LA MEJOR INVERSIÓN ES EL AMOR DESINTERESADO A LOS DEMÁS (1)

 

En el planeta Tierra el ser humano es el único de todos en quien la Consciencia ha depositado generosamente el principio consciente, lo cual le convierte en la exclusiva forma física desde la cual es posible acceder al Despertar o Iluminación en el Mundo, y ello, sin tener que esperar ineludiblemente al momento de la muerte.

Si bien es cierto que la raza humana ha obtenido algunos logros que han mejorado su calidad de vida en muchos terrenos, que se han logrado erradicar algunas formas extremas de dominación y que han existido y existen seres entregados a la búsqueda del bienestar de sus congéneres, en especial los bodhisattvas que vienen reencarnándose continuamente para propiciar el Despertar, es, así mismo, un hecho irrefutable que la humanidad entera, a excepción de esos pocos seres despiertos, se vive sumida en la dualidad egoica, siendo presa del oscuro inconsciente impersonal que le lleva a establecer, de forma predominante, unas vejatorias relaciones y condiciones de vida en todo el globo terráqueo. En este sentido, y a modo de ilustración valga enumerar algunos aspectos significativos del estado de deterioro al que hemos llegado los seres humanos, totalmente alejados de nuestra auténtica naturaleza consciente. En la Tierra existen los suficientes recursos como para que todos podamos vivir con dignidad, pero en cambio, con independencia del sistema económico del que hablemos se viene dando una expoliación de bienes, de forma agresiva o sofisticada, de unas naciones a otras a las que mantienen en la miseria, permanentizando la existencia de países ricos y pobres. La producción general está orientada al lucro inmediato de una exigua minoría o de una casta dominante, y no a resolver las necesidades reales y perentorias existentes, induciéndonos para ello a un compulsivo consumismo totalmente innecesario. Para sostener este orden, o mejor dicho desorden, se recurren a distintas formas de poder o dominación, más o menos lesivas, y sin el menor escrúpulo se deteriora gravemente el medio ambiente poniendo en riesgo el propio hábitat, y si es preciso se recurre a la represión e incluso al conflicto bélico como forma extrema de preservarlo. En algunos puntos del planeta son frecuentes los enfrentamientos, incluso armados, entre los partidarios de diferentes opciones políticas, así como entre los seguidores de distintos credos religiosos. La generalizada discriminación de la mujer y el racismo llegan a alcanzar en amplias zonas de la Tierra una gravedad extrema. El tráfico de mujeres y niños, aunque ilegal, es una lacra social denigrante en auge.

Es tal la degeneración de la raza humana que ha llevado a algunos seres de luz a alertar del riesgo de que la Consciencia retire el principio consciente de los humanos y lo deposite en otra especie, posiblemente animal, caso de persistir la cerrazón a su acción.

Es muy generalizada la visión materialista que atribuye la responsabilidad  de lo que acontece en el Mundo a los sistemas económicos dominantes, a las fuerzas políticas, religiosas y sociales que los avalan y al conjunto de instituciones que los sostienen, de modo que avanzando en dicha hipótesis se concluye afirmando que si se producen cambios positivos en dichas estructuras al amparo de unos buenos ideales erradicando lo negativo, ello contribuirá decisivamente en el  cambio de actitudes de las personas. La realidad es bien distinta, mas bien es justo al revés. Si la humanidad en su conjunto nos comportamos tal y como someramente hemos descrito, es porque la inmensa mayoría de los seres humanos nos vivimos en la dualidad egoica  y somos víctimas del oscuro inconsciente impersonal de la naturaleza humana, y nuestro inconsciente personal individual está en la misma sintonía, de modo que la manifestación global existente es la expresión del conjunto de las realidades individuales, aunque, obviamente,  sus repercusiones son mucho más perniciosas que las acciones individuales. Si la mayoría de la raza humana nos viviéramos en armonía  con nuestra esencia natural de Consciencia, la inconsciencia no reinaría en nuestro planeta, sino que estaría en pleno retroceso, y la evolución de esa importante parcela de seres humanos tendría unos efectos que se propagarían al resto en progresión geométrica por la propia acción expansiva y purificadora de la Consciencia.

La afirmación precedente puede parecer exagerada pero basta comprobar, con cierta distancia, cómo discurren nuestras existencias individuales inmersas en la inconsciencia participando nuestro inconsciente personal del colectivo, eso sí, cada cual en diferente medida e intensidad dependiendo del grado de evolución personal. Desgajados de nuestra esencia consciente vagamos en el desamor buscando el amor fuera de nosotros cada cual dentro de una amplia gama que va desde la manipulación seductora a la imposición; la entrega a los demás se mueve dentro de los márgenes existentes desde el cumplimiento de las obligaciones y la búsqueda de un equilibrio entre lo que se da y se recibe, en un estrecho círculo de afinidades, hasta el feroz aprovechamiento ajeno; el consumismo al que nos vemos abocados para paliar nuestra frustración tiene múltiples vertientes con diferentes implicaciones negativas y muy diversos modos y medios de satisfacerlas; la competitividad, el afán de superioridad y la discriminación emergen negativamente a la menor ocasión bien desde formas y cauces socialmente admitidos hasta de maneras totalmente inapropiadas o indebidas; nuestras discrepancias políticas y religiosas con los demás nos conducen a establecer diferencias cuya materialización oscila entre la distancia formalmente correcta y el enfrentamiento o la agresión; y en definitiva somos presa fácil de las emociones perturbadoras y las pasiones humanas que nos esclavizan. Además, en múltiples ocasiones, cuando nuestro cuerpo emocional acumulado en el pasado es activado por alguna circunstancia, nuestro inconsciente aletargado reacciona de forma totalmente desproporcionada a lo acontecido. También, hay facetas del inconsciente personal que no se manifiestan por temor a determinadas consecuencias, a la valoración social y sus repercusiones o a la acción de la justicia, pero que cuando el ego se cree inmune bien por estar convencido de no ser descubierto, o porque  alguna situación externa extrema lo propicie, o porque actúe con la fuerza y al amparo de un movimiento grupal en el que se diluye, puede llegar a tener la fuerza para arrastrarnos a la comisión de acciones graves contra los demás que en otras circunstancias no osaríamos llevarlas a efecto, y que incluso puede que nunca hubiéramos imaginado ser capaces de realizarlas.

Todos los problemas de convivencia que se dan en los seres humanos bien a escala reducida o ampliada derivan, como hemos dicho, del hecho de vivirnos disociados de nuestra esencia de Consciencia en la dualidad egoica, sedientos, por ignorancia, de la plenitud que somos, especialmente de nuestro ilimitado potencial de Amor, que mayormente lo buscamos cada uno  para sí mismo de forma egoísta y desviada en todo lo que realizamos. Todos los grandes seres de talla espiritual han aportado la solución para el género humano y han sido ejemplo vivo de la enseñanza que han impartido, pero muy pocos han tomado la antorcha y proseguido el sendero por ellos desbrozado. Con unas u otras palabras todos incidieron en que precisamente en el amor desinteresado hacia los demás hallaríamos nuestra propia felicidad.  Así, entre otros, Buda en su explicación de la ley del karma, también denominada como ley de causa y efecto, mostró la correspondencia existente en calidad y cantidad entre las acciones que realizamos y lo que posteriormente nos acontece o recibimos; Platón afirmó que “buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro”; Jesús de Nazareth  con su exhortación “amad al prójimo” indicó el camino y con la recomendación “dad y se os dará” mostró el secreto de la felicidad humana; y San Francisco de Asís en una de sus oraciones de solicitud de una entrega personal a los demás expresó que “es dando como se recibe”. En la misma línea, el conocimiento popular, expresado por medio de refranes es pródigo en citas del tipo de “el que da recibe”.

Si bien es cierto el mensaje que nos han legado todos los bodhisattvas sobre el amor incondicional a los demás como la fuente de nuestra propia felicidad, es preciso encuadrar este consejo en el conjunto de la enseñanza que transmitieron, ya que si se desubica de su contexto se puede incurrir en su deformación, tal y como lo vienen haciendo las distintas instituciones religiosas que han convertido la enseñanza del amor en una norma, mandamiento, precepto o virtud trascendental a cumplir. Si el amor y entrega a los demás es el resultado de una actitud egoica que pretende seamos mejores personas o practicantes, se encontrará con unas serias limitaciones. Indudablemente, es más beneficioso actuar desde un ego positivo que desde uno negativo, tanto para quien recibe como para quien da, que se beneficiará de la correspondencia kármica positiva, pero su entrega se verá acotada por las barreras de su propio inconsciente personal con la subsiguiente frustración de no alcanzar la anhelada talla espiritual, y más si en su tradición religiosa existen los conceptos de culpa o pecado, y condenación, cuando en realidad en el plano relativo solo hay causas y consecuencias, y las dos polaridades positiva y negativa, o el bien y el mal, como se les quiera llamar, parten de la Vacuidad Gozosa y Compasiva como una sublime expresión de Amor para que viviéndolas desde la unidad retornemos a nuestra esencia natural. Esta posibilidad es la que se cercena si nos movemos impulsados por el ego, que tanto en sus conquistas como en sus derrotas se verá fortalecido, cuando para vivirnos en nuestra intrínseca naturaleza de Ser es precisa su total disolución.

Todos los Maestros espirituales realizados  han hablado, con distintas palabras, de la misma realidad última: Jesús de Nazareht matizó la calidad de amor a la que se refería cuando dijo “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, y su Amor era expresión de la Consciencia; San Francisco de Asís en la citada “Oración de la paz”, en clara referencia al ego concluye que “muriendo a sí mismo se nace a la vida eterna”; …; y es de Buda Shakyamuni de quien nos ha llegado una de las enseñanzas más completas para salir del sufrimiento y despertar a nuestra auténtica naturaleza de Amor a través de la herramienta de la meditación.

La meditación es el único instrumento que nos permite salir del sueño egoico y despertar a nuestra realidad de Vacuidad Consciente Plena, de Amor incondicional, Sabiduría infinita y Energía gozosa creativa. La meditación no es patrimonio exclusivo de ninguna religión, muy al contrario pertenece al Dharma Universal, que reside en el corazón espiritual de todos los humanos, y Buda fue uno de los seres, que tras tener acceso a ese conocimiento, lo expresó en la Tierra, por tanto, para la práctica de la meditación no es preciso ser budista, y se puede llevar a efecto tanto si se profesa otra opción religiosa como si no.

A través de la meditación, situados desde la Atención lúcida Consciente a todos los contenidos físicos y mentales que se expresan en nosotros, no obstruyendo con resistencias su aparición, y haciendo posible la acción purificadora de la Consciencia al permitir que se disuelvan en el espacio vacío de la Mente Consciente, es como se van integrando los distintos contenidos egoicos de nuestro inconsciente y actualizando los infinitos potenciales de Amor, Sabiduría y Energía de nuestro ser real. Es bueno que en nuestro crecimiento espiritual se vaya dando un cierto equilibrio en la actualización de los tres atributos mencionados a fin de que no se dé una gran descompensación entre ellos.

En todo este contexto del crecimiento espiritual, el prójimo es la inmensa y compasiva oportunidad que la vida nos brinda para nuestro Despertar, ya que perdiéndonos egoicamente en la entrega consciente y desinteresada a los demás, nos vamos encontrando con nuestra auténtica naturaleza de Ser, y, de este modo, la calidad de los frutos que obtenemos van en consonancia con la expresión de un amor cada vez más consciente y desapegado a los que nos rodean.

Es preciso ir equilibrando la balanza kármica  con acciones positivas para que su correspondencia benéfica cobre una notable entidad. Es muy posible que algunas personas no tengamos un karma positivo para la meditación. Por todo ello, a los comienzos de la andadura espiritual, no es en absoluto desdeñable la entrega a los demás aunque parta desde una pretensión egoica, si no perdemos de vista la necesidad    de que la donación devenga consciente, ya que contribuirá a que compensemos el karma negativo acumulado y obtengamos los méritos suficientes para una práctica meditativa más profunda que permita irnos enraizando en nuestra Identidad profunda Consciente. Además, si ofrecemos nuestras acciones positivas y todo lo que nos acontece por el Despertar de todos los seres, esos méritos no se perderán y ello redundará, por la acción del karma, favorablemente en nuestro propio Despertar. Por otra parte si, en vez de dejarnos arrastrar por la envidia corrosiva, nos alegramos del bien ajeno, ese bien se dará en nosotros, por lo que si el motivo de nuestra alegría es el avance espiritual de otra persona ese logro se hará realidad en nosotros. También hemos de tener en cuenta  que lo que pidamos nos será concedido siempre que sea de corazón, es decir, que parta de una auténtica motivación, se dé la solicitud desde la presencia consciente y no dudemos de que nos será concedido. Así mismo, es bueno que demos las gracias por lo que recibimos, ya que cuando no tengamos méritos para obtener lo que precisamos, ello, nos será otorgado por el agradecimiento que manifestamos en el pasado. En el abandono del ego y sus ilusorias ataduras, es decir en su progresiva disolución a través de la entrega a la meditación en pos de la Consciencia y su acción purificadora, los frutos que obtenemos son “el ciento por uno”.

Los cambios  positivos que se dan en la evolución espiritual en cada uno, tienen un efecto igualmente benéfico en el resto de los seres humanos al no existir en nuestra esencia ninguna separación entre nosotros, y su propagación avanza con unos resultados expansivos amplísimos como consecuencia del efecto multiplicador de la acción de la Consciencia. Cuando tomamos conciencia de nuestra realidad y se nos ha desvelado el camino que nos conduce a nuestra propia liberación y la de todos los seres, adquirimos, desde el punto de vista kármico, una responsabilidad en la puesta en práctica de la enseñanza que nos ha sido donada, y si desaprovechamos la oportunidad no valorándola adecuadamente, pasará bastante tiempo hasta que estemos en condiciones de poderla retomar viviéndonos, en tanto, en la dualidad egoica de “la rueda del samsara”.

Cuantos más Seres Despiertos tomen cuerpo físico en este Mundo y cuantos más alcancemos la liberación, más próximo estará el Despertar total de la humanidad entera. La apuesta de la Consciencia porque la evolución espiritual y la posibilidad de despertar en la Tierra sea en la forma física humana no está perdida. En la actualidad hay un importante descenso de la energía de la Consciencia en el Mundo y unos cuantos bodhisattvas, que aunque escasos en número, tienen la capacidad, por el hecho de vivirse en la Consciencia, de que se dé un claro retroceso de la inconsciencia en nuestro planeta y que en consecuencia la evolución del ser humano a niveles superiores de Consciencia pueda ser un hecho. Los bodhisattvas expresan las ilimitadas cualidades de la Consciencia, de Amor incondicional y entrega absoluta al Despertar de todos los seres sintientes, de Sabiduría infinita que las mentes más preclaras de seres no despiertos no pueden ni siquiera imaginar, y de Energía en acción amorosa arrolladora e imparable. Personalmente, doy fe de ello, al tener la inmensa fortuna de haber conocido a dos bodhisattvas, uno mi anterior Maestro espiritual que dejó el cuerpo humano con el que le conocí, y la otra mi actual Maestra, y pese a tener conciencia solo de una infinitesimal manifestación de sus potencialidades, que, por añadidura, en su mayor parte escapan a la percepción humana de quienes no hemos despertado, he de confesar que esas manifestaciones a las que me ha sido dado asistir son de una grandiosidad que ni todo el vocabulario existente es capaz de expresarlas ni la cifra más larga de dígitos cuantificarla, y a la menor ocasión que tengo reconozco que la que me resulta más conmovedora de todas es la del inconmensurable Amor, y lo repito, además, porque el objeto de esta reflexión es el amor desinteresado a los demás.

Cuando se dé el salto evolutivo de la humanidad con un ser humano autotrascendido viviéndose desde la unidad de la Consciencia, su existencia será amorosamente  armónica, sabia y creativa en todo lo que realice, con todo su entorno y con todos los seres con los que se relacione, en el Todo o Absoluto Consciente, y será un gozo total el vivirse en la plenitud de la Vacuidad desde un referente físico humano en una entrega incondicional y desinteresada por el bien ajeno que redundará en el propio y en el de todo el colectivo humano que brillará desde la luz de la Consciencia.

El futuro descrito no es una utopía es una realidad que va plasmándose en cada instante que es el mismo instante eterno, pese a que lo que podamos percibir con nuestros sentidos externos parezca indicar todo lo contrario. Cada ser humano tenemos una responsabilidad en favorecer la acción de la Consciencia para que el devenir de la humanidad entera sea el referido, pero cada uno lo adquirimos en relación a nuestro nivel de conciencia al respecto. En este sentido, la mayor entrega por el bien de los demás  es la conducente a nuestro propio Despertar y el Despertar de todos los seres, a través de la práctica de la meditación, es decir la entrega total de nuestro ego a la acción de la Consciencia.

(Continuará en “La mejor inversión es el amor desinteresado a los demás
(y 2)”).