BIRMANIA EN NUESTRO CORAZÓN


El pueblo Birmano sufre bajo la dictadura de la Junta Militar que gobierna el país desde hace ya casi cinco décadas y que lo somete, a sangre y fuego, a unas condiciones de vida inhumanas y a unas condiciones sociopolíticas que le niegan hasta los derechos humanos más básicos. La situación se agrava notablemente como consecuencia de la denominada “revolución azafrán”, la protesta totalmente pacífica iniciada y dirigida por los monjes y monjas budistas que no han hecho caso a las prebendas, favores y “cantos de sirena” con los que la Junta Militar pretendía ganárselos y  validar así su dictadura y, que por el contrario, han decidido ser pueblo con su pueblo, enfrentar una situación injusta de sufrimiento social y ser plenamente consecuentes con el principio de compasión budista.

Mientras tanto la comunidad internacional se entretiene y da prioridad a sus intereses políticos y económicos tanto a la hora de condenar las salvajes actuaciones de la Junta Militar como a la hora de decidir su no ingerencia, que en la situación que vive el país es un apoyo implícito a la dictadura. Pero no es el objeto de este escrito hacer un análisis sociopolítico de la situación que ya están haciendo expertos en uno u otro sentido. Tampoco queremos olvidar que la situación trágica que padece el pueblo birmano la han padecido y la padecen en la actualidad en muchos puntos de nuestro planeta. Vaya para ellos nuestro recuerdo, amor y nuestra energía solidaria.

Sin embargo los acontecimientos de Birmania tienen alguna característica poco común que merece la pena considerar. La protesta pacífica ha sido iniciada y dirigida por los monjes y monjas budistas del país que, armados de su escudilla de limosnas, de su “mala” para recitar mantras y de una sutil sonrisa, han logrado sensibilizar y movilizar a todo un pueblo y a la opinión pública internacional. Este hecho resulta sorprendente porque al budismo se le ha acusado tradicionalmente de estar ensimismado, absorto en su meditación y proceso interior, de ser poco sensible a las circunstancias de sufrimiento colectivo, y de no interactuar con el medio en el que vive. Resulta sorprendente también porque hay muy pocos casos en los que una estructura religiosa se haya opuesto en bloque, con tanta energía  y arriesgando tanto, a un sistema gobernante injusto. Históricamente más bien ha sucedido lo contrario. Por esta razón muchos practicantes budistas,  a pesar del dolor que nos producen los sufrimientos del pueblo birmano, sentimos una alegría profunda por el ejemplo de estos monjes, por su coherencia, porque han entendido la compasión budista como una energía dinámica que debe transformase en solidaridad con todos los seres sufrientes.  No nos cabe duda de que la determinación y el discernimiento de los monjes y monjas budistas de Birmania servirá como referencia a tantas personas que desean vivir profundamente su dimensión espiritual y les ayudará a entender que su crecimiento y realización personales tienen una doble dirección: encontrarse consigo mismo en su identidad profunda consciente, y encontrarse con los demás en todas aquellas circunstancias en las que les toque vivir.

Vaya pues nuestra apoyo y amor para el pueblo birmano y para todos los seres sufrientes de este planeta y nuestra adhesión a cuantas iniciativas de solidaridad puedan surgir.