EL SILENCIO MENTAL Y LA VACUIDAD LUMINOSA DE LA MENTE
Estando
muy atentos en meditación a todo lo que acontece en nuestra mente, nos
daremos cuenta de que los pensamientos inconscientes vienen de fuera de
nosotros, del exterior. Podemos llegar incluso a sentir una especie de
vibración que nos indica que un pensamiento está a punto de formarse.
Sentiremos el aviso del surgimiento del pensamiento inconsciente y con la
propia observación se disolverá. Para poder comprobar este hecho tenemos
que estar dentro de nosotros mismos, plenamente centrados. Porque si no,
si estamos situados en la zona más exterior de nuestra mente nos daremos
de bruces con ellos, por la razón evidente de que los pensamientos y
nosotros estaremos compartiendo el mismo espacio de inconsciencia. Por
eso, en la distancia corta, el pensamiento inconsciente y nosotros,
jugaríamos “cuerpo a cuerpo” y en esa situación llevaríamos las de perder,
puesto que el pensamiento inconsciente es sumamente adherente y pegajoso.
No
obstante, a veces, los pensamientos comienzan a formarse a pesar de
nuestro centramiento. Cuanto antes nos percatemos de ello antes se
disolverán, lo que nos permitirá ampliar cada vez más los espacios de
silencio mental, descender poco a poco a lo más profundo de nuestro
interior, y poner más distancia entre nuestro ser real y nuestros
pensamientos inconscientes. Tanto es así que llegaremos a ver pasar, allí,
en la lejanía de nuestra mente de superficie, un pensamiento y ni siquiera
sabremos exactamente qué forma tiene, como cuando se divisa en el
horizonte lejano un objeto sin que podamos distinguir exactamente de qué
se trata. Es importante, por lo tanto, ampliar paulatinamente la distancia
entre nosotros y nuestros pensamientos inconscientes, porque un avión que
rasea sobre nuestras cabezas nos inquieta y nos descentra y, sin embargo,
ese mismo avión en el lejano cielo azul apenas es una mancha grisácea que
no tiene ninguna influencia sobre nuestra quietud interior.
Los
pensamientos egóicos inconscientes son exteriores a nosotros porque,
sencillamente, la esencia de nuestra mente profunda es Consciencia y, por
eso, no hay espacio alguno para ellos. Los pensamientos inconscientes
toman forma, en algún lugar de nuestra mente de superficie, cuando les damos
cobijo y les permitimos interactuar con nuestro cuerpo emocional
acumulado. Es entonces cuando los convertimos, ilusoriamente, en “nuestros
pensamientos”. Pero surgen del inconsciente oscuro impersonal de la
naturaleza humana que, a su vez, “toma cuerpo” en nosotros, o se hace
personal a través de ese cuerpo emocional acumulado en nuestra vida
presente y en las anteriores.
Es evidente que el ser humano no
puede crear nada ni en el ámbito de la Consciencia ni en el de la
inconsciencia, que, como ya sabemos, es simplemente Consciencia velada. Y
no puede crear nada, porque él mismo es creación y criatura del Gran Ser.
Sencillamente el ser humano da forma en sus creaciones, sean estas del
ámbito que sean, a alguno de los infinitos aspectos de la Consciencia-no
forma, porque siendo la Consciencia unitaria e infinita quedaríamos
cortocircuitados o fulminados si se mostrase a nosotros en la totalidad de
su esencia. Por todo ello, los pensamientos ni son nuestros, ni creados por
nosotros. Los pensamientos inspirados son manifestación de nuestra
identidad profunda que es Consciencia y los pensamientos inconscientes son
manifestación aberrante de la ausencia de esa misma Consciencia. Por eso,
identificarnos con los pensamientos inconscientes como si ellos fueran
nuestra propia identidad, además de ilusorio, es atarse a una neurótica
locura, porque mientras la Consciencia nos expande y nos hace crecer
continuamente, la inconsciencia necesita devorar a sus propios hijos para
subsistir.
Si
permanecemos muy atentos en nuestra meditación a la formación de los
pensamientos inconscientes percibiremos que su disolución sucede en el
instante mismo en que empiezan a formarse y que, prácticamente, ningún
pensamiento inconsciente logra completarse totalmente. Surge entonces, de
manera natural y espontánea, un silencio cada vez más profundo y más
estable, nuestro silencio interior, el silencio mental. La mente egóica
neurótica se rinde ante esa realidad superior y se retira. Seguimos
mirando y todo en nosotros comienza a ser quietud, inmovilidad interior,
paz profunda y gozo. Y también ausencia de un “yo egóico” creador de este
silencio y paz interiores. Cuando vivimos esta experiencia sabemos que
todo ello es un regalo, un don que recibiremos siempre que seamos capaces
de vaciarnos de nosotros mismos. Y después de que este silencio mental
haya ocupado todo nuestro interior sobreviene una gran experiencia: en
ausencia de toda forma egóica nuestra mente empieza a iluminarse
progresivamente. Y se ilumina más y más, hasta el extremo de tener la
sensación de que, aun con los ojos cerrados, podríamos quedar ciegos. En
este momento todo funciona por sí mismo, por su propia dinámica
consciente. No tenemos que mirar, no tenemos que observar, no tenemos que
aceptar o rechazar, no existe un sujeto que perciba esa realidad. Sólo
existe mente luminosa y consciente vacía de toda forma. Surge sobre todos
los demás un sentimiento: absoluta libertad junto a una claridad mental
antes desconocida. Porque, efectivamente, esta experiencia es un salto
evolutivo importante hacia la visión profunda de la mente y la lucidez
consciente. En esta lucidez consciente brota la comprensión súbita y
directa de realidades profundas o de acontecimientos cotidianos. Esta
comprensión es directa porque no está interferida por nuestra mente
pensante. El pensamiento inspirado o iluminado es consecuencia de la
visión y comprensión profundas de esa realidad que existe por sí misma.
Cuando la visión profunda sucede, el pensamiento inspirado es el puente
que la mente humana tiene para que pueda descender la no forma de la
Consciencia al mundo relativo de las formas en el que los seres humanos
nos movemos. Pero el pensamiento inspirado no crea esa realidad que existe
por sí misma, sólo la expresa. Mientras el pensamiento consciente nos
muestra aspectos de nuestra identidad profunda real de Consciencia, la
identificación con el pensamiento inconsciente pretende convertir en
nuestra realidad a la ilusión egóica.
Naturalmente que el pensamiento, aun siendo inspirado, merma la realidad y
la propia expresión de la experiencia, pero debemos manifestar lo que
vivimos para el despertar de todos los seres.

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