camino espiritual hubo una fase de tu existencia
que te dedicaste a cultivar una huerta con tal aplicación, apertura y
presencia que la madre tierra tuvo a bien comunicarte abiertamente sus
secretos. Con posterioridad, cuidaste el jardín donde habitaste con el
mayor de tus amores, con una perseverancia y esmero dignos de encomio. Si
tu gato “Canela” pudiera hablar nos relataría cómo gracias a tus cuidados
intensivos conservó la vida de pequeño, como proseguiste dándole de comer
y atendiéndole en todas sus necesidades, cómo jugaste con él cuando
demandaba tu cariño, y sobre todo las múltiples ocasiones en la que le
curaste cuando volvía a casa maltrecho o malherido por las peleas
nocturnas entre los machos de su especie por conseguir los favores de las
gatas.
A los dieciocho años fuiste a Bruselas independizándote de tu familia.
Hablaste muy poco de aquella época en Bélgica, por lo que me resulta
prácticamente desconocida.
Sacaste el título de asistenta social en Palma de Mallorca. La asistencia
social fue una de las dedicaciones laborales que ocuparon más tiempo de tu
vida, pero la calidad e intensidad de tu trabajo trascendía los estrechos
marcos de la excelente profesional que fuiste para convertirse en una
entrega humanitaria de alto calado. Durante varios años te volcaste con
los desheredados “andaluces de Jaén” supervisando un proyecto comunitario
que impulsaste junto con otras personas, recorriendo con un Land Rover los
agrestes caminos de la Sierra de Segura, acudiendo a las viviendas de los
pobres con los que en multitud de ocasiones compartiste el mismo tipo de
vida que llevaban, comiendo lo que había, durmiendo en cualquier rincón en
condiciones de hacinamiento y con una importante carencia de comodidades.
Tu ejemplo dejó una huella imborrable. En aquel contexto, surgieron
algunas vocaciones a la asistencia social. Aquellas mujeres junto con
otras provenientes de otros lugares del estado fueron tus alumnas, y el
agradecimiento que guardan hacia ti sigue perdurando después de más de
cuarenta años. Poco antes de que abandonaras el cuerpo, organizaron, como
venían haciéndolo periódicamente, unas jornadas, a las que en otras
ocasiones habías acudido, lamentando que tu delicado estado de salud no
permitiera tu presencia. Hemos tenido noticia, por medio de una asistente,
de que en los distintos actos organizados se habló reiteradamente de ti y
de tu paso fecundo por aquellas tierras. Cuando falleciste tu familia
recibió los sentidos pésames y el reconocimiento a tu labor y a tu
calidad como persona, de algunas de quienes fueron tus alumnas.
Cuando regresaste a Donostia entraste a trabajar como asistenta social en
la empresa Orbegozo de Hernani. Fuiste reconocida por tus desvelos en la
defensa de los derechos de los trabajadores, tu celo profesional al
servicio de sus intereses, y el empeño y sagacidad que ponías para lograr
de las administraciones lo más beneficioso para ellos especialmente en las
cuestiones de incapacidad e invalidez profesional. No te limitaste al
horario laboral establecido, sino que siempre que fue necesario
proseguiste incansable con tu labor sin obtener una remuneración extra por
las horas invertidas. Lo más impresionante de tu entrega se materializaba
cuando, por tu propia iniciativa, te acercabas cálidamente al ámbito
familiar del trabajador tomando contacto con su drama humano prestando
todo el apoyo y consuelo que estaba en tus manos.
Tu militancia política estuvo investida de las mismas virtudes que
animaron toda tu actividad personal, laboral, social y humanitaria:
honestidad total; compromiso absoluto con la causa abrazada; donación
individual íntegra; aportación económica generosa de todo lo que te
sobraba para vivir con dignidad; rebeldía contra la injusticia; asunción
valiente del riesgo, en este caso a la represión franquista, que también
se cebó en ti; y por encima de todo el acercamiento humano a las personas
y sus problemáticas particulares. Asumiste un nivel de responsabilidad con
un sector de los militantes encauzando su lucha política dentro de las
directrices del partido, pero tu aproximación a ellos y a sus conflictos
personales era genuina, no formaba parte del recurso psicológico para
lograr su permanencia en las filas de la organización en los momentos de
crisis o debilidad ideológica.
Fuiste una luchadora que asumió las causas de libertad y justicia de
forma auténtica y vocacional, desde el amor por el género humano. Tu
implicación activa no tenía nada que ver con la canalización de la
frustración y el odio por medio de la actividad política, ni con la
compensación psicológica de pertenencia a un grupo, ni con otros intereses
distintos a los que defendías abiertamente.
Te integraste en los movimientos sociales animada por los mismos valores
descritos. Participaste en la Asociación de vecinos del donostiarra bario
de Gros, trabajando por las mejoras de las condiciones de vida de sus
vecinos a todos los niveles. Te implicaste en el movimiento feminista de
forma comprometida con los derechos de la mujer, combatiendo las actitudes
machistas, pero sin considerar al hombre como un enemigo a batir como
defendían algunas posturas extremistas.
De tu actividad política, quedó a flote, gracias al salvavidas de tu
inmenso corazón, el amor que esparciste allá por donde pasaste, y la
entrega total a los seres humanos con los que te encontraste en tu camino,
a los cuales apoyaste y acogiste con una conmovedora calidad humana.
El punto de inflexión en tú vida, se dio cuando te encontraste con el
Bodhisattva Jesús Javier Juanotena, y le reconociste como a tu Maestro.
Con Jesús te iniciaste en el camino de la espiritualidad consciente,
decidida, apasionada, imperturbable y armada de valor, no abandonándolo
jamás.
Comprendiste que la meditación es la única herramienta útil que tenemos
todos los seres humanos para salir definitivamente del sufrimiento.
Igualmente entendiste que para que se instaure una sociedad justa, libre y
amorosa, es preciso que cambiemos las personas. Tuviste la evidencia de
que la plenitud total se halla en nuestro interior, y que para vivir en
ella es preciso despertar a la Mente Consciente, es decir, reconocernos
permanentemente y de forma consciente en nuestra auténtica naturaleza de
ser. Con la convicción de que la mayor entrega por el bien de todos los
seres es la de la transformación interior personal, ya que, al estar todos
interconectados, los cambios positivos operados en uno, contribuyen a que
se vayan dando en los demás, te dedicaste en totalidad a la práctica
meditativa. Tu amor y entrega desinteresada a los demás fue incuestionable
en toda tu trayectoria humana hasta ese momento. En ese sentido, tenías un
largo camino recorrido. En lo sucesivo te quedaba pendiente que esa
donación tuya a los otros fuera consciente, es decir, se diera desde la
presencia, y que realizaras el servicio por el servicio mismo, sin
expectativas, con independencia del resultado, y que para ello debías de
llevar la meditación a la vida cotidiana. Tuviste muy en cuenta los tres
pilares sobre los que se consolidaba el trabajo espiritual para Jesús: la
meditación, el servicio y el compartir desde el corazón. Asumiste bajo su
guía, que el crecimiento espiritual, es decir, la verticalidad, debía de
asentarse sobre un desarrollo firme de la horizontalidad o plano de la
realidad relativa. Por ello, pese a que eras una mujer resolutiva, con un
gran dominio del medio en el que te desenvolvías, te licenciaste, junto
con otras personas, en Ciencias políticas y Sociología, y adquiriste el
título de gestora administrativa. Por servicio abriste una gestoría, y más
allá de la eficacia de tu gestión, resaltó tu entrega entusiasta y abnegada
por el bien de tus clientes, y tu compromiso con su bienestar lo hacías
extensible a nivel personal conectando desde el corazón con sus problemas.
Tal era tu entrega que Jesús expresó en una ocasión a un grupo reducido
de personas que tú eras una con las que iría al fin del mundo.
El culmen de tu entrega se dio, después de que el Bodhisattva Jesús dejara
el cuerpo físico, en el Centro de meditación Karma Samten Ling, del que
fuiste cofundadora. Te entregaste a la práctica con plena dedicación y
disciplina. Proseguiste con el trabajo de integración del inconsciente a
través de la meditación. Fuiste entregando el ego a la luz de la
Consciencia. Te volcaste en el servicio. Te donaste enteramente y de forma
amorosa a la atención de todos los que acudimos al centro a meditar,
estando siempre presta a resolver hasta la más mínima de nuestras
necesidades, a crear las condiciones externas que favorecieran nuestra
práctica meditativa y a prestarnos el apoyo necesario para ello. El amor
que pusiste en tu entrega engrandeció tu donación. El servicio te
permitió, desde la atención lúcida consciente ir disolviendo el ego y
acumular méritos para alcanzar el sublime despertar en la Mente
Consciente. Sembraste amor, cosechaste amor y finalmente te reconociste
como amor. Aunque tardíamente tu ejemplo va paulatinamente calando en
nosotros.
Hace aproximadamente año y medio tuviste un aneurisma cerebral. La
respuesta de quienes acudimos al centro de meditación no se hizo esperar, y
con los múltiples ofrecimientos se organizaron turnos de vigilancia y
ayuda durante todo el tiempo que permaneciste ingresada. Esta fue una
muestra evidente del afecto y agradecimiento que habías conquistado sin
proponértelo.
En la fase de rehabilitación varias personas tuvimos la inmensa fortuna
de prestarte ayuda y cuidado como una oportunidad de hacer servicio y
poder ir actualizando el potencial de amor ilimitado que en esencia somos.
Tras una importante recuperación, recientemente sufriste una recaída.
Sentiste un importante agotamiento generalizado, la presión arterial se
volvió incontrolable pese a la medicación, y el deterioro físico fue
progresivo.
En este proceso de extinción, cuando más minado estaba tu cuerpo por la
enfermedad, y días antes de que lo abandonaras definitivamente, se dio tu
sublime despertar en la Mente Consciente. Tú habías cosechado los méritos
necesarios, y una vez rendido tu ego a la Consciencia, saltaste a la otra
orilla, al linde del despertar. Este acontecimiento tan excepcional y
extraordinario, que tiene una enorme repercusión en el despertar de todos
los seres, y en especial de la humanidad entera, aconteció en el marco
ordinario de tu lecho en la localidad navarra de Monreal.
A partir de entonces, tus miradas expresaban otra realidad. En unas
ocasiones tus ojos tenían un enorme brillo, en otras mostraban una
profundidad insondable, y en otros momentos distintos un gran amor y
compasión. Tu cuerpo se iba deteriorando con rapidez, pero tú viviste todo
ese proceso con una enorme aceptación, una profunda paz y un gozo
extraordinario. Todos quienes estuvimos contigo no tuvimos la menor duda
de que habías despertado.
Desde que alcanzaste la liberación total hasta unas horas antes del último
suspiro de tu cuerpo físico, entraste en una actividad benéfica incesante.
No podías casi articular una palabra, pero asombrosamente repetías
incansable “espacio abierto de la Mente Consciente”, como si de un mantra
se tratara, y realizabas los mudras de la práctica del mandala,
repartiendo bendiciones para todos los seres. A parte de una pequeña frase
en la que lo único entendible fue la palabra “martes”, poco más dijiste de
nuevo esos últimos días. Definiste a ese espacio en el que habitabas con
los términos “profundo” y “es azul”.
Tu actividad por el despertar de todos los seres la alternaste con la
entrega a quienes te acompañamos aquellos días. Posabas tus manos en
nuestra frente y nos acariciabas la cabeza. Nos repetías la frase de
“espacio abierto de la Mente Conciente” con un gesto expectante y una
expresión de tus manos que nos invitaba a que nos reconociéramos en ese
instante como ese espacio. Cuando constatabas que no compartíamos contigo
la misma experiencia, y que no habíamos despertado como tú, movías la
cabeza como expresando tu incapacidad de transmitirnos tu vivencia. Cuando
parecía que habías desistido en el empeño, volvías inagotable a intentarlo
una y otra vez. Nos entregaste mucho amor en esos días y también aceptaste
el que éramos capaces de darte, pero tus profundos abrazos expresaban el
amor ilimitado de nuestra auténtica naturaleza de ser, dando la sensación
de que aspirabas a que en aquel “Aquí y Ahora” nos fundiéramos contigo en
la gozosa Vacuidad Consciente.
El último día de tu existencia terrenal, la extrema debilidad no permitió
ni que abrieras los ojos. La respiración, entonces pectoral, se tornó más
rápida, pero tú continuabas expresando una gran paz. A continuación, se
calmó casi totalmente como si fuera inexistente, y tras tres respiros más
profundos abandonaste el cuerpo físico, el “precioso cuerpo humano” que te
permitió despertar.
En el Centro Karma Samtem Ling, con tu cuerpo presente, un gran número de
practicantes unidos por la meditación y la puya de Chenrezy te despedimos
con amor y gratitud, celebramos tu despertar y rendimos homenaje al cuerpo
terrenal que lo hizo posible, todo ello dentro de un clima en el que nos
sentíamos hermanados y formando parte del mismo proyecto. A los tres días
del óbito tu cuerpo fue incinerado y las cenizas esparcidas en el río Arga
cerrándose así el ciclo de lo finito que te permitió el tránsito a lo
infinito
Los actos celebrados en torno a tu fallecimiento culminaron con una
vibrante misa-funeral en tu localidad natal de Astigarraga. A este acto
devocional y entrañable acudieron tu numerosa familia, las amistades de
infancia y juventud, algunas asistentas sociales que estuvieron contigo en
Jaen, compañeros tuyos de la actividad política y algunos meditantes del
Centro Karma Samten Ling, entre otras muchas personas.
¡Infinitas gracias por todo! ¡Hasta siempre Bodhisattva Edurne! Solicito,
que cuanto antes, todos los que te hemos conocido volvamos a encontrarnos
contigo, pero esa vez junto con todos los seres, en la unidad de la
Vacuidad gozosa, luminosa y compasiva, es decir, en el “espacio abierto de
la Mente Conciente”.
¡Om Mani Padme Hung!.
Fede

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