VIAJE A LA CONSCIENCIA

Reflexión I


La demanda interior de cambio


En la vida de un ser humano nace, a veces, una demanda interior de cambio.
Inicialmente es sólo la intuición de que nuestra vida podría ser más plena. Esta percepción puede ser fruto de una evolución personal, o inducida por una experiencia traumática que haya provocado en nosotros un vuelco súbito interno en nuestra vida: una separación, una muerte, una enfermedad… O es consecuencia del hastío de un sufrimiento cíclico, acumulativo, impuesto por sucesos –muchas veces cotidianos- sobre los que no tenemos control alguno, puesto que son acontecimientos que nos vienen ya dados en nuestra propia trayectoria existencial y que lentamente van haciendo languidecer nuestra “chispa” vital.
Sea cual sea nuestro acceso a ese proceso de cambio, hay un punto en el que uno se pregunta sobre su manera de vivir, sobre su grado de satisfacción en el quehacer diario, sobre si existe otro modo de afrontar las experiencias a las que la existencia nos enfrenta, para que estas no nos duelan tanto, para que no logren encadenarnos irremediablemente a la gran rueda del sufrimiento que nunca deja de girar. Es un momento que exige profunda honestidad personal y valentía. Ambas cualidades, junto con la fuerte demanda interior de cambio, son imprescindibles en el gran viaje hacia la consciencia. La honestidad personal implicará que estamos dispuestos a llegar al fondo de todas las cuestiones que nos impiden vivir en plenitud, hasta la resolución de aquellas dificultades que tendremos que ir limpiando para poder crecer como seres humanos en energía, afectividad e inteligencia. La honestidad personal quiere decir también que no accederemos al camino hacia la plenitud como si éste fuera una especie de hedonismo autocomplaciente que practicaremos sólo mientras nos sintamos “a gustito” en la práctica que elijamos. La honestidad en la aventura de la consciencia significa que, en algún momento del proceso, estaremos dispuestos a que la consciencia disponga plenamente de nosotros.

 
Abrirse a la consciencia

Abrámonos, pues, a la consciencia, sin una mínima reserva, de tal manera que sintamos que nada de lo que poseemos, nada de lo que creemos ser, importa algo. Porque no somos lo que creemos ser. Nosotros no tenemos ninguna esperanza de vivir en plenitud, al margen de la consciencia, ya que la consciencia no es otra cosa que el viaje a nuestro ser profundo, a nuestra mente recóndita, a nuestra identidad plena de amor, energía e inteligencia. Y desde esa identidad íntima, donde todo es inmaculado porque es la esencia misma de nuestro ser, surge nuestro yo universal, que ya no puede atender a “yoísmos”, ni a apegos, ni a egos broncos o sutilizados, sino que encuentra su sentido en una relación de solidaridad universal, donde cada gesto, cada paso, cada palabra, cada sonrisa, cada sí o cada no, cada acto que debamos realizar es sagrado, porque surge de nuestro ser genuino e influye, con más o menos intensidad, en todos los que nos rodean. Desde la consciencia cada acto será una proyección de nuestro ser, una expansión de amor, energía e inteligencia sutilmente propagadas.
Tal vez no hayas sufrido lo suficiente para entender esta experiencia; o quizás seas de los que cruzan el río de la vida a saltos, de piedra en piedra, renunciando a sumergir sus pies en la corriente de sus aguas vivas y frescas. Sin embargo, puede ser que algo en tu interior, más allá de la comprensión intelectual, te haya indicado que, efectivamente, estas ante una verdad que debes empezar a considerar y que podría cambiar tu forma de vivir. Si es así, ya estas preparado para el fascinante viaje hacia la consciencia.


Liquidar las cuentas del pasado

Para iniciar esta aventura descendamos, de una vez por todas, al sótano umbrío de nuestra casa interior. Examinemos todo lo que hemos guardado con celo durante tantos años, eso que hemos considerado “lo mejor” de nuestra existencia. Seguro que encontramos una foto de nuestra infancia. La miramos honestamente y observamos en ese niño a un príncipe desheredado, y en esa niña a una princesita que ya intuye que su vida no será un cuento de hadas. Penetremos en la oquedad de esos ojos infantiles y hallaremos abandono, desamor, soledad, incertidumbre…
O tal vez seamos tan inconscientes que no hayamos sentido nada de eso.
Sigamos rebuscando en ese sótano y todo lo que encontremos a partir de ahora tendrá relación con ese sentimiento de soledad radical. Nuestro viejo libro de escolaridad, por ejemplo, expresa: “Veis cuánto me he esforzado. Me tenéis que querer mucho”; o simplemente lo contrario: “Mirad lo que os pasa por no quererme lo suficiente”… Muñecas de trapo o de porcelana, cochecitos de cartón o motorizados, pistolas de pistones para matar aquellos fantasmas de nuestro pasado… Todo nos hizo creer por un momento que la realidad era otra, que alguna vez nos vendría, por fin, algún acontecimiento definitivo que nos haría permanentemente felices.
Pero el tiempo ha pasado y la evidencia se impone: con frecuencia nosotros seguimos sintiéndonos solos, abandonados, desamados; nosotros seguimos esperando el golpe de suerte irreversible que borre para siempre estas sensaciones que nos ahogan. Acaso sigamos esperando que el amor de nuestra pareja llene nuestra vida y nos encadenamos a él en cuerpo y alma hasta disolvernos; o tal vez creamos que con un estatus económico y social suficiente desaparecerá la desconsideración con la que nos sentimos tratados y, por ello, nos dedicamos la vida a cultivar nuestro negocio; o decidimos desarrollar nuestro intelecto para aportar a este mundo aunque sea un sólo destello indeleble de luz de racionalidad o de creatividad que traiga consigo un reconocimiento que perviva a nosotros mismos y nos otorgue un trocito de eternidad; o decidimos que es la familia la que nunca falla y siempre estará a nuestro lado para cubrir nuestro vacío; o nos dedicamos simplemente a hacer caridad y a ser buenos a ver si así se restaura nuestra autoestima, o elegimos hacer revoluciones contra los malos porque suponemos que la culpa de nuestra infelicidad esta en la injusticia de este mundo que nos ha tocado vivir...
Siempre esperamos algo del exterior que nos ayude a ser felices y no nos damos cuenta de que la felicidad verdadera y duradera sólo tiene una dirección: de dentro hacia fuera. La felicidad, el gozo permanente ya están en nosotros, porque sencillamente nosotros mismos somos esa felicidad y ese gozo. Únicamente debemos quitar las capas de inconsciencia acumuladas a través de los años, debemos reconocer y liquidar aquellas realidades que renunciamos a vivir y reprimimos por dolorosas, que permanecen en el sótano de nuestro inconsciente, y que siguen guiando nuestro proceder automático y reactivo: si la situación que vivimos es adversa nuestra respuesta siempre es de ira, enfado, tristeza, sentimiento de desamor o de abandono... etc.; si la circunstancia es favorable, nos embarga un gozo y una felicidad que se diluyen indefectiblemente con el acontecimiento que los provocó. Concedemos a los sucesos poder sobre nuestro bienestar interior y pedimos a la “vida” que no nos sea demasiado desfavorable. Estamos sometidos a los hechos exteriores y hemos firmado con la felicidad un “contrato precario a tiempo parcial”. Mientras todo nos vaya razonablemente bien, seremos razonablemente felices. Y así, poco a poco, hemos ido aprendiendo a asumir el sufrimiento como inherente al propio hecho de vivir.
 


Reflexión II
 


La causa del sufrimiento

No vamos a descubrir ahora la existencia del sufrimiento, por ser una experiencia cotidiana en nuestras vidas. Pero afirmamos, con absoluta certeza, que el sufrimiento se puede y se debe evitar. Porque el sufrimiento tiene su raíz en nuestra desconexión de nuestro propio eje, de nuestro centro, que es esencialmente una fuente de gozo, de paz y armonía. De ese descentramiento surge el sufrimiento. No hemos aprendido todavía que ante la circunstancia más adversa, sea del cariz que sea, podemos permanecer en nosotros mismos, en nuestro centro, que nosotros no somos las circunstancias que nos toca vivir, ni somos la tristeza que puede ser natural ante un acontecimiento doloroso. Nosotros no somos el dolor de un suceso, ni la ira que nos trae un comportamiento agresivo, ni siquiera el placer que nos aporta el momento más dulce. No debemos renunciar a vivir lo que en nuestro interior surja, porque es la materia indispensable para nuestro conocimiento interior, porque todas esas emociones que nos descentran nos muestran nuestro campo de trabajo. Adentrarse en ellas y en sus causas, nos permitirá ir liquidando todas aquellos obstáculos, apegos, egoísmos que nos separan de nuestro ser esencial, de nuestro ser centrado, todas aquellas cosas que nos impiden vivir el momento presente con consciencia. Y es la vivencia del momento presente en toda su dimensión la que nos muestra toda la dimensión de nuestro ser. Es imprescindible que entendamos que sólo somos plenos en el presente.


Vivir en el pasado siempre acaba haciéndonos culpables

Sin darnos cuenta vamos cargando con todo nuestro pasado. Nos han enseñado que las personas cabales deben sentir remordimiento por los “malos actos” que hayan realizado, que debemos pagar por ello, y que, como mucho, algún dios nos perdonará después de mostrar arrepentimiento y cumplir una penitencia pareja al mal causado. Han jalonado nuestro camino vital de tantas prohibiciones y de un código moral tan estricto y tan arbitrario que nos ha resultado imposible haber vivido sin pecado. Creyentes o no, todos hemos tenido infiltrado hasta el tuétano el sentimiento de culpa. Y ese sentimiento se acumula con el paso de los años: no he sido un buen hijo; he sido un mal padre; no atendí debidamente a mi pareja, o a mi madre, o a cualquiera que hubiera llamado a mi puerta. Es igual, porque siempre habrá algo que hayamos hecho “mal” y, además, el simple hecho de sentir culpa ya empieza a redimirnos, siempre y cuando nos impongamos castigo por el perjuicio ocasionado. Y nos maltratamos o aceptamos que nos maltraten porque “hemos sido malos” y, en consecuencia, indignos. Y todo vuelve a repetirse y los grilletes que nos encadenan al pasado son cada vez más pesados y dificultan cada vez más nuestro caminar diario. Y cuando no es nuestra propia culpa nos sentimos responsables de redimir la desgracia de los que están a nuestro lado, y nos concebimos culpables si no lo hacemos. Pero… ¡ojo!, porque muchas veces nos atamos a los buenos momentos del pasado y evocamos su recuerdo constantemente, porque “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Así enterramos las malas experiencias y evitamos vivir el presente en plenitud. Encadenarnos a un pasado siempre más gratificante que el presente es seguir caminando con grilletes, aunque estos sean de oro. No debe existir en nuestro corazón apego al pasado, ni a través de la culpa, mi mediante el recuerdo añorante, porque ambos apegos significan que nuestro yo genuino expansivo, gozoso, esta siendo sepultado. Somos responsables de los actos realizados, pero no culpables. Nuestra única culpa, en todo caso, sería, la de no haber sido capaces todavía de resolver nuestros conflictos personales, y sobretodo, la de permanecer por más tiempo en la gran ignorancia de que existe otra forma de vivir en plenitud. Debemos comprendernos profundamente a nosotros mismos para comprender a los demás, debemos entender que, algunas veces, cada uno actúa más como puede que como quiere, atendiendo a su capacidad de discernimiento y a su grado de evolución personal en la consciencia. De la comprensión profunda vendrá la compasión y el amor hacia nosotros mismos y hacia todos los demás seres.


Vivir en el futuro es habitar en la jaula del deseo

Cuando expresamos que no debemos vivir en el futuro no queremos decir que no tengamos que prever aquello que vayamos a necesitar con posterioridad, que no debamos preparar un viaje con el tiempo necesario, o que no tengamos en cuenta que para poder vivir en la jubilación deberemos tener algún sistema de pensiones. No se trata, por tanto, de vivir ajenos al futuro en aquellos aspectos que tenemos que anticipar en el presente. Vivir en el futuro quiere decir hipotecar la plenitud de nuestra vivencia del momento presente por un deseo, que cuando se cumpla, nos traerá la felicidad que no podemos encontrar aquí y ahora. Es, como hemos dicho antes, poner las expectativas de nuestro bienestar interior en algo que está por venir. Siempre imaginamos que el futuro será más bello que el presente, y en tal enajenación nos perdemos. Malgastamos la potencialidad de la vivencia del ahora, porque no estamos, todo lo que somos, en lo que nos toca vivir en cada instante. No sabemos que, como reza el libro de Willigis Jäger, “en cada instante hay eternidad”. Desapegarse de la necesidad de vivir en el futuro es seguramente más costoso que desligarse del pasado. Porque hemos crecido creyendo que la esperanza es el futuro y así nos lo han dicho y redicho tantas y tantas veces, y en tal creencia se ha ido conformando nuestro espíritu. Los seres de voluntad templada saben que “la esperanza es lo último que se pierde”. Y, así, admiramos y alabamos a las personas que en la adversidad más absoluta son capaces de esperar que una enfermedad, aunque esté en fase terminal, remita. Tal vez se hayan perdido la oportunidad de vivir con plena conciencia una experiencia vital tan importante como es la muerte. ¿Qué importa? Él o ella lucharon hasta el último momento. Pero la realidad se vuelve a imponer: envejecemos y morimos, y cuando hemos conseguido lo que anhelábamos seguimos sin sentirnos completos.