A propósito del silencio

 

Quizás una de las primeras experiencias del silencio que muchos tenemos es cuando nos encontramos por primera vez en un paisaje al que Sara Maitland (autora del libro Viaje al Silencio), califica de “sublime”. No se trata de paisajes tranquilos y suaves que te llenan de paz. Se trata más bien de lugares que sobrecogen, donde la naturaleza se manifiesta en estado casi puro, sin rastros apenas de intervención humana. Y uno está solo ante ese paisaje, con ese paisaje, y las palabras se borran, dejan de ser útiles porque no pueden explicar lo inexplicable. Y es aquí donde sucede algo extraño, tu ego se disuelve, y tu conciencia se funde con el entorno. Te quedas sin palabras, por primera vez en silencio. En mi caso esa experiencia del silencio me la dieron los paisajes de las costas atlánticas australes, agrestes, solitarias y sobrecogedoras, adonde yo me perdía sola en mi adolescencia. Me gustaba recorrer los caminos en bicicleta, e irme lejos hasta las playas de Anaconda adonde el borde de la costa caía en picado hacia un mar profundo, adonde no había ni siquiera una huella humana en la arena. A pesar de sentir un poco de miedo, aquellos lugares me conectaban con algo que yo entonces no sabía definir: era un atisbo de la Consciencia, de la esencia de mi ser. En esos lugares el ego, el que tú eres, pierde por un momento todo su sentido y se diluye, desaparece, dejando que la Consciencia se exprese por un instante. Esa fue para mí una de las primeras experiencias del silencio, un silencio con un matiz sobrecogedor, pero que te conecta con tu esencia. Mucho más tarde lo pude reconocer cuando la meditación me regaló la vivencia del espacio de la Consciencia luminosa, silencioso y pleno y ese sí, lleno de paz.

El interior de nuestro cuerpo también es silencioso. Allí no hay ruido, no hay sonidos, no hay música, solo vibraciones, ondas de energía que se mueven en el líquido primordial del interior del cuerpo. Por allí la consciencia navega, mecida por los lentos movimientos del plasma. Por allí la consciencia avanza, pero cada vez que avanza se abren nuevos espacios que te acogen, mudos, amorosos. Ya no hay adentro ni afuera. Los límites se desdibujan en un océano de energía.

Allí tampoco existen las palabras. Es un silencio despierto, pleno.

Sara Maitland dice que el silencio es ausencia. Para mí no es ausencia, sino plenitud. La plenitud es silenciosa, porque el silencio es plenitud. Porque todo está en perfecto equilibro hay silencio. Pero ese silencio está lleno, lleno de la totalidad.

Por eso puedo imaginar un antes de todas las cosas, un antes del big bang o de la gran explosión, y lo imagino como una silenciosa nada, quieta y plena, que contiene todo. Es energía en equilibrio. Y entonces sí, la gran explosión produce ruido, un inmenso ruido. A pesar de que se produjo hace más de 13.000 millones de años. Entonces no había nadie que pudiera escucharlo, pero hoy, viajando a través del universo, todavía se puede escuchar ese ruido fósil, reflejo de aquella inmensa explosión, que hoy se ha transformado en un murmullo quieto.

El silencio es gozo, es paz, es plenitud. En silencio está la Consciencia, en silencio está el interior de nuestro cuerpo. Allí, adonde no existe el ego.