Respirando

 

La respiración. Principio y fin del ciclo vital. Ignorada siempre, agazapada, mimetizada, pero al final, ante el más mínimo atisbo de su ausencia, siempre demandada, reclamada y exigida con angustiosa urgencia, ciega como estoy de la profundidad de su existencia.

La respiración. Compañera fiel de mi andadura. Atrapada sin remedio en mi ignorancia, no tiene salida de este embrollo revuelto y oscuro. Y así, revuelta y a menudo oscurecida, participa de mis carencias, frustraciones y pretensiones como un espejo, opaco y mudo, inconsciente y desconocido.

Pero un día me dices, vuelve a casa, vuelve a la vida, date cuenta de que respiras. Me dices, mira, toma conciencia, espira e inspira ahora, hoy, mañana y el resto de tus días. Y comienzo el camino de tu mano, mi aprendizaje del respirar en el mirar. Y respiro, mirando, descubriendo muchas cosas.

Sí, miro  respirando y veo la respiración redonda, amiga, cotidiana, de los días tranquilos. Apenas se nota pero ahí está, sutil, haciendo esto o aquello, hablando, comiendo o leyendo.

Parece que siempre va a ser así y me confío, me despisto y me duermo.

Y en estas estoy cuando una respiración-vendaval de odio, de  nuevo inconsciente, angulosa, autoritaria y hostigadora, me dice que me quite de en medio, pero como estoy dormida no me entero, así que me empuja y me tira al suelo sin contemplaciones, con la pretensión de instalarse y ahogar opresivamente mi mente.

Después de rodar un rato me levanto como un pato mareado, sin saber dónde tengo la cabeza ni los pies, pero, poco a poco, balbuciendo, vuelvo a tomar conciencia de la respiración. Como siempre, primero me avergüenzo, pero como ya me voy conociendo no me hago mucho caso y sigo adelante comprobando que en realidad todo sigue igual, que el vendaval del odio ha pasado y aquí estoy, respirando, espiración e inspiración.

Me embarga una gran alegría. Me siento amorosa, expansiva y agradecida.

Tan a gusto y tan apegadita estoy que percibo un verdadero fastidio al sentir una opresión en el pecho, inseparable del tufillo verde de la envidia, que habitualmente oculto, pero esta vez no puedo con ella, porque el detonante de su salida a escena ha sido nada más y nada menos que un niño de apenas nueve añitos.

¡Qué vergüenza otra vez! Que no me vea nadie, que no se me note, mejor no respiro. ¡Cómo voy a respirar con semejante peso encima!

¡Hay! Me parece que esto no va bien. Me ahogo, atascada en el rechazo sin cuartel de la envidia y la vergüenza. ¡Por favor, por favor! Que me traigan otra vez la respiración. Sí, por favor, ésta vez la necesito con mascarilla y bala de oxígeno. ¡Cómo que no me la trae nadie! ¡Cómo que la tengo yo!

Sacudo la cabeza, no me queda más remedio que respirar profundamente, con la espiración se van de mi mente todas estas ensoñaciones fruto de la hipoxia inconsciente, y con la inspiración respiro la paz y la serenidad estable, y me oxigeno de Consciencia. Lo repito y lo repito hasta que, de manera natural, compruebo que en realidad todo sigue igual, la envidia ha pasado y aquí estoy, respirando, espiración e inspiración.

Vuelve la alegría amorosa y expansiva y crece la confianza, y de su mano, la determinación en el trabajo personal también se va instalando, va tomando cuerpo, va ocupando su espacio.

La situación se mantiene esta vez bastante más tiempo, pero mi realidad es la que es y de nuevo la atención baja la guardia, e irrumpe una respiración iracunda, de narices anchas, fuego en el vientre y cara enrojecida, que toma carrerilla para defender lo supuestamente justo de lo supuestamente injusto.

- Conmigo no puedes. Por encima de mi cadáver. No pasarán-

Respiración en ebullición, furibunda y desbordada. Energía desperdiciada, agotada, es decir, ya no queda ni una gota.

Así que primero pasa uno y luego pasan todos los demás; estoy pues, apisonada. Como no me queda energía para seguir enfadándome no puedo enfadarme más. Gana el sufrimiento por goleada, pero hay palabras de consuelo para el discernimiento: tranquilo chico, otra vez será.

Recupero la conciencia y compruebo que en realidad todo sigue igual, que el enfado ha pasado y aquí estoy, respirando, espiración e inspiración. Recupero también algo de energía y amenazo con castigarme, pero la verdad es que estoy cansada de hacerlo. Esta vez me perdono y me acepto limitada, y verifico que de este modo me energetizo todavía más.

Vivo así una bonita primavera y después un cálido verano, pero en otoño asoman las nubes, que para el invierno ya se han convertido en nubarrones. No sé cómo han llegado estas cortinas de niebla a mi corazón. Respiración fría y desangelada, triste, desamparada.

Se abre la caja de los miedos y destapa ese miedo, el de siempre, ese que no se sabe de dónde viene ni a qué se debe, y que asusta más por ello, y asusta tanto y tanto que angustia. Es ella, la angustia existencial, que angustia tanto y tanto que duele. El pecho duele, el alma duele, la respiración duele, no hay aire que respirar.

Mas flota en el ambiente una melodía. Sí, “esa melodía”. Me dejo impregnar por ella y compruebo que, aunque aparentemente todo sigue igual, la realidad es que ya nada es lo mismo. Y aquí estoy, respirando, espiración e inspiración conscientes, viviendo que en el dolor surge el milagro; en la pena, el gozo; en la tristeza, la alegría. En fin, en la muerte, la vida.

Soy Atención, soy Lucidez, soy Consciencia. Soledad gozosa donde no se concibe el miedo. Espacio silencioso que amortigua y a la vez vivifica ese sonido, mágico, en el que me paseo ingrávida, prendida de la respiración abdominal.


« … // Ma nam ka tang / ñam pei / sem chen / tam che / la ma / kün kiab / chö ki / ku la / sol ua / deb so // ... « (Con todos los seres que llenan el espacio, que fueron nuestras madres sucesivas, ruego al Lama –a la Maestra-, el Omnipresente Cuerpo de Vacuidad: Dharmakaya).