LA SEXUALIDAD TÁNTRICA EN EL CAMINO DEL DESPERTAR (II)
 

Uno comienza la práctica sexual tántrica después de haber vivido toda su vida sexual de modo automático e inconsciente, moviendo las energías burdas existentes en los estratos más bajos del ser humano. Sin otra perspectiva que la satisfacción de nuestros impulsos vitales inmediatos, hemos quedado presos de una dinámica sexual viciada, de vibraciones muy bajas, que ha creído encontrar en el contentamiento sexual puntual un bálsamo para las tensiones e insatisfacciones acumuladas en tantos ámbitos de nuestra vida cotidiana. La sexualidad es una de las grandes válvulas de escape de la olla a presión en la que vivimos. En este escapismo de las energías más negativas que vamos acumulando en nuestro vivir cotidiano, la práctica sexual nos deja exhaustos, satisfechos de haber liberado momentáneamente nuestra presión interior, pero sacrificando nuestro propio caudal energético para lograrlo. Podríamos decir que en este planteamiento de sexualidad tan primario morimos un poco con cada práctica sexual, por lo que pasado un tiempo, necesitamos perentoriamente renovar los estímulos sexuales y, en última instancia, renovar nuestra pareja sexual, para poder iniciar nuevamente otro ciclo sexual que cumplirá la misma función de librarnos ilusoriamente de todas las insatisfacciones y frustraciones que nos lastran. O, en el peor de los casos, las circunstancias nos llevarán a conformarnos con una sexualidad ramplona, o a renunciar completamente a ella porque ya no nos aporta ni siquiera la posibilidad de equilibrar, aunque sea puntualmente, nuestra saturación interior. Utilizando un lenguaje moderno podemos expresar que este tipo de sexualidad descrito es una energía no renovable.

La energía sexual es de tal potencia que nos ha arrastrado continuamente a sus dominios inferiores y nos ha hecho cautivos de su corriente vital que no hemos sabido manejar y aprovechar sino para su función más elemental que ya hemos descrito y que no condenamos porque no es una función desdeñable y porque esta reflexión no está sometida a consideraciones morales, sociales o de ética religiosa.

Este poder de nuestra energía sexual ha sido considerado, por la mayoría de las tradiciones religiosas existentes,  como una gran dificultad y un escollo a salvar para el desarrollo y evolución espiritual del individuo. ¿Cómo encauzar y controlar las pulsiones sexuales y las emociones y las pasiones, que aquellas generan? Digamos que, en general, con el tiempo las religiones han ido tomando respecto a la sexualidad la vía de la prohibición, excepto para objetivos de procreación, naturalmente,  y/o el camino de la renuncia, sublimando la carencia sexual en aras de alcanzar niveles de realización más elevados para los que la práctica sexual sería un obstáculo. Como consecuencia de ello, se ha ido imponiendo en todas las estructuras religiosas y en sus jerarquías la condición del celibato y se ha ido olvidando que en los orígenes de tales religiones la práctica sexual estaba perfectamente integrada como tantos otros aspectos de la vida del ser humano, que en algunos casos, como en el de los grandes yoguis, la práctica sexual tántrica era una vía de realización espiritual importantísima.

Parece que detrás de esta desconsideración del ámbito sexual en el camino de la evolución espiritual se esconde una visión dual del ser humano según la cual el individuo tendría unos atributos y capacidades nobles, superiores, espirituales, correspondientes a su parte sagrada y otra parte inferior, carnal, pecaminosa, que dificultaría a nuestra parte superior el conectar con su realidad espiritual profunda.

Esta visión del ser humano que separa el espíritu  del cuerpo, lo espiritual de lo carnal, es partícipe de una visión más amplia que divide el mundo en espíritu y materia y que adjudica sólo al espíritu su cualidad de ser divino, sagrado o Consciencia. Para este modo de vivir la espiritualidad quedarían muy relegados, cuando no completamente apartados del proceso del despertar espiritual, lo considerado bajo o inferior, los aspectos más relacionados con el cuerpo y sus necesidades y pulsiones vitales como su sexualidad.

Esta concepción de la espiritualidad no parece tener en cuenta que el ser humano es unitario, que en él todo es sagrado y susceptible de ser elevado a los estadios superiores o más profundos de Consciencia, siempre y cuando sepamos purificar, sutilizar y transformar sus energías. Cada una de las células del cuerpo del ser humano es un templo de lo divino, un vehículo de Consciencia que sólo espera poder ser habilitado, ser  limpiado, purificado de sus adherencias de inconsciencia egóica para que pueda integrarse plenamente en su devenir evolutivo hacia un despertar integral, donde el despertar de la mente a su dimensión plenamente consciente acabe suponiendo también la transformación paulatina hacia un cuerpo humano despierto, ya que éste, el cuerpo, es el soporte imprescindible que nuestra mente consciente necesita para desarrollarse en la  tierra, donde necesariamente se librará “la batalla” del nuevo ser humano. El progresivo despertar del cuerpo humano a su propia realidad celular consciente significa ir descondicionándolo también, a la vez que se descondiciona la mente, de tantos y tantos hábitos seculares que hemos acabado tomando por leyes naturales respecto al sueño, al descanso, al alimento, a la enfermedad y a la salud, a las percepciones sensoriales de frío, calor, dolor, placer y, también naturalmente, a la práctica sexual. Vemos, por tanto, que cuerpo y mente no son separables en el proceso evolutivo de Consciencia del ser humano y que lo divino, la Consciencia, está en cada elemento que conforma la vida en este planeta y en el cosmos entero, también en los elementos que hemos considerado pertenecientes al dominio del mal, que no es sino divinidad y Consciencia veladas.

En una visión unidireccional hacia “lo superior” parece que la meta sería “establecerse”  en un estadio espiritual  fuera del mundo cotidiano, en una especie de éxtasis o nirvana que nos preserve y proteja de todas las fuerzas y energías potencialmente adversas. Pero no se trata de establecerse más allá de las dificultades, del cuerpo o de sus pulsiones; o de saltar a niveles superiores para quedarnos allí (hablamos de superior o inferior, arriba o abajo, para poder entendernos nada más), sino también de descender hasta  lo más escondido de nuestro cuerpo y hasta lo más trivial de nuestra vida cotidiana para poder transformar todos los aspectos que pueden ser negativos, sutilizar las energías más burdas y, en definitiva, “ir quitando los velos” para que la Consciencia pueda expresarse a todos los niveles y en todos los aspectos y actuaciones del ser humano, porque el ser humano es integral respecto a todos sus elementos e integrado en la energía unitaria cósmica de la Consciencia.

Una vez situados en esta perspectiva integradora de todo lo humano como elemento transformable y transformador en su camino espiritual ¿cómo podríamos apartar el extraordinario potencial de nuestra energía sexual de nuestro proceso hacia el despertar total?