Ser o no ser

 

"…Es esa individualidad consciente la que quiero compartir con los demás…"

Son palabras pronunciadas por la Maestra, mi Maestra, en ésta nuestra gompa de Karma Samten Ling.

Sabias palabras que penetran el alboroto de mis pensamientos con suavidad férrea para instalarse en mi interior, donde permanecen flotando suspendidas mucho, mucho tiempo. Enseñanzas, no sé cómo decirlo, aéreas, espaciosas, que se expanden y resuenan una y otra vez, y cuantas veces necesite mi pobre entendimiento para liberarse.

Esta es la cuestión: "Ser", es decir, donación plena, natural y amorosa de la individualidad consciente; o "no ser", esto es, demanda sin fin del egocentrismo artificial y carente.


Como profesional altamente cualificada del "no ser", con el tiempo he ido amontonando frustraciones y dolores hasta conseguir un magnífico, pero pesadísimo, cuerpo emocional que, a pesar de los años, sigue manteniéndose rabiosamente actual.

Pero la suerte, el karma, o qué se yo, hizo que el momento más aciago de mi existencia se convirtiera a la vez en el más venturoso, pues tuve la oportunidad de contactar con la meditación. Me refiero a la meditación trascendental, guiada y transmitida por mi Maestra, envuelta en una energía amorosa de altísimo calibre: la Presencia, capaz de realizar la unidad de los opuestos y transmutar así todo nuestro sufrimiento en serena felicidad.

Sí, es cierto, estar en contacto con la energía consciente de la Presencia ha provocado tales cambios en mi sentir, en mi estar, en mi comportamiento en general, que cuando echo la vista atrás casi no me reconozco. ¿Quién era realmente?

Y, sin embargo, al mismo tiempo constato que hay una serie de reacciones y de estados oscuros a los que regreso con demasiada frecuencia. ¿Pero quién regresa realmente a estos estados?

He comprobado que en la cercanía de mi Maestra todo se pone en línea mucho más fácilmente, ya que todos participamos de la imponente energía de su Presencia, todos nos beneficiamos de ella, todos vivimos unos instantes en ella.

Es maravilloso tener lucidez para ver lo que hay detrás de mis quejidos, de mis reproches; doy gracias cada vez que esto sucede. Es maravilloso tener ecuanimidad para no rechazar todo aquello que nunca acepté de mí misma; doy gracias cada vez que esto sucede. Es maravilloso, además, abrazarlo y amarlo con dulzura y verificar cómo así, también dulcemente, desaparece; doy gracias cuando esto sucede.

Pero también he comprobado que para ello es imprescindible mantener esta cercanía con mi Maestra. Y no me refiero sólo a una proximidad física, sino más bien a que la conexión que se ha establecido en mi interior con ella esté abierta, que se instale en mí, que fluya en todo momento su preciosa energía, para dejarme hacer, para que todo se haga solo.

Es cierto que el grado de apertura interior a la energía purificadora de la Presencia es en sí mismo "una gracia" fruto de mis acciones pasadas. Pero no es menos cierto, que cuando mi petición para salir del sufrimiento es verdadera, siempre, y digo siempre, recibo el auxilio de su bendición, de la Consciencia.


Hace poco tiempo estaba en una de esas etapas oscuras que te he dicho antes. Llevaba así semanas, completamente sopa, centrada en lo único que veía: mis penas, mi cansancio, mi ombligo. Aborreciendo a todo el personal, o quizás sería más adecuado decir "aburreciendo", lo digo por las coces, ya sabes. Pidiendo esto y refunfuñando por aquello al presentar mis reclamaciones por desatenciones varias y otros desafectos. Nada valía, nada bastaba, nadie más contaba. Una especie de agujero sin fondo, vampiro de energía propia y ajena, por el que me dejaba caer, ahora un poco y luego un poco más.


Y en estas estaba cuando recordé una vivencia muy especial que experimenté en uno de los cursos-retiro de meditación de nuestro centro cuando, en un momento de gran Presencia energética, percibí con toda claridad que algo viscoso se retiraba de mi rostro, dando paso a un estado de gran lucidez, en el que con mirada asombrosamente adulta podía relacionarme con mi pareja y con el resto de mi entorno, querido o no, como nunca antes lo había hecho, como digo, de manera asombrosamente adulta, comprendiéndoles al fin de verdad y, por una vez, sin la más remota necesidad de pedir nada.

Recuerdo aquellos días en los que no tenía que haber un motivo para hablar con éste o con la otra, y recuerdo cómo los demás también percibían en aquellas conversaciones un compartir diferente. Fueron días sin explosiones de euforia ni abatimientos depresivos, en los que los pensamientos circulaban sin dejar ningún tipo de poso, completamente ajenos a la plenitud y al sosiego que sentía.

Esta vivencia puntual se fue terminando, y poco a poco retorné a mi situación habitual que, aunque aparentemente era la de siempre, en el fondo había cambiado, ya que fue muy fuerte la referencia de que sí, de que es posible vivir las relaciones y los afectos de otro modo, siempre y cuando se establezcan desde la plenitud interior y no desde la carencia.


Cuando todo esto volvió a mi memoria hace unas semanas, al principio supuso un impacto demasiado fuerte para mi ego, que se veía empobrecer todavía más con mi reciente comportamiento. Pero una vez aceptada la egocentritis aguda, la confianza cogió cuerpo, o mejor dicho, la certeza, pues nada puede empañar la certeza de aquella experiencia.

Por ello, hoy, como todos los días, pido con devoción a mi Maestra que pueda permanecer en su Presencia, porque en verdad
"…es esta individualidad consciente la que quiero compartir con los demás…"