La caja negra

 

En el centro del corazón está la caja.
De hierro negro, pesada, anclada con gruesas cadenas.
Negra, densa, impenetrable.
Duele. Me ahoga.

Pero la observo desde la conciencia que se expande al compás de la respiración.

¡Qué puedo hacer con esa caja! ¡Qué puedo hacer!

Solo la observo. Mi conciencia la rodea, la mira.
Una tristeza profunda envuelve sus pesados herrajes.
La observo. Duele.

De la caja emerge la viejita de ojos azules, tan viejita y tan pobre. Vivía en una
habitación de un conventillo con su esposo, también de ojos azules, que mascaba tabaco sentado delante de la puerta del conventillo, y su boca llena
de hilos de tabaco parecía una caverna de sangre roja.

Aquella habitación, atestada de muebles, de todos los muebles que una vez
llenaron su antigua casa que ya no pudieron mantener. 

Aquella pobreza, y el abandono. Los viejitos solos, no había ningún hijo,
nadie, que les prestara ayuda.

La viejita nos arreglaba la ropa, zurcía, ponía cremalleras en su máquina de
coser Singer.

Mi familia le llevaba ropa para arreglar, a pesar de que no lo hacía muy bien y después la ropa olía tan mal que había que lavarla a conciencia.

Pero el olor permanecía y todavía está prendido en mi memoria.

Esa tristeza. Esa clase de tristeza rodea la caja.

En la caja hay miedo, hay un agujero negro e insondable y siento que puedo resbalar y perderme.

¡Qué difícil! No caer al fondo, solo observar.

De la caja se levantan ondas como hechas de aire más oscuro y denso que se mueven y se alejan y a medida que lo hacen se transforman en mariposas nocturnas.

Mi conciencia sigue observando cómo se alejan, la claridad de sus alas moviéndose suavemente hacia la inmensidad del espacio.

Ese denso agujero negro hecho de dolor antiguo condensado y sólido se deshace en el espacio que se abre, por fin, también allí, y se transforma en suave transparencia, en filigrana de seda clara traspasada por la luz.