PSEUDO PAZ
Hasta hace una hora
estaba tranquila, me sentía en paz y la alegría reinaba en mí.
Sonó el teléfono, ¡estupendo! Era alguien con quien tenía previsto hablar
esa misma mañana.
Sus primeras palabras fueron una saeta, que a medida que seguía hablando
se aproximaban más al drama. Traté de mantener mi conexión interior, de
buscar ayuda para afrontar una situación simple que alguien a quien yo
quiero había convertido en tragedia.
Intenté hacerme escuchar, pero no había comunicación, la otra parte no
quería una solución, buscaba un aliado para dar mayor cobertura a su
sufrimiento. Recurrí al viejo recurso de elevar el tono, mantener mi
discurso y hablar enérgicamente...
El resultado fue treinta minutos de lucha telefónica y dos víctimas de sí
mismas que culpaban al otro de su malestar.
La genuina paz no es la que se expresa en momentos de calma, sino aquella
que en las dificultades se mantiene imperturbable por más que los
problemas la desafíen, pues ella en su pureza se limita a estar, no
interactúa con los acontecimientos, pero facilita que se resuelvan.
La pseudopaz es la cara amiga del ego, es la que se expresa cuando el ego
se siente bien, acomodado, y no necesita reclamar su trono. Sin embargo,
al surgir el menor movimiento se desvanece, pues no era más que una
cortina de humo tejida por el ego que aunque insaciable, también necesita
en algún momento descanso.
Ahora con la resaca de las emociones desbordadas, veo que la discusión fue
innecesaria a la par que infructuosa. El problema sigue sin resolver (es
más, quien tenía que tomar una decisión está en peores condiciones de
hacerlo) y hay dos personas que se sienten heridas, incomprendidas y
distanciadas.
Si realmente mi estado hubiera sido de genuina paz interior, a pesar de la
actitud y la intención de mi interlocutor, yo hubiera seguido en paz,
ahora seguiría en paz y tal vez la otra persona hubiera resuelto el
problema.

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