LA MEJOR INVERSIÓN ES EL AMOR DESINTERESADO A LOS DEMÁS (Y 3)

 

 En lo que a mí respecta en relación al amor hacia los demás he de constatar que hay varias fases. La etapa egoísta del “todo para mí” de cuando era niño, y que entonces era lógica, lamentablemente se prolongó más de lo deseable en la época de adulto. Al hecho de que me mantuviera anclado en dicha posición contribuyó decisivamente la imagen paterna y sus reiterados mensajes, que hice míos, apropiándomelos de tal modo que en la actualidad sigo descubriendo que determinadas opciones ante la vida que tenía el convencimiento de que eran mías y no adquiridas, al menos por vía familiar, fueron posiciones de mi padre que se hicieron un hueco solidificándose en mi inconsciente personal el cual forma parte ineludible del colectivo en el que se asienta.

La actitud egoísta de mi padre era, por cierto, bastante extrema por lo general, pese a que conmigo tuviera un karma que le llevaba a hacer por mí lo que no era habitual en él e incluso aquello con lo que no estaba de acuerdo, y sus mensajes resultaban repetitivos y machacones como un martillo pilón. En cambio mi madre, de forma callada, era en la práctica una persona dadivosa y entregada a quien llegué a admirar de forma especial. Lo significativo del asunto es que entre los dos modelos que se desplegaron ante mí, opté curiosamente por el paterno, que es el que me viene condicionando, y el materno quedó relegado a una profesión de admiración, que por el contrario no me llevó, en muchísimo tiempo, a la menor imitación.

Paulatinamente fui conformando un personaje totalmente egoísta en el que no se atisbaba el más pequeño resquicio de entrega a los demás, queriendo siempre aprovecharme e imponer mi voluntad al resto y sentando intencionadamente las bases de mi fracaso a nivel operativo personal para que hicieran por mí, lo que me llevó, al olvidarme de ello, a creerme una persona inútil e incapaz a la que los demás debían lógicamente ayudar, especialmente mi padre de quien asumí la excelencia de vivir sin trabajar, y, tristemente, en buena parte de mi vida tuvo un aplicado discípulo que lo  consiguió a su costa, con la pérdida de libertad, crecimiento y expansión que ello lleva implícito.

Al irme relacionando con otros chicos la realidad me fue mostrando algunos de los muchos inconvenientes que tenía el personaje que con tanto fervor había asumido. Por lo general, una persona egoísta no era bien vista y nadie a cambio de nada se sometía a las pretensiones de otro. Comprendí que si persistía en mi actitud me generaría un aislamiento de los demás y ello conllevaba un profundo sufrimiento. Así, pude comprobar que los patrones paternos solo le surtieron el efecto deseado a mi padre en su atemorizado ámbito familiar en el que, como contrapartida, fue también temido y odiado en múltiples ocasiones.

Me urgía, por tanto, limar las aristas más pronunciadas de aquel insociable personaje para obtener el deseado afecto que demandaba de los demás. Comencé, por una parte, asumiendo que no me podía imponer a nadie por las bravas, conteniendo, en consecuencia, mis enfados y airados impulsos; y, por otra, tratar de quedar bien haciendo lo mínimo posible por los demás, cuando era inevitable, si no quería ver deteriorada la imagen sociable que pretendía dar para conseguir el cariño ajeno. En dicha remodelación, para obtener de los otros lo que demandaba, fui remozando mi personaje con aspectos seductores, de debilidad e incluso sumisión, si lo que obtenía, en la operación concreta que se daba, me interesaba más que lo que creía que perdía.

La búsqueda del amor la reduje al ámbito externo convirtiéndome en una persona totalmente demandante que se sumía en una profunda frustración al no hallarlo en la forma requerida. Traté de suplir mis carencias afectivas, de forma desviada, volcándome a mis aficiones, especialmente la cinematográfica y en la obsesiva acumulación de objetos, sobre todo culturales, que me producían satisfacción, la mayoría de las veces, por la simple posesión y no tanto por su empleo o utilización.

Con el paso del tiempo y una cierta maduración construí un nuevo piso egoico sobre los anteriores que se sustentaban en los mismos firmes pilares de antaño. La nueva edificación abrió tímidamente sus puertas al compartir iniciando la apertura a la fase de “yo te doy y tú me das”, en la que había una mayor entrega, pero el requisito de la contrapartida a recibir devenía en una cláusula tácita irrenunciable de cada callado contrato. Esta mayor entrega se circunscribía al ámbito de las personas con las que sintonizaba, quedando excluidas el resto, y buscaba un equilibrio entre la donación y la percepción que, aunque fuera desigual, me compensara. Mi entrega a causas culturales y sociales se movía por unos estímulos egoístas que poco tenían que ver con los intereses de los supuestos perceptores. Mis ostentosos obsequios en el fuero interno obedecían  a unos móviles particulares, especialmente en el terreno afectivo. En ese periodo de mi vida comprobé, no obstante, que me sentía mejor cuando hacía algo por los demás que cuando no lo realizaba, pero no llegué a ver la estrecha relación kármica entre el dar y el recibir, porque muchas veces no coincidían ambos en un corto espacio de tiempo que me permitiera establecer dicha conexión, y en cambio en algunas circunstancias la respuesta negativa que recibía no podía asociarla a anteriores actitudes egoístas mías, sentando, en cambio, la justificación para posteriores negativas mías a la entrega a los otros.

Cuando apareció en mi vida quien fue mi Maestro tuve la inmensa fortuna, como he reseñado en otra parte de este escrito, de asistir a algunas manifestaciones del infinito Amor incondicional y entrega total y absoluta por el Despertar de todos los seres de un ser totalmente iluminado instalado en la plenitud del Ser, que expresaba en este mundo el estadio de “Yo te doy aunque tú no me des”, en unas cotas inconmensurables como manifestación del más sublime Amor. Lo mismo digo de mi actual Maestra, pura expresión de la Consciencia, que imparte su enseñanza, abierta a toda persona en disposición a recibirla, en el Centro de Meditación Karma Samten Ling. Ninguna entrega al prójimo, de las que yo he conocido y admirado, admite parangón con la de estos dos seres. Ambos Maestros se constituyeron, desde la toma de contacto con ellos, en un claro referente en mi vida, y su enseñanza, fruto de su vivencia interior, que trasciende la manifestación oral abarcando toda expresión que de ellos mana, se ha convertido en la imprescindible guía y en el faro que ilumina el camino que me conduce al despertar, es decir, el sendero que transitándolo lleva a vivirme en la esencia natural de Amor, Sabiduría y Energía del Ser.

Mi experiencia me corrobora lo que mis Maestros han expresado en múltiples ocasiones sobre el hecho de que estar junto a un buda no garantiza el Despertar ni actualizar significativamente nuestros potenciales búdicos si no se pone su enseñanza en práctica de forma disciplinada, o, dicho de otro modo, si no se lleva la práctica de la meditación a la vida cotidiana las veinticuatro horas del día, permitiendo que desde la Atención lúcida Consciente se vayan disolviendo en cada uno todos los contenidos egoicos en el espacio vacío de la Vacuidad Consciente.

Emitir una opinión sobre uno mismo mientras se está en la dualidad egoica tal y como lo estoy haciendo en esta reflexión entraña una fuerte dosis de subjetividad que se magnifica cuando uno trata de ver cómo se vive en la actualidad ya que el engañoso ego, que lo distorsiona todo, bien por exceso o por defecto, no tiene la suficiente distancia en el tiempo que permita que el sucesivo contraste con la realidad le corrija en alguna medida la deformación en la que incurre, que solo desde la Visión lúcida Consciente se disuelve permitiendo ver la realidad tal cual es. No obstante voy a osar reflejar mi particular apreciación en torno a mi entrega a los demás en esta fase de mi vida, ya que las consecuencias que de ella se derivan puede que entrañen algún interés con independencia de que esa valoración no sea ajustada a mi persona y lo sean más al de otra.

Desde que tomé contacto con el Dharma, hace bastantes años, al conocer a quien tuve por Maestro, voy viviendo que mi entrega a los demás ha ido creciendo paulatinamente; que vengo teniendo una mayor disposición al servicio; que junto al dar más viene cobrando una mayor importancia el darme o entregarme, que por cierto me resulta más costoso que el dar cuando tengo para hacerlo; que no exijo tan estrictamente que se dé una correspondencia hacia mi persona por lo que hago por los demás; que no están siendo tan infranqueables las barreras erigidas para la entrega fuera del círculo estrecho de amistades con las que sintonizo, ni con aquellas personas con las que discrepo ideológica, cultural o espiritualmente; que se va desarrollando en mí una actitud más vigilante para evitar utilizar a los otros o tratar de condicionar su voluntad; y que he llegado a la comprensión de la importancia que tiene que la entrega a los demás sea desde la meditación, ya que si no se da desde la presencia, aunque se obtengan méritos, no se disuelve el ego.

En cambio observo que hay mucho por purificar física y mentalmente para que pueda instalarme en la Mente no dual, pero sé que todos los aspectos egoicos que surgen en mí en relación a la entrega a los demás son, como he dicho en otra parte de este escrito, una inmensa oportunidad para que, con la guía de mi Maestra, no rechazándolos se vayan desde la meditación disolviendo todos sus contenidos, y vaya creciendo, en consecuencia, en el sublime Amor del Ser hasta que se dé el Despertar total.

En aquellas ocasiones en las que mi dedicación a los demás no ha estado tan interferida  por la faceta egoica he podido vivenciar, como he reflejado también en otra parte de esta reflexión, que es dando como se recibe y se crece en nuestra auténtica naturaleza de Amor, Sabiduría y Energía. En este sentido, recientemente he tenido la gran oportunidad de poder aceptar un servicio hacia una persona precisada, por azares de la vida, de rehabilitación. En esta ocasión se viene dando en mí, por diversas circunstancias, una donación desinteresada en la que está primando la entrega por la entrega misma y por el profundo agradecimiento que siento hacia ella. Muchas personas nos hemos volcado a ayudarla en los momentos más difíciles, con lo que he podido evidenciar, una vez más, el cumplimiento de la ley del karma, constatando que recibe quien ha dado, y ella está recibiendo, sin ningún género de dudas, porque su vida ha estado regida por su dedicación a los demás.

En este servicio, que a la hora de escribir estas líneas continúo desempeñando, se ha producido en mí un profundo cambio en el sentido de que las iniciales añoranzas al tipo de vida en el que estaba anclado y las tensiones por la adaptación al nuevo medio han cedido; me voy viviendo en una mayor plenitud interior; me va aflorando una alegría más natural y una satisfacción en el desarrollo de las funciones que he asumido desconocidas hasta el momento; voy viviendo mayores estadios de gozo interno; estoy, como tónica general, más centrado y con una mayor presencia, que me hace ser más operativo y abarcar un mayor número de tareas; va creciendo una cierta ecuanimidad que va relegando al juicio crítico; se van difuminando algunos aspectos egoicos extremos; el ego no se siente, en ninguna medida, por su dedicación protagonista en la evolución favorable que se va operando en la citada persona, ya que constato que es la Consciencia  quien está trabajando; y crece la sensación de hermanamiento con ella y con las personas con las que comparto el servicio.

Esta experiencia de donación, de la que me siento beneficiario, porque se van actualizando en mí algunos aspectos de las cualidades intrínsecas del Ser, me muestra que la vida ensimismada y egocéntrica no tiene ningún sentido que no sea negativo, y me ratifica que la propia plenitud radica en la entrega desinteresada a los demás. 

Concluyo dando gracias a quien fue mi Maestro y a mi actual Maestra, ambos expresión de la Consciencia, por toda su desinteresada e incondicional entrega por el Despertar de todos los seres; solicito como dice San Francisco de Asís “que no busque yo tanto ser amado como amar”; y pido que se reencarnen en este Mundo el mayor número de budas y bodhisattvas a fin de que se dé cuanto antes el Despertar de la humanidad entera. ¡Om mani peme hung!