LA NO ESPERANZA

 

Nada tiene que ver la vivencia de la no esperanza con la emoción perturbadora de desesperanza que en tantas situaciones ha cercado nuestras vidas. La esperanza y la no esperanza son experiencias irreconciliables porque son de entidad distinta y pertenecen a procesos interiores de muy distinto nivel y naturaleza. Sin embargo la esperanza y la desesperanza se necesitan mutuamente, de tal manera que una sin la otra no tiene realidad ni sentido. Ya lo dice clara y sabiamente el refrán castellano: “El que espera, desespera”; y podríamos añadir: el que espera es porque desespera. En realidad nos aferramos a la esperanza para poder sobrevivir en un mundo en el que la desesperanza nos golpea continuamente con dolor, enfermedad, muerte, desamor…  No negamos que la virtud de la esperanza nos ayude a subsistir en las circunstancias que hemos citado. No negamos su cualidad de bastón para aguantar en la adversidad. Evidentemente es mejor esperar que desesperar. Pero ambas experiencias se dan la mano hasta tal punto que se puede transitar de una a otra sin apenas advertirlo. En nuestra experiencia cotidiana pasamos con suma facilidad de un sentimiento a su contrario porque vivimos en la dualidad, y en tal dualidad una parte toma sentido en la otra.
La esperanza deja en manos del exterior la resolución de nuestro conflicto existencial interior sea este del cariz que sea. La esperanza espiritual llama a algún dios que nos pueda redimir y acercar a otra realidad prometida que trascienda nuestro sufrimiento en esta vida. La esperanza es, en realidad, el rostro amable de la desesperanza que ha sido dignificado y avalado por siglos de tradiciones religiosas. No la despreciamos e insistimos en su valor para la supervivencia, pero exponemos con la seguridad que nos da la vivencia, que trascendida toda esperanza, existe el vasto y gozoso ámbito de la NO ESPERANZA.

La no esperanza budista se sustenta en un profundo sentimiento de gratitud ante lo que la Vida nos depara a cada instante. Esta gratitud surge del darse cuenta de que la Vida sólo nos puede regalar Vida, cuando vivimos el presente sin ninguna expectativa de proyección personal egoica. Y la gratitud es consecuencia de la gratuidad: la Vida y la Consciencia nos ofrecen a cada instante un torrente de experiencias y vivencias para poder crecer y la Vida y la Consciencia descienden a nosotros por su propio poder al margen de nuestro merecimiento personal. El que siente ser merecedor de algo puede exigirlo. El que sabe que está recibiendo un continuo regalo de Vida sentirá gratitud y con poco se sabrá colmado. Nada podemos exigir y nada podemos esperar si sentimos que hay un orden suprapersonal del que somos parte: la energía universal de la Consciencia. Esperar no tiene sentido cuando sabemos que en cada instante se nos dará lo que necesitamos para poder crecer, y no lo que creemos necesitar para alcanzar una meta espiritual imaginaria acorde con la importancia y el prestigio que nuestro ego se atribuye a sí mismo. La NO ESPERANZA es la consecuencia natural de nuestra CONFIANZA radical en la Consciencia, que se afianzará y crecerá hasta ser plena, en la medida en que nuestras proyecciones egoicas disminuyan hasta desaparecer. ¿Hay alguien más libre que el que no espera nada? ¿Existe alguien más poderoso que quien sabe que no tiene nada que perder, ni siquiera su propia esperanza? ¿Hay alguien menos desesperado que el ser que confía en que a cada instante recibirá lo necesario para crecer y evolucionar en función de sus capacidades, su karma y su disponibilidad?
Pero advertimos de un peligro a la hora de recibir esta reflexión, porque, si bien es verdad que la Consciencia se impone por su propio poder al margen de nuestros merecimientos personales, para que esto suceda cada uno de nosotros tendrá que tener una actitud de apertura plena, es decir, disponibilidad radical y honesta ante la Consciencia. Porque la no esperanza es una de las infinitas manifestaciones de la Consciencia, uno de sus rostros más puros y bellos. Sólo desde esta actitud podremos acceder al ámbito liberador de la NO ESPERANZA.

Hay ejemplos que nos aportan claridad al respecto.
En el ámbito cristiano tenemos un pasaje de extraordinario valor simbólico que puede ilustrar la no esperanza budista de la que estamos hablando. Es la figura de Abraham a quien su Dios ordena ofrecerle en sacrificio a su único hijo. Abraham no entiende nada. Seguramente le parecería trágicamente contradictoria la actitud de su Dios que necesita sacrificar la vida de un ser inocente que además es su único hijo. No resulta difícil intuir las dudas que asaltaron a Abraham sobre la utilidad de tal ofrenda, sobre las cualidades de cordura, ecuanimidad y amor por las que su Dios era su Dios. Miró a los ojos a su hijo y prefirió mil veces ser él mismo el sacrificado. Miró su desolador futuro y sintió que su linaje, su estirpe, se extinguían sobre la piedra del sacrificio. Era un ser sin esperanza, pero no desesperado, porque algo poderoso en su interior, más poderoso que su mente, su futuro, su estirpe y su ego, le llevaron a levantar el cuchillo: la íntima y radical confianza en que todo tenía un sentido. Abraham no estaba desasistido ante tan terrible circunstancia, porque Abraham comprendió, gracias a la apertura hacia su Dios y a su comunión con Él, que lo único que debía sacrificar sobre aquella piedra era su propio ego.
En el budismo tibetano tenemos también ejemplos que pueden ayudarnos a comprender la no esperanza como disolución radical de nuestras proyecciones egoicas personales. Marpa el Traductor ordena a su discípulo Milarepa hacer una casa, antes de poder recibir sus enseñanzas. Milarepa, entusiasta y agradecido por poder demostrar a su maestro su plena disponibilidad hacia él, se pone manos a la obra. Después de meses de arduo trabajo acaba la casa y con las últimas fuerzas que le quedaban, corre hacia el maestro con la satisfacción del deber cumplido, con la esperanza de que el maestro reconozca su esfuerzo y empeño en la tarea, e incluso se percate del valor práctico y estético de la obra realizada. Marpa, el maestro, lo mira con desdén, y con el pretexto más banal, le manda derruir la casa, devolver cada piedra a su lugar y volver a construirla.  Milarepa está ciertamente descolocado. No acaba de entender muy bien el proceder de su maestro, pero decide ponerse otra vez manos a la obra y redobla sus esfuerzos y su entusiasmo para que su maestro no pueda encontrar otra razón para ordenarle derruir de nuevo la casa. De nuevo la excusa más tonta le sirve a Marpa para mandarle derribar la casa y para ordenarle otra vez construir otra. El corazón de Milarepa llora porque, buscando a un maestro que le transmitiera su sabiduría, ha encontrado a un déspota que no duda en despreciarle, en desconsiderarle, en humillarle con desdén y dureza extremas. Como Abraham de su Dios, Milarepa comienza a dudar de la compasión, ecuanimidad y bondad de Marpa, de su idoneidad como maestro, ya que se muestra insensible ante su trabajo y esfuerzo extraordinarios. El episodio se repite unas cuantas veces más. Finalmente el entusiasmo de Milarepa se va debilitando, la necesidad de agradar a su maestro se extingue poco a poco, la pretensión de realizar una obra perfecta le resulta ya ridícula, y hasta desaparece la esperanza de que Marpa no le vuelva a ordenar destruir otra vez la última casa construida. Milarepa sencillamente se rinde, cede, empieza a concebir la tarea no como un medio para conseguir el favor de su maestro o como un mérito para ser digno de recibirlo, sino como una circunstancia que la Vida le ofrece para vivirse en plenitud. Ha aprendido en sus propias carnes el sentido de la impermanencia hasta en las construcciones más robustas y comienza a vislumbrar la realidad ilusoria de su yo. En la última casa el corazón de Milarepa es ya el corazón de cada piedra que debe colocar y, una vez terminada, la mira y siente que es la casa perfecta para ser derruida de nuevo. Marpa, su maestro, sonríe escuetamente, sabedor de que su discípulo esta ya preparado para recibir su transmisión.