UN CUENTO

 

Leí hace bastantes años un cuento. No lo entendí en su momento, pero por alguna razón se quedó grabado en mi memoria y hace no mucho lo recordé, y, ahora sí, le encontré sentido.

Decía algo así:
Un hombre fue a visitar a un reconocido Maestro de la región. Se presentó ante él con la urgencia que da el sentir que durante años se ha perdido el tiempo.
-Maestro, si desde hoy mismo me entrego al estudio, ¿Cuánto tardaré en alcanzar la sabiduría?.
- Diez años –respondió el Maestro tras un intuitivo silencio.
-¡No puede ser!, ¡No puede ser!, a mi edad eso es demasiado tiempo… Y, ¿Si estudio los festivos y los ratos de descanso?.
- En ese caso serán quince años –afirmó solemnemente el Maestro.
- ¡No!, ¡No, no, no…! Y si redujera a la mitad las horas de sueño, me aislara de los demás discípulos, comiera en quince minutos… Entonces, ¿Cuánto tardaría?.
- En ese caso al menos necesitarías treinta años.

Muchas veces vivimos como si el tiempo fuera algo material, algo que se puede perder, ganar, recuperar, comprar… Si creemos esto, entraremos en la vorágine de la prisa, de la carencia, de no tener nunca suficiente. Otras veces no sabremos qué hacer con él y habrá que “matarlo”. 
Otra posibilidad es vivir el tiempo como un fluir, haciendo en cada momento lo que podemos hacer, siendo conscientes de que el único tiempo que tenemos es este momento, que el pasado sólo existe en nuestra memoria, que el futuro sólo es real en nuestra imaginación, y que con independencia de uno y otro, este instante es lo único que de verdad tenemos y el paso que hoy tenemos que dar para llegar al despertar. Por lo tanto qué importa lo que hicimos hasta hace un segundo, lo fundamental es qué estamos haciendo ahora.
El tiempo no son sólo minutos en el reloj o días en el calendario, el tiempo vivido en el instante eterno es un deleite y la oportunidad de actualizar nuestro potencial, de descubrir y manifestar quien somos realmente. A veces esa oportunidad se manifiesta en un libro, en una teoría, o en la interacción con un ser querido o no tan querido, o en el silencio meditativo, etc. Cada segundo es un elenco de infinitas posibilidades, pero sólo la Presencia Consciencia nos permite elegir cuál es aquella que contribuye en ese instante infinito a nuestro mayor bien.
Como dice un conocido refrán: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, todo ocurre a su debido tiempo y nuestra responsabilidad es estar presentes, así disfrutaremos de los primeros rayos de sol en el momento que éste aparece en el cielo.