Escucha

 

Prestar atención al cuerpo y reparar lo que de él surge puede resultar, en ocasiones, desagradable. De entrada, hablar de dolor puede parecer negativo y sin embargo, el asumirlo tal cual es, comprendiendo que no es más que nuestra propia creación mental, hace que se convierta en una increíble vía liberadora.

Recogiendo mi experiencia, afirmo gratamente que merece la pena adentrarse en las molestias físicas y permanecer en la Atención lúcida desde el corazón espiritual. Él nos guía en el entendimiento de lo que oculta esa forma replegada energética y nos conduce al núcleo del daño que esconde mientras se confirma a cada momento que cuerpo y mente son uno.

Para empezar, es necesario escuchar la energía física y ahondar en ella con paciencia y conciencia, en un dejarse hacer por el camino. Lo que hay es lo que es y lo que permanece hasta que se disuelve, aceptarlo es primordial.

Desde esta apertura, si nos encontramos con una obstrucción, entenderemos que hay una interrupción de la trayectoria que debería llevar y que retiene mucha energía, impidiendo que fluya libremente.


Toda la fuerza que utilizamos para contener estos cortes se traduce en inmovilidad tanto física como vital. Vale la pena decir que son como tesoros escondidos.


Cuesta acceder a ellos y una vez allí el cofre roído por el paso del tiempo está herméticamente sellado. No es posible abrirlo con herramientas externas que porten fuerza, ni con sofisticadas palancas. Es un cofre que necesita ser abierto desde la calidez del corazón lúcidamente consciente y la confianza en el camino. Su cerradura ha de ir derritiendo lo que el tiempo ha oxidado para mostrar los bienes que lleva dentro de sí.

Los bienes de toda una vida de creaciones mentales que pueden disolverse.

Estamos llenos de pequeños y grandes tesoros, a la espera de ser abiertos de su cerrazón y encaminar el sufrimiento hacia una vivencia cada vez más completa.

En este proceso de desbloqueo físico mi vida está recobrando todo el sentido en el camino diario de la meditación. Es cierto que el trabajo tiene una parte dura en sí misma pero, desde lo personal, son grandes las satisfacciones que estoy recibiendo a cambio, ya que, una vez llegada la rendición interior ante lo que hay nace poco a poco, de lo más íntimo, una tenue dulzura.

Es entonces cuando respirar se convierte en un masaje sensitivo y envolvente que transporta energía renovada a cada célula del cuerpo. La concentración permite estar enraizada en la inspiración y expiración, en su movimiento ondulatorio que a cada instante encauza el proceso de integración y liberación de bloqueos en sus diferentes capas de profundidad.

Se crea un circuito liberador por el que la energía comprimida se proyecta cálidamente hacia el espacio abierto consciente que hace atravesar la percepción corporal ordinaria y vivir más allá de las conocidas fronteras.

La dimensión espacial se amplifica en una no forma con vibraciones sutiles que al principio se presentan ocasionalmente en pequeñas zonas y poco a poco van manifestándose por todo el cuerpo produciendo una quietud dinámica. Es una experiencia que trasciende la decepción y frustración de quedarse atrapada en el dolor.

Todo este potencial que, pasito a pasito, estoy recuperando me permite comprender mi propia creación mental y desautomatizar mi compulsividad huidiza. A este nivel básico en el que me encuentro la meditación diaria se convierte en un campo apasionante y pleno.

La liberación que estoy viviendo aquí, en el centro, está haciéndome descubrir una individualidad en momentos lúcidamente feliz, cuestión que anteriormente era impensable en mí. Mi más profundo agradecimiento a la Maestra, a su vital enseñanza y generosidad.