Reconocimiento
Recuerdo
que siendo niña acudía a mis clases de catequesis en donde unos amables
adultos me iban explicando la vida y milagros de Jesucristo, desde que era
“un niño como yo” hasta su muerte.
Recuerdo también que a veces me surgía el pensamiento de cómo me habría
situado yo en relación a Jesús si hubiese vivido en su tiempo. Me
asaltaban serias dudas ya que los relatos describían cómo Jesús, niño
prodigio y adulto prodigiosamente bondadoso tan sólo recibió de las
autoridades religiosas y políticas descrédito y persecución tenaz hasta su
aniquilación.
Con mi pequeño entendimiento de aquellos días era capaz de comprender que
claro, yo lo tenía fácil porque jugaba con la ventaja de la distancia;
conocía el final del cuento; así cualquiera… Siempre me sentía un poco
tramposa cuando se criticaba a los detractores de Jesús porque pensaba que
“si gente tan lista y tan estudiosa se había equivocado con él, ¿por qué
no iba a hacerlo yo, que era una chica completamente normal?”. Y terminaba
mis cavilaciones con una pregunta: “Si Jesús reapareciera hoy en día ¿en
qué grupo de personas me situaría? ¿Sería capaz de reconocerlo?
Pasaron los años y la lucidez infantil quedó sepultada bajo el peso de los
traumas, carencias, aspiraciones inalcanzables y meteduras de pata.
Fui dando tumbos sin control hasta que la vida me recogió de nuevo y me
dirigió, a pesar de mis reticencias, ante la Presencia de mi Maestra.
En efecto. Estaba en un centro de meditación budista, algo que siempre
había rechazado. La meditación, práctica que asociaba “a cuatro colgaos”,
y además budista (¿y esos quienes son?).
Pero como la verdad siempre se impone y yo estaba ya de vuelta de todo, no
tuve más remedio que reconocer que mi vida había cambiado aquella tarde.
Cuando ella me preguntó qué tal había estado en mi primera sesión de
meditación percibí por primera vez lo que después tantas otras se ha
repetido: la convicción de que sabía perfectamente la respuesta, incluso
mejor que yo. No hubo lugar a dudas. La vivencia de una paz serena
derrumbó delicadamente los prejuicios y me abrió la puerta del camino de
la verdad.
Las enseñanzas fluyen de manera genuina en la poderosa Presencia de la
Maestra. Y una tiene la certeza de asistir a un verdadero milagro; el
milagro de recibir la abrumadora Sabiduría y Compasión de los bodishattvas
de todos los tiempos.
Sí. Compasión que abruma al ver en la Maestra a un ser esencialmente
amoroso, y verificar que absolutamente todos sus movimientos tienen como
único fin el Servicio desinteresado hacia los demás.
Y Sabiduría no menos abrumadora. No sólo por lo profundo de sus
enseñanzas, que a menudo termino de comprender pasados unos años; sino por
experimentar que todo ello se ejecuta desde la libertad que supone vivir
sin ningún tipo de condicionamiento, desde el no-ego. Por eso a veces
siento vértigo al asomarme a sus ojos y comprobar que, efectivamente, no
hay “nadie” que enturbie la cálida vacuidad de su mirada.
Recojo su amor, sus bendiciones y sus enseñanzas con profundo
agradecimiento, en primer lugar porque sé que siempre se me da más de lo
que merezco; pero también porque tengo la completa seguridad de que si se
me da, es únicamente porque así está indicado desde la Sabiduría compasiva
de la Consciencia; y que en el caso de que no lo estuviese, los ojos
amorosamente vacíos de mi Maestra no me lo darían.
Es así como se entiende su naturaleza imparcial, al igual que la deidad de
Chenrezy de los mil brazos. No cabe nada a su alrededor que no sean largos
brazos con manos abiertas para dar al amigo y al enemigo. Pero cada mano
de las mil manos está guiada por el ojo de la Sabiduría, de la
Consciencia, del Discernimiento.
La Maestra se da toda. No necesita nada porque su naturaleza es
Consciencia. Y como tal actúa hoy aquí y mañana en cualquier otro lugar de
nuestro planeta.
Por ello doy gracias a la vida.
Gracias por regalarme la cualidad de poder reconocer a mi Maestra.
Gracias por regalarme las condiciones que me han permitido permanecer
cerca de ella.
Y gracias por abrirme la mente y el corazón al milagro que significa vivir
bajo la bendición de su Presencia.

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