AMOR INCONDICIONAL AL OTRO

 

En la relación de atención a una persona precisada de rehabilitación estoy vivenciando, con mayor conciencia, la ley de causa y efecto o karma, constatando que en la donación desinteresada a los demás se halla la inagotable fuente de la propia felicidad.

Hace tiempo ante situaciones similares a las actuales, en las que mi entrega al otro se presentaba como una necesidad, procuraba, en lo posible, eludir el compromiso. Cuando la adversidad ajena me implicaba directamente sin poderla soslayar airosamente, mi dedicación devenía en una aptitud forzada por la obligación, viviendo la asistencia como una carga que limitaba o me impedía hacer lo que en realidad me apetecía para intentar llenar el hueco de mi propia insatisfacción. En aquellas ocasiones, el anhelo de que la situación de la otra persona se resolviera o mejorara era un deseo, que más allá del bien ajeno, tenía un fuerte componente egoísta en el que imperaba la apetencia de liberarme del compromiso. Esta realidad quedaba algo solapada de cara al exterior tras el hecho de que socialmente, aunque se valora positivamente la ayuda prestada ante el infortunio ajeno y negativamente lo contrario, se ve como lógico que se desee que la situación aciaga por la que pasa la persona necesitada de ayuda se resuelva tanto por ella como por las que le asisten que se liberan de su responsabilidad. Siendo, por un lado normal esta opinión, existe, por otro, un aspecto que no se acostumbra, por lo general, a tener en cuenta, como es el de la oportunidad benéfica que tiene quien se dona a los demás.

En cambio, en esta ocasión, el grado de amor que siento por la persona a la que acompaño en su necesidad, desde una entrega en la que prima el desinterés personal y el bien de ella, hace que la situación no la viva como una obligación ni con carga, sino con gran satisfacción. En esta entrega, las situaciones conflictivas y los mutuos roces egoicos no cobran mayor importancia quedando minimizada su repercusión en mi cuerpo emocional acumulado en el pasado. Cuando más allá de las atenciones requeridas, en vez de satisfacer mis demandas opto por hacer las de ella, el contento que obtengo en consecuencia, es muy superior al que hubiera hallado si hubiese realizado mis originarios deseos.

Esta posibilidad de servicio la vivo como una gran ocasión personal que me saca del ensimismamiento egocentrista en el que me hallaba, poniéndome en una mayor sintonía con las cualidades intrínsecas de mi ser real. En consecuencia me vivo en mayor plenitud, con una alegría más genuina, con una superior capacidad operativa y resolutiva, con más equilibrio psicológico y mucho más compensado afectivamente.

A diario constato que el prójimo es la inmensa oportunidad que la vida me ofrece para que perdiéndome egoicamente en la entrega  pueda hallarme con mi auténtica naturaleza de ser. Para ello, la meditación se convierte en el medio imprescindible que me permite ir ahondando en mi esencia, evidenciando, que la entrega que no hago desde la presencia en el Aquí y Ahora, pese a que sea  satisfactoria, tiene sus limitaciones al moverse dentro de la esfera egoica, la cual puede verse incluso reforzada.

Con lo dicho no pretendo afirmar que en esta relación no me vea, en ocasiones, pillado por las circunstancias, y que ante algunas acciones que tocan mi cuerpo emocional acumulado, si no estoy presente, no reaccione, pero su repercusión en mí no tiene el mismo calado ni cobra en el conjunto, la misma importancia, que si las acciones vinieran de alguien por quien no albergue los mismos sentimientos. Cuando desde el pequeño grado de amor en el que me vivo en relación a la citada persona constato que se caen las barreras que había interpuesto para el servicio, empiezo a explicarme cómo es posible la incondicional entrega de los bodhisattvas por el Despertar de todos los seres sin excepción, desde la plenitud de Amor en la que se viven.

Pese a saber, por la meditación, que la felicidad y el amor residen en mi interior y que nadie me puede dar el amor que soy, al no vivirme establemente en ese estadio me lleva a buscarlo también en el exterior. Ahora, compruebo que en la entrega desinteresada a la otra persona crece el amor que siento, y, pese a recibir su afecto y cariño, corroboro que el amor habita en mí y que el prójimo es el estímulo que lo hace surgir y el servicio al otro el que lo engrandece.

Esta persona a la que acompaño tiene, transitoriamente, las defensas egoicas más debilitadas por lo que su ego se muestra sin tapujos y de forma más directa y primaria, lo cual me sirve de espejo para observar mi propio ego, ya que en lo esencial todos los egos tienen una base común. Así, compruebo que el ego es infantil por naturaleza aunque en la edad adulta se desenvuelva en unos terrenos supuestamente de mayor importancia que en los de la infancia y que sustente sus comportamientos con unos argumentos más elaborados y aparentemente más juiciosos y relevantes; que tiene una importante carga egoísta en la que por el propio interés establece un juego de compensaciones buscando un equilibrio favorable entre el dar y el recibir; que tiene la imperiosa necesidad de reconocimiento ajeno y de sentirse más que los demás, y que como se mueve de forma comparativa, para tener esa sensación de superioridad tiene que hacer de menos al resto aunque sea en alguna parcela; y que, muy ligado a lo anterior, tiene una tendencia al ejercicio del poder sobre el resto. Estas y otras muchas son características propias del ego individual que se asienta en el ego colectivo, que es la polaridad negativa de la naturaleza humana, siendo la positiva el principio consciente.

La posibilidad de conocer al propio ego es una inmensa oportunidad para su integración. Compruebo que al amar a otro ser se le ama aceptando su ego, y ello conlleva la aceptación y amor del propio, requisito imprescindible para el trabajo espiritual. Es desde la meditación, en conexión con la Atención lúcida Consciente que tengo la oportunidad de que se vayan disolviendo los contenidos egoicos que me mantienen esclavo, hasta alcanzar progresivamente la liberación.

Cada vez se me hace más evidente la enseñanza de mi Maestra de que la puerta de entrada al Despertar reside en el Corazón Espiritual, y que es suficiente para vivirme permanentemente en ese estadio con llegar a amar incondicionalmente a una sola persona con el requisito de no excluir a nadie, sin que sea preciso que tenga que amar de igual manera a muchas, ya que ello se dará, cuando acontezca, como consecuencia de haber despertado a mi auténtica naturaleza de Ser.

Pido que cada vez más seres humanos nos liberemos y se establezca en la Tierra el imperio del amor consciente, y que, para ello, se encarnen los budas y bodhisattvas necesarios para que este evento se materialice cuanto antes, y, que en tanto, cese de forma radical todo el sufrimiento innecesario para el Despertar.