SOMOS DIVINIDAD,
SOMOS CONSCIENCIA

 
El ser humano, en su esencia, es uno y, a la vez, es muy diverso atendiendo a sus condicionamientos culturales, educativos y personales. Desbrozando todos estos condicionamientos que nos hacen aparentemente tan divergentes, comprendiendo todas estas variables culturales y educativas y aprendiendo a interpretarlas podremos reconocer en cualquier ser humano nuestro propio ser. Los sufrimientos que nos aquejan, los sentimientos que nos elevan, las emociones que nos perturban, nuestros deseos, anhelos y egos son idénticos en todos los seres humanos una vez quitada la máscara cultural que los disfraza.
Pues bien, si el ser humano es único en su esencia, tendremos que concluir que su realidad espiritual última es también, en esencia, una sola. Es importante comprender esto, porque aquí se asienta la única vía de entendimiento posible entre las tradiciones espirituales verdaderas. Esta es la base de un ecumenismo entre religiones fuertemente influenciadas también por condicionamientos culturales y sociales muy divergentes.
¿Qué ha sucedido, entonces, para que esta realidad espiritual última haya derivado en dioses tan distintos y, supuestamente, tan irreconciliables entre sí?
Partimos del hecho de que a esta realidad espiritual última –llamémosla Dios, Consciencia, Vacuidad, Absoluto, Vida, Energía Universal, etc.,- sólo se puede acceder desde la vivencia directa de ella, es decir, a través de la vía mística que nos permite tener la experiencia interior directa de esta realidad. Cuando abandonamos la vía de la vivencia directa de esta realidad espiritual, o cuando nos resulta inaccesible mediante la experiencia, somos arrastrados por la necesidad mentalista de caracterizar a Dios, y esta caracterización mental sólo es posible a través de nuestros condicionamientos culturales, educacionales y personales. Es a partir de aquí cuando resultan tan divergentes las formulaciones que las diferentes tradiciones religiosas hacen de esa realidad última.
Pero es evidente que nadie puede reconocer vivencialmente una realidad espiritual que no esté dentro de sí mismo. En otras palabras, podemos reconocer a Dios o a la Consciencia porque está dentro de nosotros, porque nosotros somos Divinidad y somos Consciencia, si bien nuestra naturaleza consciente y divina es latente, está dormida como consecuencia de nuestra propia desconexión interior. Sin esta certeza íntima, experiencial y celular, nadie podrá acceder a su identidad profunda, o lo que es lo mismo, a la vivencia directa de la Divinidad-Consciencia.
Somos Divinidad y somos Consciencia, somos Vacuidad y Absoluto y somos el Genio Creador de la única Realidad que expresan todos estos nombres. Pero esta realidad es muy superior a nosotros, porque su esencia es plenitud, infinitud, es el SER que sale de la Nada, del Vacío, porque nada necesita para poder ser. Él es el único Ser que es por sí mismo y todos los seres somos en Él. Vacuidad y Absoluto, el Todo y la Nada son exactamente lo mismo. Es la NO FORMA expresada en nuestra forma humana y en todas las demás existentes. La Consciencia Divina no tiene rostro, ni nombre, ni edad… Simplemente ES.
Pero nosotros insistimos ciegamente en caracterizarlo para poder aprehenderlo, para que nuestra mente egóica no se inquiete ante tanta magnitud. Ignoramos continuamente que la Consciencia está en nosotros, y que sólo a través del conocimiento directo de nuestra identidad profunda nos acercaremos a su conocimiento directo.
O en el peor de los casos liquidamos nuestra inquietud negando la mayor y formulamos un “Pienso, luego existo” absolutamente demoledor para la posibilidad de nuestro desarrollo espiritual. “Pienso, luego existo”…¡Ríanse discretamente conmigo, por favor! Porque si el pensar es efectivamente característica nada despreciable de nuestro ser limitado en esta forma corpórea que a los seres humanos nos toca vivir, reducir nuestra esencia al pensamiento es confundir una pequeña parte mínima con el Todo, es como coger una humilde piedra y creer que tenemos el universo en nuestras manos.
La Consciencia Divina ES, sin más aditamentos. Es una, es Unidad. No puede por tanto ser buena o mala, premiar o castigar, descender a la tierra o ascender a los cielos. No puede ser ofendida por nosotros, ni necesita defensa alguna por nuestra parte. La Consciencia ES y se expresa siempre, ininterrumpidamente, en todas las cosas y acontecimientos de nuestra vida. Sólo tendremos que abrir los ojos y mirar a nuestro interior para reconocerla.