EXPERIENCIA TÁNTRICA

    Con más de 50 años a nuestras espaldas hemos vivido importantes cambios en lo que se refiere a la vivencia y a la expresión de la sexualidad, desde una perspectiva personal y sociológica. En la actualidad vivimos en Occidente en sociedades cada vez más secularizadas que se han ido liberando de los prejuicios sobre el sexo. Nos llama la atención que en el terreno espiritual  se expresa poco sobre la sexualidad. Nuestra pretensión con este escrito no es más que hacer una aportación a este tema, la vivencia de la sexualidad en una vida con  dimensión espiritual.

   Podemos recordar  en nuestra infancia la visión que se tenía del cuerpo humano, como enemigo del alma. De lo que se deducía que la sexualidad era algo bajo que encontraba su justificación en el matrimonio, con el fin de procrear y de garantizar la supervivencia de la especie. Proporcionándonos una visión enfrentada y dual en la que el espíritu era superior y el cuerpo era inferior.

  Hoy en día sigue viva esa creencia en algunas personas célibes que, desde una perspectiva espiritual, proyectan que su renuncia a la sexualidad les otorga un estatus más elevado. Toda posición que asuma el celibato y no integre la sexualidad, negándola o reprimiéndola, tendrá como consecuencia la vivencia de la energía sexual de manera inconsciente, creando gran conflicto interior y pudiendo ocasionar, a veces, graves daños a personas vulnerables.

  Una premisa fundamental para poder tener acceso a vivir la gran Unidad que somos, es que a nivel individual no haya partes en conflicto y que la persona esté integrada, siendo expresión de unidad a su propio nivel.

  En nuestra relación como pareja la sexualidad ha ido experimentando cambios significativos. Desde la pasión fruto del enamoramiento, a quedar relegada por vivirla no en sintonía con nuestro proceso de sutilización, hasta llegar, finalmente, con la profunda visión de la Maestra, a ser vivida como un vehículo para la potenciación de una espiritualidad más profunda.

El viento de los cuarenta se llevaba, como quien  barre una casa deshabitada, muchos sueños que prometían felicidad y plenitud;  llegaba todo, pero en otro tren distinto al  esperado, demasiado tarde o pronto,  en otra estación, el resultado era un registro amargo, "esto no, esto tampoco, esto es poco…" buscábamos otro sueño pero también languidecía como flor con  poco agua, sin tersura caía, pétalo a pétalo depuraba las falsas expectativas. En el centro sólo fue quedando la búsqueda de algo más vasto, más profundo, más real, la vía espiritual y en ella  la meditación. Como quien se da  cuenta de que ha  estado dormido después de la noche y recuerda los sueños dejados, que nos han hecho sufrir o reir, como algo vano, irreal, dejamos, muchas de nuestras vanas pretensiones, quedando más fortificada en el  centro, el anhelo  de un compañero-a cómplice en lo profundo espiritual. Lo mundano tenía  otro  plano  más pequeño, más al fondo de la bambalina.

   Un día cualquiera  nos encontramos y compartimos el mismo deseo de profundizar, de crear, de conocer, de amarnos y compartir estas vivencias de trascendencia que expresaban nuestro anhelo por algo sublime. Incluso la negatividad, las dinámicas egoicas que generaban distancia y nos cerraban el corazón, a la luz de la práctica de la meditación,  nos iban haciendo conscientes de dinámicas de victimismo y de la necesidad de tener la razón. Nuestra complicidad era el Dharma que permeaba nuestras experiencias y nos hacía sentirnos como almas gemelas que presagiaban la dimensión real de unidad que somos en esencia.

   Ordenamos la vida en torno a la disciplina de las vías espirituales que conocíamos; fue la época de los Vipassanas, encuentro potente con el silencio y la meditación. Días de horas y horas de intentar mantener la mente centrada; Anapana, Vipassana, ausencia de estímulos externos, vivencias intensas, como: descubrir el mundo interior, la quietud, la paz; otras veces, malestar, revueltas inconscientes, todo estaba dentro de nosotros. Pero luego volvíamos a la vida cotidiana y la energía que habíamos acumulado en el retiro, se desvanecía. Heridas que se abrían quedaban mal curadas, nadie nos recogía, nadie nos guiaba. Quedaba la disciplina de meditar cada día, éramos dos para hacerlo, era muy hermoso, compartir el amor y la espiritualidad. Hasta que un día apareció un lugar nuevo, donde se practicaba meditación. Allí encontramos algo diferente, una energía desconocida que desde el primer momento era intensidad amorosa, te aupaba para profundizar y meditar con más claridad, como si te limpiara la mente ruidosa y te abriera las puertas de una dimensión nueva, más profunda, más dichosa. Otras veces removía lo oscuro y acumulado, que salía como dolor contenido que encontraba en su expresión, en el marco de la meditación, la salida hacia la paz.

  Supimos que era nuestro sitio, alguien con la sabiduría más alta nos guiaba, fueron años de intensa comunión, habíamos encontrado lo que más intensamente anhelábamos, un Maestro que era y es, vivo y puro espejo de lo que tan sabiamente dice. Lo que hemos leído en muchos lugares, lo que nos dicen que dijeron o hicieron otros grandes seres en otros tiempos, estaba y está aquí, cada día ante nuestros afortunados ojos, guiando el camino, indicando y sobre todo, inundándonos con su energía, con su sabiduría, con su amor que desde el primer momento sentimos como algo muy cálido, muy intenso, muy lúcido, que nos permitía meditar, ver como nunca antes, con su pureza, con una fuerza nueva. Era su luz derramada sobre nosotros para allanarnos el camino, para que pudiéramos limpiar nuestro interior y conectar con la plenitud que somos, pura Consciencia, pura dicha, pura libertad.

  Ante esta energía, nuestra vida sexual fue transformándose, hasta quedar relegada como algo burdo, ya que la vida meditativa nos hacía vivir una comunicación más intensa, más luminosa. Compartíamos otra unión, otra complicidad, la intimidad era intensa, pero no a nivel físico. Nadie nos lo pidió, no fue una renuncia difícil ni dolorosa, surgió como surgen las cosas naturales, de forma fácil por su propia inercia. Ahí estábamos, una pareja unida, dichosa, cómplice, éramos célibes, viviendo en la misma casa, durmiendo en la misma cama, cogidos de la mano, compartiendo la vida con sus luces y sus sombras, recorriendo el camino, profundizando en la vida meditativa.

   Retiros profundos en los que superábamos los niveles anteriormente experimentados. La Maestra nos guiaba por caminos, a veces, intrincados de nuestro espíritu, desvelando zonas oscuras, muros de ego, duras resistencias, paseándonos por el bosque de los fantasmas que antes creíamos nuestro yo. Otras veces, desvelándonos lo oculto en la mente, en el cuerpo, en las pequeñas células vivas sintientes, cálidas de amor y de sabiduría profunda no pensante.

   Retiro a retiro, día a día, tiempo sobre tiempo, recibiendo siempre tanto amor y energía, hemos ido aprendiendo, conociendo más este complejo mundo interior que somos. El trabajo de Vipassana trascendía en mucho el cuerpo físico. De él, sin esfuerzo, se iba a otros campos de vibración sutil, que en forma de vasta claridad  amorosa, de dicha, habitan en nuestro interior tras nuestra inconsciencia. La vivencia de esta energía vibrante trascendía el cuerpo, las células eran reflejo micro del macroespacio sin límites, de silencio, de plenitud gozosa. Otras veces esa fuerza descendía como delicioso e intenso maná desde la coronilla, por el interior del cuerpo hasta la base de la columna; vibrando, iluminando subía de nuevo y abría a veces, otros centros energéticos que giraban o ardían o vibraban, también. Ahí en el silencio de la meditación, con el aporte energético de la Maestra guiándonos en este viaje misterioso hacia nuestra Esencia.

-“Ya es la hora de la relación Tántrica “-Y así, nuestra relación fue adquiriendo otra dimensión nueva, nuestra espiritualidad se fue abriendo a una energía desconocida, más potente, que curiosamente comienza en algo que fue burdo, se transforma en una experiencia de fusión, más allá de las ideas prefijadas, de los viejos hábitos de  buscar  solo el placer, sin agarrarte a nada, sin apegarte a nada, ni siquiera al logro de experiencias meditativas elevadas, sin expectativas, entregándonos al instante del gozo de los cuerpos, del  placer, dejando que suceda,  que se expanda la vibración amorosa por todo el cuerpo. Cada célula ama envuelta en el calor del fuego místico y el placer se extiende desde las zonas erógenas a todo el cuerpo, porque vive físicamente la Presencia, convertido en receptáculo de lo sagrado. Lo burdo se sublima, no anulando o negando el placer, sino potenciándolo, como vehículo para la espiritualidad más plena.

Sin esfuerzo, la energía sexual sube hasta el Chakra Superior, porque antes, de él había descendido vibrando en luz por el canal central, Sushumna, hasta el Chakra Secreto. La fuerza del amor sube e ilumina y sacude todo el cuerpo, unidos en este gozo, solo observando lo que la Presencia hace, dejándole actuar en el cuerpo trascendido; vivimos esta forma de espiritualidad, sin aferrarnos a ella, porque no está al  servicio del placer, ni  del apego a otra persona, sino al servicio del camino espiritual, convirtiéndose en una meditación tántrica compartida.

   Después del amor no hay somnolencia, porque no se ha perdido energía, al contrario, la mente está lúcida, despierta, el Chakra del entrecejo puede estar activado, lleno de intensidad, de calor, o puede girar. El cuerpo deliciosamente despierto, las células laten y vibran en cálida pulsación. La vida es ligera, renovada, alegre, gozosa. Vives y actúas porque no has perdido  fuerza, la has multiplicado y redistribuido. El cuerpo y el espíritu están juntos, el cuerpo material, denostado por la espiritualidad convencional es el vehículo para la espiritualidad que fusiona amado-amada, exterior-interior, burdo-sublime, en una unidad de amor y gozo intensísimo.

   Las meditaciones ganan en profundidad, en potencia, en visión y vivencia de la Presencia. Queda ego, oscuras capas que limpiar, porque a veces, tras el encuentro amoroso, suben burbujas oscuras, recuerdos, emociones confusas, imágenes extrañas que la fuerza purificadora ha removido. Solo queda mirarlas y dejarlas pasar, como  residuo de un sueño que alguna vez soñamos; dejarlo ir y desvanecerse, porque ya no tienen fuerza, las diluye la mirada penetrante y serena que la Presencia ha instalado, que la fuerza del amor ha dejado en el meditante, que así puede profundizar en la meditación, en la visión de todo lo que le rodea: trabajo, relaciones… con una mente meditativa abierta a la fuerza purificadora de la Presencia, de la mayor conciencia en todo. Amar así es trascender, no solo el apego al amado, sino el apego al amor hacia él, porque el amor es solo un vehículo para la fusión con el gran Amor a Todo, en fusión de amor enamorado.