ESPIRITUALIDAD

Desarrollar la meditación significa vivir una gran espiritualidad en nuestras vidas.
Algunas personas consideran que para poder meditar es imprescindible cortar de manera definitiva con todo aquello que constituye  su ámbito de relación cotidiana. En realidad, esto no es así.
Si bien es verdad que tanto los espacios diarios para sentarse a meditar como aquellos dedicados a los retiros intensivos son necesarios para estabilizar la conciencia, es igualmente cierto que para que la meditación integre nuestra vida con todo lo que está pendiente de actualizar, es también necesario el choque real de las situaciones del día a día.
Si allí donde estemos, mantenemos la atención lúcida en la observación de los movimientos físicos y mentales, si la mente no divaga en pensamientos inútiles, no proyecta y no imagina, no hay distracción sino meditación.
En el ámbito de la relación humana hay un principio budista que resuelve el conflicto resultante de la dualidad interna en la que el ser humano se encuentra al identificarse con la idea de vivirse separado de los otros seres, personas, cosas…
Se trata del amor imparcial hacia Todo y todos que nos lleva a conectar, al mismo tiempo, con  un sentido de individualidad y también de unidad.
Todos somos diferentes pero no estamos separados de nada ni de nadie en la verdadera dimensión de la interconexión.
A semejanza de la luz del sol que sale y da luz a todos por igual, sin excluir a nadie, el amor imparcial es incondicional e incluye a todo ser. Sin asomo de egoismo, empatiza armónicamente con toda la existencia. No necesita un objeto de amor particular. En sí mismo es amor expansivo sin límites. Es una realización del amor como verdadera naturaleza del Corazón Espiritual.
El amor imparcial no conoce la frustración y la tristeza por la pérdida de nada; es desapego, absoluta libertad en el amar.

¿Es posible que el ser humano pueda vivir  esta calidad de amor?
Desde el desarrollo de la mente profunda consciente, sí.
En realidad es como consecuencia natural de vivirse en su identidad profunda, que el amor imparcial se expresa con una espontaneidad similar al arte, y actúa de manera creativa  sin esperar nada a cambio. Conectando la mente y el corazón al Corazón Espiritual, todo el espacio en el que uno se mueve está colmado de amor.
Desde el amor imparcial poco importa la posición social que uno ocupe. Puede hacer cualquier cosa pero nunca se sentirá “especial” por el hecho de expresar de forma genuina y espontánea los juegos del amor incondicional.
El desarrollo natural del amor imparcial es la vocación de Bodhisattva.
Para el Bodhisattva no existe otro deseo particular  que sea diferente al de compartir con todos los seres, sin exclusividad, la plenitud de descubrir el espacio en su interior y exterior. En definitiva, vivir, respirar que todo el espacio es Consciencia.

¿Hay algún dolor en el Bodhisattva?
Sí. El dolor que le produce la barrera de la ignorancia humana actual que hace difícil comunicarse, realmente, con todos los seres sumidos en el sufrimiento y en la búsqueda del Amor y la Libertad.
Al igual que el pez nada rodeado de agua en el océano, todo ser humano está rodeado por fuera e inundado interiormente por el mar de la Consciencia, y además, está dotado del principio consciente que le capacita para reconocerlo.
Ajeno a esta posibilidad y al hecho de estar nadando en el espacio luminoso de Amor y absoluta Libertad, al no tener conciencia de ello vive ignorando su verdadera realidad. Y así vive sediento de amor , de paz y libertad tanto en los sueños nocturnos como en los diurnos, sin darse cuenta de que está dormido.
En el Bodhisattva no hay otro anhelo que no sea el despertar de todos los seres a la auténtica Verdad de la existencia.
Una y otra vez, no ceja en preparar las condiciones para que se produzca el GRAN DESPERTAR DE TODOS LOS SERES y para que todos podamos descubrir el arte de vivir en la absoluta libertad de la Consciencia.