Samsara – Nirvana
 

Van pasando los días rellenos de actividades y asuntos pendientes, salpicados de catástrofes ajenas y contratiempos cotidianos.

Unos son días estándar, mecanizadamente iguales, con la conciencia perdida bien en el quehacer, que son aquellos que terminan sin darme cuenta siquiera de que habían comenzado; o bien en la queja, en cuyo caso se convierten, por obra de la miopía egocéntrica, en días extenuantes, secos y largos, donde no cabe más historia que la propia girando una y otra vez, recurrente, reiterante, asfixiante.

En otros en cambio me siento físicamente más fuerte y la mente egoica, bravucona y engañosa, me secuestra con sus arengas: “tú sabes, tú puedes, tú debes…” Y me lanzo al día cual heroína, con la conciencia igualmente perdida, imponiendo mi visión de lo bueno y de lo malo sin flaquezas y en cualquier circunstancia, en los más pequeños detalles domésticos, en los asuntos laborales o en las relaciones sociales. Incluso soy capaz de arreglar todo tipo de desórdenes mundiales con criterio certero y sin despeinarme, sin mover un dedo… ¡Ay! ¡Si la humanidad me escuchara…!

Y en estas seguiría, necia, ciega y doliente, si no fuera porque un buen día se cruzó en mi camino la Presencia de mi Maestra. Con inmensa gratitud acudo a diario, junto con tantas otras personas más, al Centro de Meditación Budista Karma Samten Ling, a beber el néctar de la vida que fluye en sus palabras, en sus enseñanzas tan sanadoras, a soltar lastre, a reconocerme, aunque sea brevemente, en mi Ser Real. De este modo, un día tras otro, la energía y la enseñanza de mi Maestra va penetrando poco a poco y, sin que aparentemente pase nada, en realidad está pasando, sutilmente, un día tras otro, muchísimo.

Recuerdo un episodio reciente en el que me tocó trabajar intensamente obligada por las circunstancias del momento. La situación se prolongaba durante horas, días, semanas enteras... La cosa pintaba fea.

El equilibrio inicial se fue al garete y en su lugar emergieron las pugnas habituales. Hay algo dentro de mí que desea ardientemente trabajar por los demás, ayudar, volcarse en los otros. Pero cuando lo estoy haciendo durante un cierto tiempo, o son muchas las personas a atender, o mucho el trabajo que debo hacer, o poco el reconocimiento que obtengo por ello, en mi mente egoica se produce una transformación, de tal modo que lo que era ayuda al otro se convierte en abuso hacia mí, lo que era dar se convierte en pedir, la alegría en mal humor, la vitalidad en cansancio. Y el cansancio, aderezado por el sentimiento de culpa ante pensamientos tan poco nobles, en cansancio extremo.


Atrapada en el samsara” pensaba cada vez que anhelaba que terminase todo aquello, que ya estaba bien, que ya había cumplido, que ahora me tocaba a mí. Pero la situación no podía cambiar y yo no tenía otra que seguir allí, estuviese como estuviese.


Y así estaba cuando, como en otras ocasiones, la comprensión no me llegó por discernimiento, sino por sufrimiento. Aturdida por el barullo mental que vociferaba que ya no podía aguantar más, de tanto oírlo llegué a creerlo y sentí un ligero desvanecimiento. Y entonces sucedió, en ese preciso instante en el que mi ego, al no tener ya fuerzas para rebelarse, quedó relegado. Fue entonces, en ese precioso instante de rendición egoica, de aceptación sin luchas, cuando irrumpió con todo su magnífico poder una inmensa sensación de paz, de amor y de ternura que lo inundó todo y a todos, enmudeció mis quejas, calmó mis nervios y me inyectó una enorme vitalidad, calma y serena, con la que atendí de igual a igual, amorosamente y sin estridencias, a todas aquellas personas demandantes, al igual que yo, de atención y de afecto.

En mis oídos escuché la voz de mi Maestra que me decía: “nirvana, en el samsara escondido”. Y comprendí con todo mi cuerpo y mi mente la tremenda distancia que había entre prestar ayuda desde el ego, a darla, por entero y a fondo perdido, desde la conexión con la profunda energía amorosa de nuestro Ser Real.

Y en el espacio todo sonaron los hermosos cantos tantas veces escuchados a mi Maestra: “A los cuatro vientos va este grito: ¡Nirvana! ¡No eres solo para unos pocos! Que tu juego de amor nos vuelva a todos locos”.