Hacia el auténtico servicio


 

¿Te ha pasado alguna vez que cuanto más intentas ayudar a alguien, peor le van saliendo las cosas? ¿Recuerdas cómo te sentiste?

Eso fue lo que me sucedió hace unos meses, especialmente intensos, en los que tuve que hacer frente a la vez a un cúmulo de situaciones muy delicadas que requerían una respuesta inmediata. Más o menos pude ir dándoles cara, con esfuerzo y mucha dedicación.

Pero una de ellas se me clavó en el corazón, pues estuve intentando ayudar a una persona a salir del tremendo sufrimiento que estaba padeciendo, por activa y por pasiva, con todos los medios que disponía a mi alcance, pidiendo ayuda para los que no disponía, viendo que el tiempo se alargaba y que no era nada bueno lo que se presagiaba.

Todo se revolucionó en mi interior, con un montón de emociones entremezcladas. Desde la rabia y la impotencia por lo que en aquel momento consideré tremendamente injusto, hasta la culpa por no haber logrado detener lo inevitable, todo ello impregnado de una intensísima pena por el sufrimiento de esta persona, que me conectaba con el de tantas… tantas otras.

Durante aproximadamente una semana estuve con la cabeza invadida y el corazón, doliente, desaparecido. A merced de ráfagas de pensamientos embravecidos, agitados por la turbadora corte de emociones campando a sus anchas en el opaco reino de la confusión.

Se me cuestionaron muchas cosas, y algunas no me resultaron muy agradables, la verdad.

Me di cuenta por un lado de que sí que era sincero mi afán de ayudar, en eso no había dudas, y de que también lo era el sentimiento de pesar por el dolor ajeno. Pero también pude ver que algo no era del todo gratuito, al menos no como yo creía, pues si no ¿a qué venía ese protagonismo? Yo ayudo. Yo puedo. Yo sufro cuando yo no puedo. Yo, yo, yo…

Viéndome tan enmarañada en el ramaje de la dualidad egoica, me vinieron a la memoria estas palabras de mi Maestra: “no se puede salir del ego desde el propio ego”. Por lo que me abandoné y pedí, con respetuoso fervor, desde lo más profundo de mi ser, protección a la Maestra, esto es, a la Consciencia.

La respuesta no se hizo esperar, como siempre que la petición se realiza desde un corazón sinceramente abierto. Una serena energía me envolvió al instante, pacificando mi mente de superficie. Me sentí protegida y confiada y, cuando la claridad retornó a mi entendimiento, pude comprender a mi Maestra cuando al preguntarle por qué, me contestó:


Cuando haces verdadero servicio te vuelcas, haces absolutamente todo lo que puedes por ello, pero después, una vez finalizado, lo depositas todo a los pies de la Consciencia”.

Es decir, el verdadero servicio consiste en darlo todo, pero sin apropiarse de nada. En volcarse en ayudar de todas las formas que puedas a alguien pero, una vez hecho esto, depositar dicho esfuerzo a los pies de la Consciencia, esto es, vaciarnos a sus pies de todo protagonismo egoico. Sin esperar recompensas, aunque sean sutiles; y sin pretender controlar los resultados, sin pretender controlar la vida.

De este modo nuestro corazón y nuestra mente, estarán siempre ligeros, sin equipaje, sin pena y sin gloria, siempre disponibles y siempre abiertos a los sucesivos servicios que vayan surgiendo Aquí y Ahora.

Miro a mi Maestra y su vida de servicio, completamente entregada, totalmente implicada y al mismo tiempo absolutamente desapegada, pues en su corazón, esencia de Consciencia, solo caben el Amor y la Compasión para todos los seres sintientes, y para todos ellos por igual.

¡Que todos podamos llegar a materializar, como Ella, el verdadero, el auténtico servicio!