EL DISCÍPULO ESPIRITUAL (2)

 

Generalmente, ya que hay excepciones, al inicio de la relación con el Maestro, su comportamiento responde, aparentemente, a las pautas sociales comúnmente aceptadas, y discurre dentro de un cierto grado de previsibilidad y coherencia lógica para los discípulos.

Además, durante una buena parte de nuestra andadura espiritual, los discípulos recibimos del Maestro, junto con las enseñanzas espirituales,  un trato psicológico en un justo equilibrio con éstas, de modo que la distancia con Él, no nos resulte intransitable, y la práctica no nos parezca inalcanzable, pero en ningún caso como una manipulación que pretenda condicionar nuestra voluntad, ya que en esta relación acordada por ambas partes, siempre le asiste el anhelo compasivo de que sus discípulos y todos los seres despertemos reconociéndonos en nuestra esencia libre, respetando, en todos sus actos, escrupulosamente la libertad de los demás.

Para acceder al Despertar, como hemos dicho, es preciso que los discípulos, bajo la guía atenta del Maestro, integremos totalmente el inconsciente individual personal, asumiéndolo y permitiendo que la acción depuradora de la Consciencia lo vaya disolviendo. En este sentido, es necesario ir encarando desde la meditación, en toda la vida cotidiana, nuestro cuerpo emocional acumulado, es decir, todo aquello que desde la infancia no hemos vivido conscientemente y ha quedado guardado, sin que lo recordemos, en el baúl del inconsciente, y que nos condiciona en el presente. Debemos aceptar  cada momento tal cual es y permitir, sin culpabilizarnos ni identificarnos, que la maraña del inconsciente se exprese y que desde la Visión lúcida Consciente se diluya, a la vez que podemos con cada inspiración dejarnos permear por la Paz Consciente y con cada espiración expeler las manifestaciones del inconsciente para que se desvanezcan en el espacio vacío de la Vacuidad compasiva. Dependiendo del grado de presencia que se tenga en la observación, el contenido mental inconsciente aflorado, quedará total o parcialmente integrado, pero en el supuesto que no lo haya sido completamente, la próxima vez que emerja a la superficie lo hará con menor fuerza, hasta que prosiguiendo en el cometido se liquide definitivamente. En cambio, todas las vivencias frustrantes de la actualidad no vividas conscientemente van engrosando el cuerpo emocional acumulado.

Así mismo, es imprescindible que asumamos con ecuanimidad todas las situaciones de la vida sin apegos ni rechazos abandonando la inútil pretensión de querer que todo lo que nos acontezca nos resulte placentero y evitar a toda costa lo que se nos antoja como insatisfactorio. Con el desarrollo de la práctica meditativa vamos primero entendiendo y posteriormente comprendiendo, que las adversidades son auténticas ocasiones para progresar en el Camino Espiritual, fruto de la acción compasiva de la Consciencia que nos concede continuas oportunidades para que desde la meditación se vayan saldando en nosotros todos los contenidos de nuestro inconsciente pendientes de finiquitar.

En la medida que avanzamos en la senda del Despertar hay momentos en los que parece se ha dado un retroceso al hacer su aparición con fuerza aspectos del inconsciente que no reconocemos o creíamos saldados, ello puede deberse a que no hemos afrontado debidamente nuestro cuerpo emocional acumulado y persisten similares contenidos inconscientes hasta que sean disueltos, pero no siempre cabe hacer esa interpretación, dado que si realizamos con honestidad y corrección el trabajo indicado por el Maestro, como consecuencia, van brotando cada vez aspectos más profundos de nuestro inconsciente para que los expongamos a la refulgente luz de la Consciencia, y a cada progreso en este sentido le sucede una mayor plenitud que la disfrutada con anterioridad, dándose, como si de un émbolo se tratara, un continuo movimiento ascendente y descendente cada vez de mayor amplitud en ambos sentidos, hasta que al fin  reposemos definitivamente en nuestra esencia natural.

Para alcanzar el Despertar no es preciso ninguna otra práctica distinta a la meditación descrita, pero tampoco menos, no obstante, ello requiere un alto grado de presencia, que podemos ir adquiriendo en el ejercicio continuado y disciplinado de la meditación sentada. No es un requisito imprescindible la realización de “Los Preliminares”, ni ninguna de las innumerables prácticas propiciadas en el seno del budismo tibetano, aunque alguna como, por ejemplo, la mencionada “meditación de Chenrezy”, sea de gran ayuda para quien sintonice con ella. Mayormente, durante un periodo más o menos largo, es habitual que la pulsión de nuestro inconsciente nos arrastre en multitud de ocasiones impidiendo que entremos en meditación o sacándonos de ella. En estos casos, una práctica psicológica conducente a la autorrealización y actualización de los potenciales del Ser del tipo que impartía Antonio Blay,  puede ser un gran apoyo complementario de la meditación. El equilibrio de nuestro karma negativo obteniendo méritos a través, fundamentalmente, de la entrega desinteresada a los demás, contribuye poderosamente a que vayamos siendo merecedores de una mayor actualización en la meditación.

En este trabajo espiritual no se trata de que adoptemos unas actitudes positivas intentando ser buenas personas desplegando desde el ego una ética que supongamos concordante con las cualidades del Ser, lo cual evidentemente es mejor y más favorable kármicamente que cultivar conductas negativas, sino que es preciso salir de la esfera egoica integrando los aspectos pendientes del inconsciente y actualizando los potenciales de nuestra auténtica naturaleza, de modo que nuestro correcto comportamiento sea la manifestación genuina de vivirnos en ella, y no fruto del reforzamiento del ego, quien por otra parte claudicaría al menor envite, resultando frustrante la inconsecuencia de pretender ser bondadosos y fracasar periódica y reiterativamente en el intento, como acontece cuando con la fuerza de la voluntad pretendemos poner en práctica las cualidades positivas y las virtudes trascendentales, cumplir los mandamientos o guardar las normas y preceptos religiosos.

Tras un cierto afianzamiento en la práctica espiritual de los discípulos, las acciones del Maestro, por lo general, comienzan a no poseer, para éstos, el grado de predecibilidad que originariamente tenían. Muchas de sus actuaciones no concuerdan con una coherencia racional egoica, pero son manifestaciones que remueven el inconsciente de los discípulos, liman su autoengreimiento, ponen a prueba su confianza, y operan de tal forma, que con el paso del tiempo, se manifiesta en ellos la actualización de unas energías antes anquilosadas y en la actualidad liberadas, porque en esas acciones se expresa lo Impersonal de la Sabiduría que corta y quema. Esa expresión de la Consciencia a través del Maestro, hace que el ego de los discípulos se sienta agredido, sin que se den cuenta de que lo único que corta es la idea egoica que tienen de sí mismos.

En esta fase la confianza en el Maestro se traduce en la puesta en práctica de sus indicaciones con el convencimiento de que lo que acontezca, como resultado de seguir sus orientaciones, será lo más conveniente para progresar en el camino del Despertar, es decir, sin asirnos a ninguna otra certeza. La garantía que nos asiste en este estadio se traslada de lo externo a la confirmación interna del cada vez mayor grado de plenitud y realización que vivimos siempre que seguimos sus pautas. Se trata, por tanto, de que nos abandonemos desde la Visión lúcida a la corriente de la Vida sin embarcación, con la seguridad de que desembocaremos en el océano de la Consciencia, sin aferrarnos a las rocas de las firmezas egoicas efímeras que nos encontremos en el trayecto, ni abrazarnos a las ramas de las aparentes certidumbres que se inclinan con aplomo a nuestro paso, y, sin retornar a la orilla a pisar la conocida tierra pantanosa del ego.

De esta manera, el oscuro inconsciente de los discípulos es removido por la acción impersonal del Maestro y puesto en evidencia al sacarlo a la superficie, brindándonos la inmensa oportunidad de poder verlo, aceptarlo con amor y ponerlo, mediante la meditación, en el “altar del sacrificio” de la Vacuidad compasiva, expuesto a la acción purificadora de la Consciencia.

Si ponemos en práctica esta enseñanza nos vamos paulatinamente liberando de nuestro inconsciente y alcanzando cada vez mayores cotas de plenitud, y los cambios operados en nosotros redundan positivamente en todos los seres propagándose en progresión geométrica. Pese a todo, no siempre aprovechamos los discípulos la ocasión, ya que muchas veces  identificados parcial o totalmente con nuestro ego nos tomamos a modo personal la acción consciente impersonal del Maestro y no ponemos en práctica su enseñanza o no la hacemos adecuadamente. No obstante, su Compasión es ilimitada y las oportunidades son constantes, ya que no existe la condenación eterna al infierno del inconsciente, sino que, por el contrario, estamos irremisiblemente destinados a vivirnos por siempre en la plenitud de nuestro Ser al que nada le falta ni nada le sobra, siendo, en nuestro plano relativo de conciencia, sólo cuestión de una inexistencia como es el tiempo el que nos reconozcamos en nuestra esencia, que nadie nos la puede dar ni quitar por ser nuestra auténtica naturaleza, aunque en tanto tendremos ocasión de seguir constatando que en dicho plano el sufrimiento existe, y estaremos ante la disyuntiva de despertar por discernimiento o por sufrimiento.

 Dicho en otras palabras, el Maestro, entrando en el sueño en el que estamos sumidos, contribuye, para conducirnos al Despertar, a crear el caos, que finalmente, tras la unidad de los opuestos siempre acaba desembocando como maravilloso fractal  en el infinito espacio de la Consciencia.  Para referirse a esta acción se emplean distintas expresiones tales como “la Loca Sabiduría”, “escribe derecho en renglones torcidos” o “los caminos del Señor son inescrutables”, dependiendo de la tradición religiosa que las utilice. Así mismo, tenemos múltiples ejemplos de esta actividad de la Consciencia a lo largo de la historia, en los distintos ámbitos espirituales, entre los que cabe mencionar Tilopa y Naropa, Marpa y Milarepa, Krishna y Arjuna, lo Absoluto con Abraham y Job, y Jesús de Nazareth y Gurdjieff con sus discípulos.

Los Maestros Espirituales Despiertos que toman cuerpo físico entre nosotros, se viven en la unidad de la Consciencia que se manifiesta a través de ellos. En el devenir de los tiempos algunos Maestros han tenido un reconocimiento social de su labor en la época que les ha tocado vivir, empero otros han asumido un “calvario” particular siendo denostados, perseguidos, recluidos e inclusive llevados a la muerte. En la actualidad, aunque no se llega a tales extremos, nos encontramos con Maestros con una aceptación colectiva importante, en tanto que otros son incomprendidos, ridiculizados, repudiados o adscritos injustamente en el marco de las “sectas peligrosas”, en un intento social interesado de reducir su influencia  revolucionaria aislándolos. Todos ellos tienen en común su ilimitada entrega, sabia y compasiva, por el Despertar, no circunscribiéndose su acción al círculo que les rodea o al que acceden físicamente, sino que su influencia benéfica consciente se expande en las diez direcciones alcanzando a todos los seres de todos los planos de existencia.

En el encuentro y relación con un Maestro pueden darse diversas situaciones: unas personas no lo reconocerán por no ser su momento con ese Maestro o ser otro el que la Consciencia les depara para un futuro; otras tras aceptarlo lo abandonarán bien por reconocer humildemente que en la situación por la que atraviesan el encarar su inconsciente desde la meditación les desborda, o bien por el rechazo hacia Él, al no poder ver o admitir en sí mismas los contenidos del cuerpo emocional acumulado que ha removido para que salgan a la superficie; algunas permanecerán a su vera haciendo el trabajo espiritual, cada cual con su nivel de sinceridad y entrega; y habrá quienes, en algún momento, se verán emplazadas por el Maestro a que se corte la relación mutua establecida.  Sea cual fuere la situación creada con el Maestro, la energía de la Consciencia prosigue su trabajo en todos quienes, de una u otra manera, han tomado contacto con Él, quedando integrados en su inmenso y compasivo corazón. Bien sea por amor o por odio, todas aquellas personas que se han alejado, más tarde o más temprano,  retornarán como “el hijo pródigo” a su lado, por el inexorable cumplimiento del karma, pero lo harán en unas circunstancias más favorables al hallarse, a consecuencia del distanciamiento, en una situación personal más madura y receptiva para la práctica de la enseñanza, y si ese regreso es sincero se verán desbordados por su cálida y amorosa acogida y rebosantes por su total donación en ella.

Por lo general, los discípulos, cuando iniciamos en una reencarnación la andadura espiritual, no somos, precisamente, un dechado de virtudes, a no ser que algunos lo hayan actualizado en otras vidas y les quede solo pendientes algunos aspectos por actualizar. Muchos Maestros importantes han tenido discípulos, algunos de los cuales acabaron siendo Maestros, que se acercaron a la práctica con un pasado en el que había primado sobremanera la negatividad. Cada uno nos acercamos al Dharma  con un inconsciente personal determinado pendiente de integrar y un potencial de plenitud en espera de actualizar, y somos acogidos compasivamente por el Maestro tal y como llegamos. Sería un despropósito pretender que, para iniciar el Camino Espiritual bajo la guía de un Maestro, los aspirantes a discípulos, para serlo, tuvieran que reunir, como requisito indispensable, una serie de virtudes mínimas, cuando el vivirse en ellas es, precisamente, el resultado de ese trabajo espiritual a realizar. Si esta comprensión fuera vital en cada discípulo, en los momentos de roces egoicos, no surgiría la actitud intolerante de cuestionarse o admitir la pertenencia de otros a la sangha de practicantes, al no querer asumir las situaciones conflictivas y negarse a utilizarlas como valioso material para el desarrollo del trabajo espiritual, pretendiendo que el sendero sea un coto privado exclusivista con rosas sin espinas.

No resulta empeño fácil el desenmascaramiento y reconocimiento del “falso yo egoico” que nos hemos construido y mucho menos su aceptación y asunción. De entrada, tenemos un concepto teorizado totalmente erróneo del cómo nos vivimos y, por añadidura, creemos ser esa idea que nos hemos hecho de nosotros mismos. El personaje que, en su configuración básica, creamos en nuestra infancia a partir de salirnos de vivir unitariamente en nuestra esencia, lo fue para tratar de subsistir en el medio externo intentando eludir el profundo sufrimiento por el que atravesamos. Por ello, el cuestionarnos dicha creación, que paradójicamente nos genera multitud de problemas, resucita, en cambio, el dolor del que permanentemente huimos, y nos resulta por recurrente menos angustiante aferrarnos a él que el desembarazarnos.

Determinadas teclas del inconsciente de los discípulos van siendo tocadas, paulatinamente, con mesura y precisión, por la sabia acción del Maestro como expresión de la Consciencia, para que algunos aspectos concretos de dicho inconsciente se manifiesten y puedan ser vistos  y disueltos desde la meditación consciente.

En determinadas fases del recorrido espiritual cuando los discípulos, en vez de hacer el trabajo indicado, nos identificamos con el ego herido,  que además sabe que ante la Presencia del Maestro tiene los días contados, brotan sentimientos de odio hacia Él, o dicho de una forma más precisa y benévola, recurriendo al lenguaje empleado por Antonio Blay, le expresamos una muy deficiente actualización del potencial infinito del Amor que somos, aunque no lo reconozcamos y estemos convencidos de sentir un amor sublime por Él. Ello, no quiere decir que desde el ego no tengamos también sentimientos alternantes de amor hacia el Maestro. Además, hemos de tener en cuenta que odiamos a quien amamos por no sentirnos amados como queremos. El Maestro asume estas situaciones en una entrega absoluta y compasiva a fin de propiciar el desarrollo espiritual de sus discípulos.

Cuando nos dolemos por lo que nos ha hecho el Maestro, o tememos su acción, o nos inquietamos ante su Presencia, o proyectamos en Él la autoridad, o sentimos que nos ha tratado injustamente, o estamos contrariados porque no ha satisfecho nuestras expectativas, o le ponemos a prueba, o polemizamos con Él para conseguir tener la razón, o queremos destacar por encima suyo, se está, en todas estas y otras muchas ocasiones similares, expresando en nosotros hacia el Maestro, la deficiente actualización comentada del amor que somos. En ocasiones, la respuesta de los discípulos hacia el Maestro puede llegar a ser extrema, como, por ejemplo, la de Judas Iscariote que sintiendo un gran amor por Jesús le traicionó, o como en el caso de La Mère, que hubo discípulos que no la comprendieron en su auténtica dimensión, y no hicieron más que proyectar en Ella sus propios egos.


                                                         (Continuará en “El discípulo espiritual (y 3)”).