CARTA-OPINIÓN A CERCA DE LOS TEXTOS DEL DALAI
LAMA Y DE ANTXONI OLLOQUIEGUI  SOBRE EL ORIGEN DEL UNIVERSO. 

La intención de esta carta es solamente expresar una serie de consideraciones que me han surgido a raíz de la lectura de los textos que sobre el origen del universo nos han ofrecido el Dalai Lama y Karma Samten Ling, de la mano de Antxoni Olloquiegui.
Sorprende primero el gran desarrollo de la cosmología budista y su gran comunión con la ciencia moderna en las investigaciones de la física cuántica, del átomo y del origen del universo. Más sorprendente, si cabe, cuando otras religiones solventan el tema mediante la creencia en un dios todopoderoso, consecuencia de una visión dualista del cosmos, que establece dos niveles casi irreconciliables, uno correspondiente al ente supremo creador de todas las cosas  existentes, y el otro nivel que concierne a todas sus criaturas, es decir, al resto del universo.
El budismo, sin embargo, establece una relación de unidad necesaria y de interconexión solidaria entre todos los elementos que conforman el cosmos, desde la materia en sentido estricto, hasta el conjunto de todos los seres sintientes, de nuestro planeta, donde el ser humano representa un grado evolutivo superior. Por tanto, el budismo ha debido ocuparse de tal relación, porque el ser humano encuentra su sentido en la interdependencia cosmogónica entre todos los elementos del universo, si bien desde una posición predominante por su condición de ser de Consciencia.
Pero, ¿qué tipo de respuesta corresponde dar a una religión o corriente espiritual a la gran cuestión del origen del universo?
Es aquí donde, en mi opinión, históricamente han errado muchas religiones por intentar avalar su visión del mundo a través de explicaciones donde lo espiritual y lo mental-racional-científico se confunden peligrosamente.
Entonces, ¿cómo se debe afrontar esta cuestión desde la espiritualidad? Tal vez antes de responder a esta pregunta tengamos que considerar que nunca habrá, desde el punto de vista científico, certeza absoluta sobre el origen del universo. A lo más la ciencia podrá aventurar hipótesis que no entren en contradicción con la propia ciencia. Quizás la única certeza que sobre esta cuestión pueda emanar de la investigación científica sea la expresada por Einstein, a quien la observación del universo le llevó a concluir que el orden y armonía que lo rigen necesariamente deben estar sustentados en una realidad superior. Pero, obviamente, tal certeza abandona el campo de la ciencia y se adentra en los niveles superiores de conciencia intrínsecos al ser humano, y por tanto, al ser espiritual.
Parece evidente que el origen de los seres y su esencia, es decir, su identidad profunda, no pueden entrar en contradicción. Es más, tal vez podríamos afirmar que el origen de los seres y su esencia son lo mismo, si consideramos que el conjunto de fenómenos astrofísicos que producen tal origen han sido sólo una circunstancia necesaria para el surgimiento de su esencia. Sin embargo, no parece necesario que para llegar a conocer la esencia de los seres, debamos conocer los avatares físicos, evolutivos o las leyes cósmicas que han provocado su origen. Es también claro que el conocimiento de la esencia del ser, por ser ésta fundamentalmente espiritual, nunca podrá ser descubierto totalmente a través de la ciencia, que se ocupa de los fenómenos tangibles, medibles, empíricamente demostrables y de las leyes que rigen tales fenómenos. Pero, del mismo modo, podemos decir que tal esencia no podrá contradecir las formulaciones científicas al respecto. Tampoco debemos cometer el error de creer que lo científico y los fenómenos que lo constituyen, son más reales que la propia experiencia espiritual que nos llevará a conocer la esencia de nuestro propio ser. Del mismo modo, la coherencia nos llevaría a concluir que nuestra propia esencia de seres humanos que ocupan un nivel superior en la escala evolutiva del planeta Tierra y la esencia de los seres inferiores, incluidos los no sintientes, es la misma.
El desarrollo espiritual del ser humano es la actualización de todas las potencialidades que constituyen su esencia. Por tanto la espiritualidad verdadera deberá llevar a todo ser espiritual a conocer su propia esencia, su propio origen como ser, más allá de las circunstancias físicas que lo provocaron. Pero todas las claves que nos pueden definir y caracterizar esta esencia están en nuestro interior, no en el exterior científico por muy atractivo que éste nos resulte. Y si la respuesta a las preguntas ¿Quiénes somos?, ¿Qué somos? ¿De donde venimos y a dónde vamos? está en el interior de cada uno de nosotros, sólo el camino de la experiencia-vivencia espiritual nos descubrirán nuestro propia esencia.
Aquí reside una de las diferencias entre los textos del Dalai Lama y de Patricia de Karma Samten Ling. Mientras el primero expone hipótesis coherentes con la visión cosmobudista en un esfuerzo encomiable de aproximación a las hipótesis científicas, Patricia nos ofrece su aportación desde la experiencia vivencia, que es una invitación a que cada uno de nosotros llegue experiencial y vivencialmente al conocimiento de su propia esencia y origen. 

Fdo.: Teresa Fernández