EL DISCÍPULO ESPIRITUAL (Y 3)

 

Hasta que no se da un cierto grado de purificación en los discípulos es frecuente encontrarnos con que en buena parte de nosotros se manifiestan actitudes egoicas soterradas, que pretenden, bien sea de forma sutil o burda, utilizarlo interesadamente, aunque no tengamos una conciencia muy precisa de ello. Hay, en cambio, discípulos que difícilmente caen en estas trampas egoicas, y si lo hacen, en cuanto se dan cuenta se abren a la Consciencia para que vaya limpiando su inconsciente.

Es habitual consultar al Maestro la conveniencia o no de llevar a efecto una acción determinada, haciéndole el planteamiento de una forma muy precisa, que aviesamente esconde la intención de que avale nuestra pretensión para poder actuar acorde  a nuestros deseos contando con su respaldo, y no desde una actitud abierta y suelta que busque exclusivamente lo más conveniente. En cambio, cuando intuimos que no va a avalar nuestro propósito, en ocasiones, hacemos lo que queremos sin consultarle previamente, dándonos a nosotros mismos cualquier justificación por la omisión. Es muy generalizada la actitud de alegrarnos cuando hemos seguido el consejo del Maestro y el resultado nos satisface plenamente, así como también, por desgracia, el culpabilizarle en caso contrario, cuando en realidad somos nosotros quienes, tras haber sopesado su opinión, optamos haciéndola nuestra, y, en última instancia, quienes tomamos la decisión y la llevamos a cabo.

Es muy común que los discípulos, cuando a nuestros egos no les interesa,  tergiversemos  lo expresado por el Maestro alterándolo o tomando una parte de lo dicho sacándola de su contexto para concluir en aquello que en el fondo deseamos. También es usual el hecho de tomar para nosotros, cuando nos apetece, una recomendación hecha por el Maestro a otra persona, cuando en nuestro caso concreto eso no sería lo más procedente; y al revés, el no querer, si no nos agrada, tener en cuenta lo propuesto cuando sería perfectamente aplicable a nosotros, arguyendo no ser uno mismo el destinatario de la sugerencia.

En ocasiones el Maestro puede recomendarnos algo hasta que tengamos una mayor madurez personal y espiritual para dar un paso hacia delante, pero es muy fácil que nos quedemos anclados por resistencias y temores más allá del periodo de vigencia del consejo; y, al contrario, puede también plantearnos en un momento dado una pauta válida para buena parte de nuestra andadura espiritual, pero si no estamos interesados en mantenerla, podemos ponerle una fecha de caducidad muy próxima, que puede inclusive llegar a ser la de la conclusión de la primera oportunidad de ponerla en práctica.

En la sangha de practicantes podemos, para conseguir lo que deseamos frente a los demás, tener comportamientos inductivos que traten de conseguir, con variadas artimañas, que el Maestro se posicione a nuestro favor, o bien planteemos las cuestiones  de forma que se pueda entender  por el resto que el Maestro está de acuerdo o lleguemos a afirmar taxativamente que lo está, cuando en realidad no es así o no sabemos su opinión.

En algunas fases de nuestro proceso espiritual podemos, desde la vanagloria y aprovechando el prestigio que otras personas pueden atribuirnos, en especial las que se acercan al Dharma, incurrir en actitudes  seductoras que pueden buscar la reafirmación personal propia, el reconocimiento externo, una relación física más estrecha, el afecto interesado, el sacar beneficio o ventaja del status ajeno o la captación hacia las  posibles actividades que podamos llevar al margen de la espiritualidad en nuestra vida laboral o social.

El Maestro como expresión de la Consciencia ve nítidamente todos estos comportamientos de los discípulos, muy propios de los comienzos del camino espiritual cuando aún no se han disuelto determinadas capas egoicas. La respuesta del Maestro, fruto de la infinita Sabiduría y del inconmensurable amor compasivo, nunca es reactiva, se da en el momento más conveniente, resulta totalmente imprevisible, y es la más apropiada para cada uno. Con independencia de cómo se van plasmando los juegos de la Consciencia a través del Maestro, los discípulos recibimos constantemente su enseñanza y el aporte energético necesario para que desde la meditación vayamos encarando nuestro inconsciente personal, podamos desde la Atención lucida Consciente ir viéndolo tal cual es y desde la apertura a la Consciencia se vayan disolviendo sus contenidos.

En tanto se dan en los discípulos las actitudes descritas en relación al Maestro externo, es generalizado el hecho de que guarden una concomitancia con las  sostenidas con la bendición de Buda. En este sentido, es propio no realizar la consulta interna de forma precisa para poder obtener la respuesta apetecida, no hacerla desde la total desidentificación mental, intentar manipularla alterando intencionadamente la respiración, no efectuarla interesadamente cuando no se está dispuesto a acatar la respuesta sea cual fuere, tomar la simple bendición como ratificación de las pretensiones propias, e intentar hacer creer a los demás por la forma de plantear una cuestión que viene avalada desde la bendición. En relación a las consultas internas  hay que tener en cuenta la inconveniencia de realizar aquellas que busquen el beneficio egoísta personal de cualquier tipo tanto material como inmaterial. El incurrir en cualquiera de estos comportamientos negativos puede conllevar la pérdida, durante un periodo más o menos largo, de la bendición de Buda, en estrecha relación al tiempo que se tarde en “agachar la cabeza”.

El ser parte integrante de una sangha de practicantes bajo la guía del Maestro supone una gran ayuda en el sendero espiritual por su enseñanza genuina, su ejemplo vivo, por el aporte energético y su unificación, por el estímulo mutuo, por la oportunidad de compartir conjuntamente desde la vivencia, por la mayor posibilidad de hacer servicio, por la ocasión de ser referentes los unos para los otros tanto en lo positivo como en lo negativo y por el hecho de poder vernos en el otro en múltiples ocasiones.

Si se es miembro de una sangha de practicantes es justo valorar lo que se recibe, sentirse afortunado, estar inmensamente agradecido, hallarse dispuesto a mostrar el Dharma a quien nos plantea una demanda de salir del sufrimiento, y tener una especial motivación por el Despertar de todos los seres.  No obstante, es conveniente tener una actitud vigilante hacia uno mismo por si, como es común cuando los seres humanos no purificados pertenecemos a organizaciones políticas, sociales o culturales, surge en nosotros sentimientos de importancia por la pertenencia a un grupo, de orgullo por contar con un Maestro al que podemos considerar como un líder carismático superior a otros, de arrogancia por contar con una enseñanza que podemos llegar a enarbolarla como si de un ideario preceptivo se tratara, de proselitismo impenitente, y, de exclusivismo, si en ese marco existen hábitos o vestimentas específicas, tomándolos como distintivo confrontador. Si surgen estas actitudes estando bajo la tutela del Maestro es una gran oportunidad para integrar desde la meditación estos aspectos del inconsciente que nos separan de vivirnos en nuestra Identidad profunda Consciente, y si no se está dispuesto a cejar en dichas actitudes, lamentablemente,  no podrá realmente uno mantenerse mucho tiempo a su vera, postergando al futuro la práctica guiada hasta que maduren las condiciones personales, pero la energía de la Consciencia a través del contacto sostenido con el Maestro seguirá trabajando en él y no le abandonará jamás. En cambio, en ausencia del Maestro, si estas tendencias persisten a causa de no haber realizado el trabajo de integración, podemos incluso llegar grupalmente a llevar a cabo acciones negativas que individualmente no nos atreveríamos a hacer.

Entre los componentes de una sangha de practicantes confluyen diferentes niveles de realización espiritual y un distinto bagaje inconsciente pendiente de integrar, junto con un karma acumulado en el pasado muy desigual. Esta circunstancia contribuye a que coexistamos en el mismo marco unos discípulos con una gran entrega y apertura a la práctica y al servicio a los demás, portadores a su vez de un alto grado de honestidad y sinceridad con lo que ven de sí mismos, que les permite no ocultar sus deficiencias, reconocer sus errores y estar en disposición de rectificarlos, junto con otros que tenemos una menor determinación a la praxis, una mayor cerrazón y somos presas más fáciles de nuestro inconsciente personal pendiente de liquidar. En este sentido, pese a que en la última parte de la  presente reflexión su contenido se desvía un tanto del tono generalizado por el que discurría, entrando en una mayor concreción de determinadas facetas egoicas, estimo procedente por la importancia que le concedo al ver las repercusiones que para los discípulos tiene, el reseñar determinados comportamientos egoicos de superioridad que son expresión de lo que un compañero en el camino denomina el “mal de altura”, junto a otros  de inferioridad que, apropiándome del símil, me atrevo a calificar como el “mal de bajura”.

Paradójicamente, siendo en nuestra esencia total plenitud, cuando no estamos presentes en apertura lúcida a la Consciencia, nos podemos vivir carentes, y desde nuestra demanda de totalidad si vivimos dolientemente la deficitaria actualización del potencial que somos, podemos, para intentar ahuyentar ese sufrimiento, desviarnos mucho más de nuestra auténtica identidad hundiéndonos más profundamente en la ciénaga del inconsciente, adoptando posturas de supremacía e incluso dominio sobre los demás, en los que el amor brilla por su casi total ausencia. Es habitual el contar con un fuerte apoyo energético del Maestro para que prosigamos en la práctica de la meditación, y, en muchas ocasiones, acceder a determinadas vivencias espirituales que, aunque lo creamos, no son fruto de nuestra realización espiritual, de tal modo que si no hemos ido saldando cuentas con nuestro inconsciente, en cuanto se nos aparta esa energía nos encontramos de nuevo en el mismo estadio en el que nos hallábamos antes de disfrutar de dichas experiencias, especialmente si hemos hecho un mal uso de lo que se nos ha donado situándonos por encima de los demás. Generalmente, hasta afianzarnos en la meditación, el Maestro puede apartarnos temporalmente los escollos más difíciles de nuestro karma hasta que estemos en condiciones más óptimas para asumirlo inevitablemente, con lo cual durante ese periodo no se manifiestan determinados aspectos del inconsciente o lo hacen con mucha menor virulencia, y si no hemos realizado el trabajo espiritual en ese sentido, puede llevarnos al error de interpretación de que esas parcelas egoicas las tenemos integradas y no nos arrastran ya a la inconsciencia. También nos podemos encontrar con un cierto desarrollo de nuestro potencial búdico en el que no hemos ido actualizando equilibradamente sus tres cualidades fundamentales de amor-compasión, sabiduría-discernimiento y poder-energía, y haya sido esta última cualidad la que ha cobrado mayor entidad en nosotros, y ante la insuficiente actualización de las otras dos, hagamos un uso erróneo del poder, y acabemos en consecuencia perdiendo el nivel alcanzado.

Sea cual fuere la situación por la que atravesamos, si nos vemos aquejados por el “mal de altura” espiritual, éste  se manifiesta comúnmente en la creencia  de haber alcanzado un desarrollo espiritual mayor a otras personas, lo cual estimamos que nos sitúa por encima de ellas, y nos conduce, de forma más o menos encubierta y desde la arrogancia o la falsa modestia, a mantener actitudes manifiestas de superioridad y prepotencia sobre los demás, cuando no conductistas o de clara imposición.

Los síntomas del “mal de altura” tienen distinta gravedad y diversas peculiaridades dependiendo de la fortaleza y constitución egoica del paciente.

Hay manifestaciones de endiosamiento en las que se mantiene una distancia sobre los demás como si se fuera una imagen a venerar situada encima de un pedestal o altar, pero ésta es, en nuestros días y en occidente, la exteriorización de la “enfermedad” más infrecuente ya que le aleja a uno demasiado de aquellas personas sobre las que pretende ejercer una influencia activa.

La expresión más generalizada y liviana del “mal de altura” es aquella que trata de engordar la estima y se limita a hacer ostentación de sus supuestos logros espirituales, bien sea de forma abierta o camuflada tras la apariencia de estar compartiendo o agradeciendo, y adopta determinadas poses y composturas impostoras con el convencimiento de que son el signo externo de haber logrado el nivel de realización que se intenta hacer creer que se ha obtenido, pero por lo regular dicha interpretación flojea porque carece de los registros que matizan la compasión y la entrega desinteresada al prójimo. A este nivel, expresando un mayor grado de evolución de la “dolencia” se pueden acompañar declaraciones en las que se quiere convencer al auditorio que la erudición es comprensión fruto de la realización, que no se precisa pasar por determinada fase del trabajo espiritual por tenerlo realizado cuando en realidad no se está en disposición de afrontarlo, que cuando se atraviesa por situaciones que el exterior aprecia le crean conflicto se debe siempre a que se es poroso a las energías negativas del entorno, o bien se atribuye la asunción del inconsciente colectivo para que la situación que vive de forma problemática no se atribuya a su propio inconsciente personal que se trata de aparentar está liquidado.

Una especificidad bastante generalizada de la afección es la que busca, al nivel que puede,  dar enseñanzas a otras personas como si fueran sus discípulas, sin que ello haya sido sugerido por el Maestro, buscando tras la falacia de estar ayudándolas o respondiendo a sus genuinas demandas de conocimiento, ser un referente influyente para ellas, y obtener  a cambio algún tipo de contraprestación de la índole que sea. La fase más aguda de esta particularidad tiene unos síntomas en los que se da la competitividad directa con el Maestro, “enmendándole la plana”, suplantándole a la menor ocasión que se muestre propicia, dándole lecciones, pudiendo llegar incluso a descalificarlo y erigirse por encima suyo como auténtico Maestro, cuando todavía se está en los inicios del Camino Espiritual.

Hay expresiones de esta patología que pueden crear fricciones egoicas en la relación de los discípulos o practicantes entre sí, como pueden ser las actitudes altaneras que persiguen infravalorar al otro emitiéndole la opinión del estado de evolución en el que se estima se encuentra, las de censura de algún comportamiento que solo incumbe a quien lo ha llevado a efecto conminándole  a la práctica, las de echar en cara a la otra persona que si le ha afectado una acción incorrecta propia sobre ella es porque no ha estado presente cuando en el caso inverso con evidencias de estar afectado se la condena por comportamiento dhármico incorrecto, la imposición a los demás o la no consideración a lo que incumbe a un conjunto alegando tener un mayor discernimiento o grado de consciencia que le lleva a no someterse a la inconsciencia de otras personas, o aquellas que desde la pretensión de tener un elevado nivel de realización no respetando la voluntad de los demás les someten a una dinámica que bajo la excusa de disolver en ellos algún impedimento o conflicto intentan se avengan a las demandas propias postulando que son ajenas.  

En contraposición a las actitudes propias de lo que hemos denominado “mal de altura” se dan otras quizás menos habituales o aparatosas que, apropiándome del símil, me atrevo a calificar como “mal de bajura”. En este espectro pueden incluirse las posturas de aquellas personas que bajo la apariencia de inferioridad o incapacidad propias intentan constantemente captar la atención de los demás, obtener su afecto y cargarse de su energía, pretendiendo inclusive se haga por ellas lo que no están dispuestas a realizar o pasar a ser dependientes recurriendo a tocar la fibra del grado de compasión y entrega ajenos;  las de quienes para no llevar a efecto el trabajo espiritual o alguna faceta de él, sacan siempre a colación sus impedimentos; las de quienes aparentando fingidamente someterse por ceder en cuestiones de menor calibre para ellas, obtienen del resto lo que realmente les interesa; y, en general, podrían tener acomodo en este apartado, los comportamientos pasivos de quienes permanentemente sugieren de tal forma que los demás se vean impelidos a ejecutar sus deseos pudiendo llegar a hacerles creer a los otros que esas ideas les pertenecen.

Los comportamientos reseñados tanto del “mal de altura” como los de “bajura” pueden llegar a suscitar los recelos mutuos de los discípulos, agudizar sus desconfianzas y ser un freno al compartir abiertamente, dándose en esta construcción de la torre de Babel egoica la confusión de las lenguas, pasando del lenguaje unitario del corazón a utilizar cada ego su propio idioma, hasta que las dispersas aguas de la inconsciencia sean reconducidas y desemboquen en el mar de la Consciencia disolviéndose.

Ninguno de estos posibles conflictos cae en saco roto y no es ecuánime el que los veamos negativamente por el hecho de que a cada ego nos incomode el pasar por situaciones adversas aspirando a vivir en el trayecto espiritual solo experiencias místicas gozosas, porque cuando se evidencian las actitudes egoicas de cada uno, resultan, por el contrario, ser  un excelente e imprescindible material de trabajo espiritual que si lo aprovechamos debidamente nos acerca a vivirnos cada vez en mayor sintonía con nuestra Identidad profunda Consciente, contribuyendo a su vez a que los cambios operados en nosotros se den el  resto de los seres sintientes. Además, todas las piezas egoicas del puzle van encajando en el gran juego del Despertar de la Consciencia, porque, en primera instancia, hemos de ver nuestros condicionamientos egoicos y precisamos para ello que emerjan a la superficie, y las actitudes de quienes tenemos al lado pueden ser el detonante necesario. Por otra parte, si en estas ocasiones nos actualizamos en el Aquí y Ahora las respuestas que en cada momento demos serán las precisas. Pese a todo, podemos encontrarnos con comportamientos inconscientes indebidos de otras personas hacia nosotros que, en ese momento, si tenemos dificultades para actualizarnos, pueden remover nuestro cuerpo emocional acumulado y vernos arrastrados por nuestra propia inconsciencia , y lo más apropiado en esas situaciones sea marcarles la requerida distancia y no sentirnos sometidos a ellas victimizándonos, porque hemos de tener en cuenta que las víctimas de hoy fuimos los verdugos de ayer y lo seremos del mañana si no se da en nosotros una profunda purificación.

Es necesario que en nosotros se dé una actitud vigilante consciente que vaya detectando todo nuestro trasfondo egoico, porque en tanto no despertemos  a nuestra realidad esencial, todos, incluidos quienes puedan estar de acuerdo con toda esta reflexión así como el que la suscribe, podemos ser presas del mismo mal que detectamos en los demás y estar interpretando, sin percatarnos, la misma obra con el simple cambio de actores, porque como decía Jesús de Nazareth “vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio”. En mi caso concreto, gracias al Maestro que tuve, que nos mostró, en parte, cómo nos vivíamos a quienes sostuvimos una relación más estrecha con Él, y a la Maestra que en la actualidad nos sirve de guía a quienes estamos con ella, es posible que pueda plasmar esta reflexión, pero en absoluto supone que lo descrito sea una realización en mí, más bien lo expreso por si resulta de utilidad para alguien, para que me sirva a mí mismo como recordatorio cuando vaya como un corcel desbocado sin bridas y me pueda detener actualizándome, y para que el hecho de expresarlo contribuya en que se vaya plasmando en mí esa realización.

En algunas fases del trabajo espiritual podemos tener verdaderas dificultades en ver el contenido de nuestras actitudes egoicas. Si bien es cierto que, si no somos conscientes, todos tendemos a proyectar en los otros nuestros fantasmas egoicos personales, no siempre lo que los demás ven de cómo nos vivimos nosotros es errado, aunque sus apreciaciones nos puedan parecer alucinantes o creamos que tienen algunas de las facultades mentales mermadas. Ello, se da en tanto estemos en el convencimiento de ser los mejores conocedores de lo que acontece realmente en nuestro interior, y no tengamos en cuenta que esta manifestación del ego ilusorio engañándose a sí mismo es una de las que más cuesta desenmascarar. Solo desde la atención lúcida consciente a todos los contenidos físicos y mentales que aparecen en nosotros de instante a instante podemos ver nuestros movimientos egoicos y su contenido tal cual son, y si nos mantenemos en apertura a la Consciencia, no aferrándonos a ellos, de tal modo que los soltemos dejando que se disuelvan en el espacio vacío de la mente Consciente, iremos viviéndonos cada vez en mayor sintonía con nuestra Identidad profunda Consciente hasta que se de en nosotros el total Despertar. En cuanto a las relaciones con los demás únicamente podremos ver a las personas tal cual son desde la actualización en el Aquí y Ahora.

Es vital que, si contamos con la guía de un Maestro espiritual,  aprovechemos esa inmensa oportunidad para ir poniendo en práctica sus enseñanzas e ir acortando las distancias y superando los obstáculos que nos separan de nuestra liberación, y no es conveniente que los discípulos los abandonemos antes de que Él mismo nos confirme que ya hemos despertado y ya no precisamos de su guía. La relación del Maestro con cada discípulo pasa por multitud de vicisitudes, en las que el ego del discípulo se va sutilizando cada vez más, siendo preciso para el Despertar que se de la total rendición del ego a la Consciencia.

Doy infinitas gracias a quien fue mi Maestro y a quien actualmente es mi Maestra y solicito a la Consciencia se dé cuanto antes el Despertar de todos los seres sintientes.