El discípulo espiritual (1)

 
Escribir sobre el discípulo espiritual no resulta tarea sencilla ni objetiva, ni siquiera para alguien que se considera como tal entendiéndolo en su acepción más amplia, dado que el ego se filtra insidiosamente dejando su impronta allá por donde logra penetrar. No obstante, pese al riesgo, voy a aventurarme a hacerlo, basándome tanto en las vivencias propias como en las ajenas que me ha tocado presenciar, por el hecho de aportar una visión, que en algunos aspectos, puede llegar a ser ilustrativa y enriquecedora, aunque sea por contraste con otras opiniones más ponderadas y ecuánimes que la mía.

Por regla general, excepción hecha de los bodhisattvas, cuando decidimos izar las velas de la meditación incorporándola a nuestra actividad cotidiana, es por que buscamos una salida al sufrimiento e insatisfacción vital por los que atravesamos, víctimas de navegar a la deriva por los procelosos mares de la inconsciencia dual egoica. Si además nos acogemos a la estrecha guía de un Maestro espiritual se debe a que somos proclives a este tipo de relación o al hecho de habernos rendido a la evidencia, de que sin el faro luminoso de un Maestro espiritual despierto y encarnado en cuerpo físico, es imposible salir del sufrimiento cíclico y despertar  a nuestra  esencia, arribando y echando anclas en el embarcadero de la Mente Consciente del que un lejano día partimos sin portar la brújula de la Consciencia. En este sentido, salvo indicación contraria, todas las referencias al Maestro espiritual en este escrito hacen alusión al que tiene la calidad y cualidad de Ser despierto.

Al acercarnos a la meditación y acceder a la tutela del Maestro lo hacemos con todo nuestro equipaje egoico dual a cuestas, con el cual nos identificamos, de forma especial con el cuerpo físico y con toda una serie de falsas ideas sobre nosotros mismos. El Maestro, sabedor de los tres tiempos, que ve cómo nos vivimos y conoce nuestro más recóndito inconsciente, nos acepta de forma  incondicional a sabiendas de la carga explosiva que albergamos secretamente en nuestro bagaje, en un sublime acto de entrega que no conoce límites, y que no somos capaces siquiera de intuir. Aquí comienza, para cada discípulo, la más grande y bella historia de amor que podamos vivir hasta reconocernos plenamente en el Amor: la del Maestro hacia nosotros, que es el mismo hacia todos los seres.

Salir del sufrimiento y vivirnos en la plenitud del Ser sólo es posible tras la disolución del ego que lo vela. Para ello, el Maestro nos da la enseñanza, nos aporta la energía necesaria y nos protege de lo innecesario para nuestro despertar, pero no nos puede hacer despertar aunque sea la mismísima encarnación de Dorje Chang, el Buda de todos los Budas. Estar junto al Maestro proporciona, además, multitud de bendiciones, estados de bienestar, experiencias y vivencias, que certifican la corrección de su enseñanza, e inclusive un aplazamiento del ineludible karma en su concreción más negativa, hasta hallarnos en mejores condiciones de asumirlo, pero el camino espiritual lo hemos de recorrer cada uno pasando conscientemente por toda nuestra creación egóica. Existen medios hábiles que permiten discurrir por el sendero con mayor celeridad, y si la entrega es total, andarlo con escasas distracciones, pero no hay ningún atajo mágico ni vuelo espectacular que haga posible eludir parte alguna del trayecto. Todo Maestro espiritual genuino, deja diáfana  esta premisa a sus discípulos, por tanto, cualquier otra conclusión a la que lleguemos es fruto derivado de nuestro autoengaño al caer en uno de los ardides del ego para perpetuarse.

El Despertar a la Mente Consciente sólo es posible a través de la meditación. Los discípulos de cada Maestro la reciben con algunos matices diferenciados en relación a los de otros, pero coincidente en su esencia fundamental. En concreto, y dicho escuetamente, a modo de ejemplo, la práctica meditativa orientada por mi Maestra parte de una relajación física que propicia una posterior relajación mental, y consiste en estar lúcidamente atentos a todos los contenidos físicos y mentales que surgen en nosotros de instante a instante, aceptando que afloren y desaparezcan sin identificarnos con ellos, apoyándonos en la muleta de la respiración natural en tanto nos sea necesario, y permitiendo que en el Aquí y Ahora sean disueltos por la acción purificadora de la Consciencia, lo cual nos permite irnos adentrando en nuestra Esencia plena Consciente, a la vez que con la inspiración nos dejamos invadir por la Paz Consciente y con la espiración expulsamos dichos contenidos para que se diluyan en el espacio vacío de la Vacuidad Consciente. Para alcanzar la liberación es preciso llevar esta práctica a nuestra vida cotidiana hasta que la abarque en su totalidad, no siendo precisa para despertar la válida opción de retirarse a meditar abandonando el contexto social en que nos venimos desenvolviendo, ya que al irse integrando todos los aspectos de nuestro inconsciente y actualizándose en nosotros las potencialidades del Ser, la inconsciencia va cediendo ante la Consciencia hasta que desembocamos totalmente en Ella.  

El abrojal del materialismo espiritual, es decir, todas aquellas motivaciones germinadas con el abono de la frustración, que han extendido sus raíces en nosotros, coexistiendo paralelamente y de forma contradictoria al deseo de salir del sufrimiento, y que nada tienen que ver con una espiritualidad auténtica, nos acompaña a los discípulos, agazapado en la espesura de la selva del inconsciente hasta bien adentrados en la ruta, por confundir nuestra ansia de liberación del dolor con una aspiración pura espiritual, y no nos libraremos de él en tanto no lo detectemos y se dé una comprensión vital de su inutilidad, permitiendo, en conexión con  la lucidez consciente, su desbroce.

Nuestra aproximación al Dharma es meramente egoísta, aunque nos incorporemos a una práctica en la que se tenga en cuenta no sólo nuestro Despertar sino también el de todos los seres, dado que nos movemos impulsados por la apremiante necesidad de salir de nuestro propio sufrimiento, y la liberación de todos los seres es un postulado que asumimos fácilmente en la teoría, pero por el cual, pese a la excelsa idea que tengamos de nosotros, hemos de acabar descubriendo, que estamos dispuestos, inicialmente, a dar de nosotros muy poco para contribuir mínimamente a la consecución de tal fin. Basta, para ello, observar, cual un entomólogo, las resistencias que tenemos y las justificaciones que hallamos a la hora de donarnos a quien tenemos cerca, necesitado de ayuda, para evitar el tener que hacerlo, si de ello no se deriva un claro beneficio, aunque sea el del mero reconocimiento. Es clarificador, en este sentido, constatar lo poco que somos capaces de hacer por los demás no mediando una ganancia, ni siquiera estando contractualmente obligados a ello, si ese prójimo no es el propio Maestro de quien esperamos obtener mucho y ante quien engañosamente estamos interesados en ofrecer una virtuosa imagen de nosotros mismos, o bien si esa entrega a otra persona no nos viene sugerida por Él. La práctica del servicio orientada por el Maestro, es decir, la entrega desde la Presencia al desarrollo de una actividad desinteresada de la que no se obtiene ningún fruto egóico contribuye poderosamente en la disolución del ego y en la actualización de nuestro potencial compasivo. En el budismo, de forma complementaria a la meditación en la no forma, encontramos, para el desarrollo más rápido en nosotros de la Compasión, una meditación en la forma muy eficaz, que es la del Buda Chenrezy. El compartir entre los discípulos desde la actualización permite que se vaya realizando en nosotros aquello que expresamos conscientemente a la vez que se hace realidad la Presencia de la Consciencia tal y como afirmaba Jesús de Nazareth al decir “cuando dos o más os reunáis en pos de Mí, Yo seré el tercero”.

En todos los ámbitos de la existencia humana nos podemos encontrar tanto con personas que responden a las ofertas que ofrecen, como con quienes no lo hacen en absoluto, no siendo el terreno de la espiritualidad ninguna excepción al respecto. En el mercado espiritual, bien sea en el seno de las instituciones religiosas como fuera de ellas, podemos hallarnos bien con auténticos Maestros espirituales o, por el contrario, con quienes ejercen como tales sin serlo, movidos por intereses que nada tienen que ver con el Despertar de todos los seres. Estar auspiciado por un Maestro espiritual realizado es fruto de haber madurado un karma cuyas semillas positivas fueron sembradas con anterioridad, en cambio ampararse en la dirección espiritual de quienes carecen de una auténtica realización es consecuencia de haber diseminado simientes negativas en el pasado. Esta simbiosis negativa, que también forma parte del devenir espiritual, si se mantiene en el tiempo, es posible, en buena medida, no solo a la sugestión o manipulación de los supuestos maestros, sino también, a una buena parte de insinceridad de los aspirantes a discípulos, que presas del materialismo espiritual se dejan seducir, al verse estimuladas por la obtención de sus larvadas aspiraciones materiales, o, por las expectativas de lograr satisfacerlas.

En la búsqueda del Maestro espiritual es habitual que uno se haga una idea, más o menos elaborada, de cómo puede ser, pero la realidad es que no se ajusta a patrones prefijados de raza, cultura, religión, sexo, edad, condiciones físicas, status social o profesión. El Maestro carece de personalidad psicológica y sus comportamientos y acciones son concreciones de los planes de la Consciencia, de la que se vive inseparable, razón por la que no puede ser definido por el carácter sino por las cualidades del Ser en Él.

Muy al contrario de lo que nos podamos inicialmente imaginar, establecer una relación dhármica con el Maestro no entraña en absoluto la más mínima pérdida de libertad para los discípulos, dado que por medio de este vínculo convenido por ambas partes, manifiesta o implícitamente, y que puede ser disuelto en cualquier momento, recibimos la orientación o guía de quien ya ha recorrido el camino, teniendo en nuestras manos la opción de acogerla o rehusarla, sintiendo realmente que el Maestro no se nos impone en ningún momento, ni aún por nuestro bien, en el trayecto que nos conduce a la plena y auténtica libertad en la Mente Consciente, más allá de la estrecha concepción egoica de libertad que albergamos y confundimos con el poder hacer lo que queremos, sin percatarnos que carecemos literalmente de ella, al estar condicionadas nuestras decisiones por nuestro oscuro inconsciente personal. Además, en la medida que vamos profundizando espiritualmente, nos encontramos con una ratificación interna de la veracidad y corrección de lo manifestado por el Maestro, que corroboramos se halla en total sintonía con la Consciencia, sin perder por ello nuestra posibilidad de elección, pero con la particularidad de que sabemos si actuamos o no en su armonía, y conocemos las consecuencias kármicas de nuestra opción.

Es frecuente que los discípulos dudemos en los comienzos del Maestro y sometamos su honestidad y cualidades espirituales a constantes pruebas durante un periodo más o menos largo, que puede concluir, con independencia de su realización, con la aceptación o el repudio. Algunas personas, pese a hallarse ante el Maestro, prosiguen en la búsqueda paralela y comparativa en otros ámbitos de la espiritualidad o el esoterismo. La confianza de los discípulos en el Maestro no debe de ser ciega, porque es una actitud que puede derivar en el fanatismo personal. La confianza va instalándola el Maestro en los discípulos, a la vez que nuestra puesta en práctica de su enseñanza va dando en nosotros, siempre, los frutos referidos, y se acrecienta mediante una posterior certificación interior. A partir de entonces, las dudas sobre el Maestro, son una falta de confianza en Él de los discípulos, que nos supone un serio obstáculo en nuestra andadura, al no permitirnos acceder abiertamente a su realización, y los intentos de encontrar otros referentes espirituales, como consecuencia de vivirnos divididos psicológicamente, tienen sus secuelas en un fraccionamiento espiritual que no tarda en manifestarse.

En los inicios, es frecuente que nos entreguemos a la meditación con la pretensión de obtener rápidos logros espirituales, experiencias místicas elevadas y el status de discípulos predilectos, dedicándonos a ella mediante el empleo de esfuerzos y similar actitud competitiva y comparativa que la que utilizamos para conseguir el éxito en la esfera social, reforzando, de esta manera, nuestros egos, hasta que adquirimos la comprensión de que para ir ahondando en nuestra paz interior es preciso que nos abandonemos desde la lucidez consciente a la acción purificadora de la Presencia. Este propósito egoico acostumbra a ir acompañado del intento de compra al Maestro por medio de dádivas o comportamientos que estimamos le halagarán, a fin de querer garantizar su enseñanza o ir satisfaciendo las metas de nuestro materialismo espiritual, hasta que nuestro ego se defenestra ante la limpidez del Maestro que no le secunda, cayendo por tierra sus ambiciones, a la vez que en la paulatina entrega al Maestro vamos tomando conciencia de que es una fuente inagotable de donación, y que, desde una actitud abierta por nuestra parte, nos colma de bendiciones y nos otorga, en cada momento, todo aquello que precisamos para nuestro desarrollo espiritual e incluso material.

Acaba siendo tanto lo que recibimos del Maestro sin que nos solicite nada a cambio, que ante este comportamiento inhabitual en la vida cotidiana, pasamos, en multitud de ocasiones, al extremo opuesto llegando a albergar la sospecha de que es Él quien trata obtener algo de nosotros, hasta que finalmente entendemos que no nos necesita para nada, y que lo único que quiere de nosotros es que le entreguemos nuestro ego para que nos vivamos en la plenitud de la Mente Consciente, y, paradójicamente,  lo que no estamos en absoluto dispuestos a entregarle es precisamente nuestro ego. Creemos que queremos despertar, y confundimos nuestros deseos de no sufrir con nuestra liberación, pero nuestro ego no está dispuesto a desaparecer, y cuando decimos con total convencimiento que esa es nuestra aspiración, es el ego quien haciendo esa afirmación totalmente identificado con ella intenta perdurar, ya que desde la presencia en el Aquí y Ahora no existe quien se plantee ese anhelo, aunque en nuestro fondo interior existe una conciencia de plenitud, que equivocadamente la buscamos en el exterior.

En tanto que el Maestro está entregado al juego del despertar de todos  los seres, el ego de los discípulos, con los ojos vendados de la ignorancia, juega al escondite con la Consciencia del Maestro pretendiendo no ser visto por su Visión Profunda a la que nada se escapa, y que viene a ser como la atribuida en la tradición cristiana al Dios Padre que todo lo ve, atributo representado gráficamente por un ojo en el interior de un triángulo. El juego de la Consciencia es de una perfección inusitada porque acercándose, a través del Maestro, al ego de los discípulos acosado por el sufrimiento que inconscientemente se ha autogenerado, y aprovechando la perentoria necesidad de salir de él y apoyándose en su necesidad de protagonismo para subsistir, le sugiere la realización de una práctica como la meditación, en la que parte con las riendas de la iniciativa, de modo que siempre que la lleva correctamente termina perdiéndolas quedando expuesto a la luz de la Consciencia que paulatinamente lo va disolviendo como los rayos del sol a la niebla. Tanto es así, que con aquellos discípulos que tienen un ego que se siente incapaz de conseguir casi nada en la vida y mucho menos el meditar, el Maestro se ve precisado a alimentarlo, contribuyendo a que adquiera una mayor autoestima a fin de que pueda abordar el trabajo espiritual y, en consecuencia, darse con posterioridad su total disolución.

La obtención de poderes nos puede tentar a los discípulos, pero el Maestro nos alertará de las consecuencias kármikas negativas de jugar con el fuego del poder cuando no se ha dado una purificación, ya que inevitablemente nos quemaremos al ser mal utilizado persiguiendo el beneficio propio a costa de los demás. Indudablemente, en el crecimiento espiritual vamos actualizando determinados poderes del Ser, pero, bajo la guía del Maestro, estos van parejos al desarrollo del discernimiento, la compasión y la energía al servicio de los demás. También podemos sentirnos atraídos por determinadas prácticas esotéricas que pueden distraernos en el camino, pero el Maestro evitará su promoción y nos avisará del riesgo que corremos si nos adentramos en ellas, postergando en el tiempo nuestro Despertar.

La ingente acumulación de conocimientos en torno a la vía espiritual, más allá de lo aportado o recomendado por el Maestro, supone una nutrición del ego de los discípulos, que opera en el sentido contrario de la práctica meditativa. Además, nos podemos hacer unas ideas equivocadas al respecto, al pasar los datos obtenidos por el tamiz del ego, e incurrir fácilmente en la interpretación de nuestras vivencias equiparándolas erróneamente con los conceptos adquiridos, lo cual acaba convirtiéndose en uno de los grandes obstáculos  en nuestra evolución espiritual. 

(Continuará en “El discípulo espiritual ( 2)”)