Soltando amarras

 

Érase una vez una adolescente con vocación de marinera llamada Noa que vivía en una pequeña aldea costera. A temprana edad comenzó en la escuela de navegación y pronto aprendió a defenderse en el mar. La bahía no era muy grande pero ella practicaba y disfrutaba sin cesar. En el puerto su familia estaba orgullosa de ver el futuro prometedor de esta simpática marinera.

De joven Noa acudió a la academia de navegación para emprendedores. Ella sentía la inquietud de viajar y conocer otros mares y océanos. Fue una discípula constante y perseverante, la cual no desistió ante sus dificultades en descifrar mapas marítimos ni tampoco en su admiración por el cielo estrellado en el que a veces se distraía. Al final logró obtener la mayoría de edad que le permitiría surcar los deseados nuevos horizontes.


Noa
estaba decidida, había llegado la hora de independizarse y hacer su vida. Festejó con su familia portuaria su nueva etapa adulta y puso su embarcación rumbo al Oeste. Allí encontró pequeñas aldeas similares a las suyas y observó que tenían diferentes costumbres de tripulación las cuales le parecieron interesantes. Aprendió gustosamente lo nuevo que otras escuelas le ofrecían. Pasaron algunos años en los que intercaló sus pequeños viajes de conocimiento y expansión con visitas a su amado puerto. Noa era feliz, le gustaba dejarse llevar por las corrientes marítimas y también disfrutaba volviendo a su pequeña bahía en la cual se sentía en casa. Era una mujer que vivía con sencillez, no necesitaba mucho más.


Un buen día escuchó hablar sobre los mares del Este y movida por su genuina inquietud hacia lo desconocido se embarcó rumbo a las aguas hasta ahora ignoradas. Allí, Noa, se quedó fascinada con los barcos, eran completamente diferentes a lo anteriormente visto. También con la manera de navegar, la calma ante la llegada de una corriente, la marinería en grupo… Noa vivió una gran inspiración y no dudó en quedarse en los mares del Este. La intuición de seguir ahondando en estas aguas le permitió cada vez adentrarse más en los nuevos confines, dejándose impregnar por la suave y dulce brisa teñida, en ocasiones, del espléndido arco iris.

La vida de Noa cambió radicalmente de dirección cuando por pura gracia se encontró con una Maestra capaz de navegar desde aguas calmadas y sin apenas viento hasta en tsunamis de alto calibre. Una Maestra que con toda frescura y soltura, compasión y sabiduría era una con el mar. Noa experimentó una bendición extraordinaria, se dio cuenta que los viajes anteriores y la idea que tenía de la felicidad habían sido experiencias enriquecedoras a un nivel pero en lo profundo comprendió que su viaje real podría comenzar ahora, con la entrega total a la verdadera enseñanza de ser una con el mar.

Decidió dejar de lado todas las técnicas y acrobacias aprendidas bajo el influjo del prestigio y reconocimiento externo que había vivido en los mares del Oeste.

Cogió las amarras, agradeció el servicio que le habían hecho en un pasado en el que necesitaba agarrarse a los sólidos puertos y las soltó al mar. Desprovista de todo lo innecesario Noa sintió una gran liberación en su interior, fue entonces cuando acudió a la Maestra y le dijo:

- Maestra, quiero aprender.

Y ella le respondió:

- Ahora sí, comencemos.

Fue así como Noa se unió agradecida a los demás discípulos provenientes de muchísimos mares del mundo; sabía que el viaje del encuentro con su esencia lo tenía que hacer ella misma pero era consciente que la guía, presencia y enseñanza de la Maestra eran imprescindibles para que se pudiera dar el Despertar a su Ser real.