Hermano

  

Llevo días recordándote.

Quisiera decirte que ahora te entiendo. He recorrido más tramo del camino en ésta nuestra Escuela del Despertar, de la que tengo certeza profunda que tú sigues formando parte.

Quiero que sepas que vuelvo a reconocerte valiente y hermoso, como cuando de niña eras mi héroe, siempre inalcanzable, siempre acometiendo “misiones”, “cosas de héroes”.

Hoy en día puedo darte las gracias. La vida me ha enseñado a reconocerte humano y mortal.

El cristal idealizado se quebró; es cierto. Y dio paso a un aluvión de sentimientos contrapuestos: el amor “a pesar de todo” se balanceaba con la revancha; con el “ésta es la mía”.

Dualidad, dualidad, dualidad…

En el camino del Despertar no hay medias tintas y antes o después aparece la hora de la verdad, donde uno se enfrenta al dolor con mayúsculas, al dolor primordial… Precisamente porque está preparado para ello. El decorado puede ser el desprestigio, la marginación, el desamor o lo que necesitemos para revivirlo. La Consciencia nos ofrece la posibilidad del salto definitivo de la orilla del dolor y el sufrimiento ignorantes a la otra orilla, la del no ego, la de la absoluta libertad.

Si el trabajo personal ya está hecho nada te toca.  Pero en caso contrario lo que toca es purificar; atravesar nuestra “noche oscura” para que toda esa pesada carga se transforme de la única manera que es posible: viviéndola, mecidos en la respiración abdominal y arropados por la Presencia, conscientemente y por completo; hasta en nuestras heridas más pequeñas.

El Dharma del salto es asunto de valientes. Pero a veces, la identificación con el dolor y la rabia acumulados es tan descomunal que ciega el discernimiento y, atrapado en sus emociones, uno simplemente no puede. Al menos no en ese instante.

Más no por ello se rompe el hilo de oro que te une a la Fuente. Bien lo sabes. Has sido tocado por la Consciencia y has tenido atisbos de la Verdad. Eso permanece vivo y es lo que realmente te mantiene en medio de todo este lío que supone la supervivencia. Aunque sea algo que sólo te reconozcas a ti mismo en tus momentos más íntimos.

Hoy he releído tu cuento y de mis ojos han brotado lágrimas de gratitud por los ausentes.

Seres que con vuestro servicio habeis contribuido a que se den las condiciones para que otros tantos seres también podamos conectar con la paz interior, con el sosiego mental, con nuestro Ser profundo.

Tengo muy presente el sueño que tuve en tu despedida. Los dos volvíamos a casa deprisa; algo nos perseguía. Yo tomaba el camino recto e intentaba convencerte de que me siguieras. Pero tú estabas decidido  a recorrer el  más largo y tortuoso.  En un momento pensé que ibas a sacar una pistola para defenderte y tuve miedo. Pero cuando ya salías corriendo pude ver que lo que sacabas del bolsillo no era un arma; sino una especie de pequeña barra de luz. Sentí el dolor de la separación pero el temor se fue. Tenías la guía para volver. Tenías la luz.

Sólo me queda por decirte que te espero y que te quiero.

Realmente te quiero. Toda la vida ha sido así, y así lo sigue siendo.

Y realmente te espero. Te espero en aquel pozo en el que un día te miraste y no viste nada como reflejo. Te espero en casa.

Ya sabes: acuérdate de “Mila”…