¿EL COMPROMISO POLÍTICO ES AJENO A LA ESPIRITUALIDAD CONSCIENTE?

 Cuando accedo a las noticias tanto estatales como internacionales, a los posicionamientos de las distintas fuerzas políticas al respecto y a los debates que en torno a ellas se suscitan, me viene a la memoria la época en la que militaba en los estertores del régimen franquista y los albores de la transición en un partido político de los denominados de izquierda. Recuerdo la motivación aparente de mi compromiso político y el móvil real que me impulsó a adquirir los inamovibles postulados ideológicos que defendía, las relaciones sostenidas con el resto de las organizaciones políticas y sus miembros y la vivencia interna de aquella contradictoria militancia.

En la actualidad sostengo idéntico convencimiento sobre los límites de la acción política para cambiar al ser humano que el que me animó a abandonar la militancia tras haber tomado contacto con el dharma y comprendido que el cambio de las estructuras sociales no conlleva una modificación sustancial de los individuos, sino que, por el contrario, es precisa una transformación previa de las personas para que pueda instaurarse en el mundo una sociedad justa, armónica y solidaria. A mi modo de ver, esta evolución en el ser humano solo es posible a través de la meditación, que permite ir disolviendo desde la lucidez consciente todos los contenidos egoicos que nos esclavizan. En caso contrario todos esos condicionamientos influyen en nuestras decisiones y comportamientos con independencia de las coartadas ideológicas o éticas con que las apuntalemos.

El devenir histórico pone en evidencia que ningún cambio político ha respondido a los supuestos ideales que los animaban, que las élites dirigentes que las regían, en su mayoría, han actuado con una total inconsecuencia con los principios que defendían, que en el panorama político alternante la mayoría de las fuerzas políticas en litigio en la práctica se dejan llevar por móviles inconscientes más allá de los presupuestos que defienden que son una justificación o una tapadera de sus auténticas motivaciones, aunque algunos de ellos es probable que se hayan auto convencido y crean son coherentes con lo que postulan, en tanto que otros, sin lugar a dudas, actúan impunemente en beneficio propio, algunos de ellos, llegando hasta el extremo de exterminar a su propio pueblo.

Evidentemente, han existido y existen fuerzas políticas y dirigentes que aun moviéndose en el terreno egoico, actúan con honestidad y consecuencia con su ideario político, y también seres de gran talla espiritual entregados desinteresadamente al bien ajeno sin exclusiones.

En su día comprendí cómo asumí e hice míos unos presupuestos políticos de izquierda por buscar una empatía con mi padre pero sin implicarme en la acción; cómo el paso decisivo a militar en un partido político tuvo que ver con un intento de garantizar una relación afectiva y no con una postura consecuente de defender en la práctica las ideas albergadas; cómo me sentía estúpidamente importante cuando accedía a algunos puestos de dirección y la contrariedad que sentía cuando descendía en la jerarquía pese a que me dejaba más tiempo libre para hacer lo que realmente me apetecía; cómo la lucha política me servía de canalización de mi propia insatisfacción; y cómo defendía, en ocasiones, unas decisiones políticas acordes con mis intereses personales, y que cuando no lo hacía era para no quedar en evidencia pero con el deseo interno de que se optara por ellas.

El debate político actual, aunque distinto al de hace décadas, me retrotrae a la época de mi militancia, en la que cada grupo nos asíamos a unos presupuestos ideológicos que enarbolábamos contra los demás, estando más por la confrontación que por la construcción, y que incluso en el espectro de la izquierda establecíamos distancias entre nosotros por cuestiones de índole estratégicas, llevando estas diferencias al terreno personal alejándonos de quienes no pensaban exactamente igual que nosotros.

Es moneda corriente dentro del panorama político el ataque y la descalificación arbitrarias de unas fuerzas políticas contra otras, en vez de aportar cada una proyectos propios y tratar de buscar puntos de confluencia para impulsar planes conjuntos que beneficien a la población en general. Como consecuencia del principio fundamental de la energía cuando se ataca visceralmente a otro se acaba en el transcurso del tiempo reforzándole y atrayendo para sí el mal que se le ha proyectado, permaneciendo de ésta manera atados por el efecto del karma a la rueda del samsara. En tanto la humanidad, globalmente nos movamos desde la dualidad egoica, las fuerzas políticas en el poder en cada país se sucederán alternativamente bajo los efectos del karma colectivo. Por ello, en muchas ocasiones da la sensación de que los pueblos no aprendemos y actuamos de forma pendular ajenos tanto a la memoria histórica como a la de más corto plazo.

Cuando veo la evolución política y dentro del terreno de las ideas asisto al aferramiento de determinadas fuerzas y grupos políticos asidos a unos axiomas fuera de todo contexto, que llegan incluso a quererse imponer por la fuerza y a costa de vidas humanas, recuerdo los principios ideológicos que sostuve, totalmente ajenos a la realidad que me circundaba y, vistos desde la distancia, muy próximos al desvarío. Ahora me viene a la memoria la intervención en un mitin de una dirigente de la fuerza política en la que milité, quien para justificar el papel del partido, se refirió al pueblo con el símil de la rana que cree que todo el cielo se reduce al que ella puede ver desde el fondo del pozo en el que se halla, sin darse cuenta que nosotros teníamos la visión del cielo de otra rana ubicada en un pozo distinto pretendiendo convencer a la primera de que la porción de cielo que nosotros veíamos era la totalidad. Tras una paulatina aceptación amorosa de mi propio ego y una puesta en práctica de la meditación, aunque me parezcan reprobables las actitudes de muchos políticos, me resulta más fácil comprender lo que realmente les acontece y no excluirlos en mis peticiones por el despertar de todos los seres.

Por otra parte, la mayoría del pueblo, que estamos inmersos en la dualidad egoica, nos movemos igualmente impelidos por nuestro inconsciente individual, y en consecuencia optamos o rechazamos a las distintas fuerzas políticas y nos movemos por nuestros propios intereses, y la consecuencia  con lo que defendemos verbalmente a nivel político, religioso o social, queda, muchas veces, en entredicho cuando llega el momento de dar nosotros  la talla o cuando estamos en similar situación a la de quienes hemos condenado. En este sentido conviene no olvidar que el ego colectivo es la suma de los egos individuales. Como la inmensa mayoría de los seres humanos no aprendemos por discernimiento sino por sufrimiento, el karma es la plasmación del inmenso Amor de la Consciencia para que todos los seres salgamos definitivamente del sufrimiento y despertemos a nuestra realidad última.

Con lo dicho no pretendo decir que en la actualidad no sean necesarias las fuerzas políticas, ni que sea lo mismo quienes gobiernen, y ni que debamos abstenernos de participar en el juego político en el nivel que cada cual considere, sino que deseo dejar constancia de que, en mi opinión, para que la sociedad cambie es preciso, que cambiemos las personas que la constituimos y no al revés. De todos modos conviene no perder de vista que en los regímenes democráticos cuando damos el voto a determinada fuerza no sólo le otorgamos un aval para la legislatura, sino que depositamos una energía que será empleada para sacar adelante su auténtico proyecto más allá de las promesas electorales que haya realizado, convirtiéndonos, en cierta medida, en corresponsables de su acción política. Por otro lado, es justa la oposición a los gobiernos dictatoriales, ya que si no, los estamos avalando con nuestra sumisión, pero no se debe de olvidar la correlación de fuerzas ni los medios que se utilizan y las formas que adquiere esa confrontación, que inevitablemente tienen una posterior consecuencia kármica.

Para la fase histórica por la que atravesamos la humanidad, creo que la forma política de gobierno más propicia es la democracia con gobiernos alternantes, que en su día rechacé tachándola de burguesa  y considerando que era una opción reformista, pero que, en la actualidad considero que, en cierta medida, expresa la voluntad del conjunto social y se ajusta más al estadio actual de evolución y conciencia del ser humano.

Gracias a la labor de la Consciencia y a la entrega de los budas y bodhisattvas se viene fraguando un salto evolutivo del ser humano en su dimensión espiritual, que le permitirá vivirse en sintonía con su ser real, y para cuya transformación insisto en que la meditación deviene en la herramienta indispensable. No estoy defendiendo una utopía, aunque si nos atenemos solo a la realidad social que observamos con nuestros sentidos externos pueda parecerlo, sino que se trata de un cambio que se está dando a niveles más sutiles de percepción y que desembocará en una nueva aurora en la que los seres humanos nos viviremos desde el corazón en armonía entre nosotros y con la naturaleza entera, y en donación al otro, siendo el amor y la compasión los valores predominantes.

En este contexto será posible que los dirigentes políticos sean seres de luz ajenos, por tanto, a todo tipo de egoísmo, reconocidos y elegidos desde un nivel superior de consciencia, desde el que se tendrá en cuenta su talla espiritual que implica amor, sabiduría y energía en acción. En esa situación lo ideal podría ser constituir un gobierno mundial, de modo que todos los rincones del planeta tuvieran la misma importancia y se velara por los intereses globales de la humanidad eliminándose las discriminaciones de todo tipo.

En un futuro posterior al reseñado en el que todos los seres humanos nos viviéramos en total sintonía con nuestro ser real, podría darse el paso de que las estructuras políticas y el gobierno mundial devinieran en meros estamentos administrativos, al movernos desde el corazón, lugar desde el que se tiene en cuenta lo más beneficioso para el conjunto de los seres, latiendo al unísono y teniendo ante las mismas situaciones idéntica percepción de lo que conviene.

En tanto llegue ese estadio del ser humano autotrascendido, la mejor contribución que podemos hacer quienes contamos con el referente de la herramienta de la meditación y la guía necesaria, es llevarla a nuestra vida cotidiana para integrar todos aquellos aspectos de nuestro inconsciente pendientes de liberar, ya que ello contribuirá a que ese proceso de purificación que se vaya dando en nosotros se haga realidad en todos los seres operando con un efecto multiplicador; y, por otra parte, solicitar de corazón que se reencarnen en este mundo el número necesario de budas y bodhisattvas para que cuanto antes sea un hecho ese futuro de una humanidad, que alejada totalmente del samsara se viva en la plenitud del Ser en total armonía con todos y todo en el Todo.