La tiranía del ego


 

Hoy he madrugado para poder escribir cosas hermosas. Con el día, como siempre, estructurado: tareas domésticas – escribir cosas hermosas – y tirarme a la bartola un buen rato.

Pero el plan se ha torcido apenas un poquito de nada, y ha surgido la intransigencia, el enfado y el escudriño descalificador hacia los demás.

Ante lo absurdo de semejante reacción, que reconozco me embarga con demasiada frecuencia en las últimas semanas, me siento a mirar la tiranía del ego. Al menos lo veo. Algo es algo, me digo como consuelo.

Y cuando lo miro compruebo una vez más que, cuando me abandono en sus brazos, mis días se reducen a la ejecución fría de una sucesión de mandatos-trampa, abstractos, secantes, desnaturalizadores.

Son mandatos, puesto que son órdenes internas inconscientes, que se mueven mecánicamente en el círculo cerrado de mi mente egoica, día y noche, sin descanso.

Y son trampa, puesto que surgen rodeados de la ilusión de que al concluirlos habrá reposo, habrá al menos, aunque sea cierta satisfacción ante “el deber cumplido” por nimio que sea, por ejemplo, ordenar una habitación. Pero el sosiego nunca llega de la mano del barullo inconsciente, puesto que siempre habrá otra habitación que ordenar, o si no la hubiera, siempre se podría ordenar mejor, una y otra vez, esta misma.

La sucesión de órdenes internas es constante, como también lo es el modo en que deben llevarse a cabo, por supuesto, por todo el mundo. En el ejemplo anterior, la habitación no puede ordenarse de cualquier manera, sino de la única manera posible: la mía; o sería más apropiado decir, la que pauta la tiranía de mi ego.

Así las cosas no queda espacio para el respeto propio o ajeno, puesto que cualquier incumplimiento de las órdenes permanentemente establecidas pone en marcha la otra parte del mecanismo, la de las críticas y juicios condenatorios.

La vida se convierte entonces en algo rígido, sin posibilidad de error, extremadamente serio y responsable, de mandíbula tensa y labios apretados, pues es mucha la tensión que hay que contener.

Por un lado, la tensión de las tareas a realizar, por otro la tensión de hacerlas perfectamente requetebién - qué dirán de mí si no-, y por otro la enorme tensión de contener el hartazgo que va creciendo paralelo a todo este lío, esa otra parte que se pregunta por qué no puede dejar de hacer lo que en realidad no desea.

Recuerdo una historia que escuché a mi Maestra sobre un monje de gran sabiduría y compasión que vivía en unas lejanas montañas, muy querido y con mucho prestigio entre las gentes del lugar.

Resumiendo contaré que fue acusado falsamente por una muchacha del pueblo de ser el padre del hijo que esperaba. Los lugareños fueron a su encuentro acusándole e insultándole por ello. El monje les escuchó con atención y contestó amorosamente: - ¿Con que decís que soy el padre de esta criatura? Ah, pues muy bien - Y se retiró tranquilamente a seguir con sus actividades cotidianas. La gente no daba crédito y le siguieron insultando hasta que se cansaron, y volvieron a sus casas, dando la espalda al hasta entonces admirado monje.

Pero pasó un tiempo y la muchacha confesó al fin la verdad. Todo el mundo se sintió avergonzado y apesadumbrado y decidieron ir juntos a pedir disculpas ante el monje. El monje les escuchó atentamente y después les contestó: - ¿Con que decís que no soy el padre de esta criatura? Ah, pues muy bien - Y se retiró igualmente tranquilo a seguir con sus actividades cotidianas.

A menudo recuerdo este relato anhelando la seguridad, la paz interior del monje protagonista. Serenidad y paz interior que percibo de igual modo en mi Maestra, inalterable a críticas y rechazos, a parabienes y halagos. Naturalmente libre.

Con este anhelo acudo al Centro de Meditación Budista Karma Samten Ling, a sintonizar con su poderosa Presencia a través de sus enseñanzas, que transmite a diario a todo aquel que se abra a su fluir.

Y escucho de nuevo: Cuando te pierdas en la vorágine inconsciente, empieza una y otra vez por lo más básico: toma conciencia de tu respiración abdominal, toma conciencia de cómo tu abdomen sube y baja en cada ciclo respiratorio. Mantén tu mente presente, actualizada y en apertura a la Atención lúcida Consciente, y verás cómo poco a poco la nube de pensamientos se posa y desaparece, y con ella los mandatos, los juicios y las responsabilidades inútiles, dando paso a la serenidad, a la paz estable y al gozo de tu Identidad profunda Consciente. Disfruta pues de tu estado natural y haz partícipes de tu disfrute a todos los seres sintientes.

Con gran agradecimiento recojo la sabiduría de sus palabras y me nutro de la fuerza que les acompaña, que me permite desidentificarme de los pensamientos tiránicos, distanciándome de ellos. La distancia es pequeña al principio, pero suficiente para empezar.

Los pensamientos están rondando todavía por aquí, es cierto. Pero sigo manteniendo mi concentración en el vaivén respiratorio, y compruebo con alivio que esta vez no pierdo el centro, que puedo dar respuestas coherentes, que respeto, que comprendo, que transijo, que vivo. Y en la medida que persisto en ello me voy asomando poquito a poquito a ese otro espacio, en el que la pesada mochila ilusoria de pensamientos, exigencias, reproches y resentimientos, sencillamente se cae. Los pensamientos aparecen como graciosos dibujos animados inofensivos. Me siento por fin, relajada, ligera, amorosa y muy pero que muy viva, y compruebo que el cambio que se ha producido en mi interior se transmite, pues soy capaz de realizar mis labores habituales con las personas de mi entorno de manera respetuosa, eficiente y sin dramas.

Dando una y otra vez gracias constato cómo crece en mí la certeza en la enseñanza de mi Maestra y la confianza en la sabiduría de sus palabras, y pido a la vida que me conceda, como en la historia de Naropa, la compresión profunda del sentido de todas y cada una de ellas.

¡Puedan todos los seres, poseer la felicidad y sus causas!

¡Puedan todos los seres, ser liberados del sufrimiento y sus causas!