EL DESEO


Es conocida la formulación budista de las “cuatro nobles verdades”: el sufrimiento es inherente a nuestras vidas; la causa del sufrimiento es la ignorancia del deseo apego; el sufrimiento puede cesar; y existe un camino para lograr la extinción del sufrimiento.
Sorprende que un enunciado tan sencillo nos esté dando las claves fundamentales de nuestra evolución como seres humanos y, en la misma medida, nos proporcione el asiento perfecto para construir nuestra felicidad. Más aún, una vez comprendidas las cuatro nobles verdades nos resultan tan evidentes que tenemos la sensación de que, con un poco de suerte, se nos podrían haber ocurrido a cualquiera de nosotros. Todo lo verdadero nos acaba resultando sencillo, cercano y evidente porque toca e incumbe a la esencia de nuestra identidad y, además, todo lo verdadero es bello, porque la verdad y la belleza guardan una relación de recíproca necesidad intrínseca, de la que quizás algún otro día hablemos. Por eso, cuando Siddhartha Gautama, el Buda, nos transmite su experiencia vital, cuando la miramos y cuando comprendemos, aunque sólo sea de modo muy incipiente, que es nuestra propia experiencia, cuando como consecuencia de todo ello nos sentimos identificados y conectados a esa vivencia, algo empieza a cambiar en nuestras vidas.
El sufrimiento existe, cualquiera lo puede acreditar. Sin embargo, el reconocimiento del “Yo sufro” implica ya un cambio importante en la percepción de nuestra propia realidad: el darnos cuenta de que estamos atrapados en el sufrimiento es un hecho fundamental para intentar orientar nuestras vidas hacia otra realidad distinta. Pero podemos intentar zafarnos del sufrimiento de dos modos muy diversos. Uno es la vuelta a nuestra propia realidad profunda gozosa, potencial extraordinario de amor, energía e inteligencia, donde el sufrimiento se diluye por el poder de nuestra propia conexión con el flujo gozoso e incesante de la Vida. Es el descubrimiento de que el gozo es nuestro estado natural. Este es el camino interior consciente que transforma radicalmente al ser humano, que lo orienta decididamente hacia el despertar a su esencia e identidad primigenia y trascendente.

Pero existe otra vía ignorante de todo lo anterior que intenta paliar la insatisfacción del sufrimiento buscando en el exterior una solución a su problema: el deseo.
Este deseo del que hablamos es un intento desesperado e ignorante de huir de nuestro modo de vida sufriente e insatisfactorio y es, a la vez, la causa de que nuestro sufrimiento aumente en la misma medida en que intentamos vanamente escapar del sufrimiento a través de la proyección del deseo. Es la rueda del sufrimiento que gira incesante sobre su propio eje. Buscamos paliar nuestro sufrimiento huyendo hacia el deseo que nos promete plenitud. Y aun habiendo conseguido lo que queríamos nos damos cuenta de que, como perros en un canódromo, corremos tras una presa que sólo es un señuelo, porque el deseo sólo tiene poder en nuestra propia ensoñación y muere siempre que se materializa, dejándonos apenas la satisfacción amarga y circunstancial que necesita nuestro ego para poder seguir proyectándose en la conquista de otro deseo.

En realidad sólo deseamos que el fluir de la vida sea tal como nosotros interpretamos que debería ser para no sentirnos ya nunca más solos, desamados, pequeñitos, abandonados, desconsiderados, no aceptados… Y en esta deriva afectiva que es nuestra vida nos agarramos a cualquier trozo de madera flotante y la convertimos en el buque insignia del océano de nuestra existencia. No importa que la madera no tenga timón para dirigir nuestro rumbo de navegación. Nos seguimos aferrando a ella porque creemos que nos impedirá ahogarnos. Y pasamos de madera en madera en el naufragio de nuestras vidas en la esperanza de que la siguiente será más sólida, más cómoda y más satisfactoria que la anterior. Asir, asir asir, agarrar, agarrar, agarrar, apegarnos a cualquier cosa, persona o circunstancia, ya que cuanto más fuerte es nuestro apego más seguros creemos estar. No hemos aprendido que no podemos naufragar porque nosotros mismos somos el agua. El naufrago siempre es nuestro ego que vive en la inconsciencia de su verdadera identidad. Nos sentimos inseguros porque no sabemos quiénes somos. Creemos ser en tanto en cuanto somos capaces de desear y de luchar por conseguir nuestros deseos y no nos damos cuenta de que, en realidad, ya somos en nuestro ser profundo todo aquello que deseamos: amor, gozo, felicidad, armonía… Desear que la Vida sea como nosotros queremos es nadar, a brazo partido, contra su corriente incesante, es debilitarnos a cada brazada, es extinguirnos lentamente en un despilfarro continuo de energía vital, es el envejecer constante del alma.

Pero hay otro deseo natural, armónico, desapegado, que no se enquista en la pasión ciega, en la emoción perturbadora. ¡Claro que deseamos! Deseamos porque vivimos y deseamos a una con la Vida. ¿No desea, acaso, cerezas el cerezo? Pero nuestro desear vital es el desear por encima de nuestros propios intereses personales, porque hay un orden suprapersonal, global, universal, armónico cuyo fluir abraza todo lo que existe, lo acaricia, lo cuida, incluso en los momentos más duros e incompresibles para el ser humano. Deseamos, como no, a favor de la Vida y nuestro deseo es una querencia natural que se abandona a la Consciencia, como descansa un niño sobre el vientre de su madre. Deseamos como las plantas desean agua y como la tierra desea fecundar. Deseamos vivir porque somos Vida y respirar porque somos aire y amar porque somos amor. No deseamos vivir manipulando la vida y amar para ser amados porque no nos sentimos amor. Deseamos confiando en la Vida y en la Consciencia, confiando en que se nos dará todo lo necesario para crecer y evolucionar hasta el despertar. Deseamos y, confiamos en la Consciencia de tal manera, que ya no necesitamos desear.