ENVIDIA

 

Una compañera de trabajo ha ascendido profesionalmente dejando las tareas que habitualmente desempeñaba, que también son las mías, por otras de un cargo social más considerado y menos agobiante.

Dualidad.

Una parte de mí se alegra sinceramente. Esta amiga había sufrido mucho los meses pasados, se había empeñado con esmero en optar a su nuevo empleo y realmente se lo merecía.

Hay otra parte de mí a la que le fastidia. También sinceramente. Algo en el pecho se encoge ante la media sonrisa de cortesía con la que le felicito.

¡¡Señoras y señores!! Ante ustedes el velo opaco de los pensamientos inconscientes:

“Yo también estoy cualificada para este puesto, mucho más cómodo que el que tengo. En realidad es una injusticia que tenga que seguir trabajando donde estoy.
Tal vez, pero tú no has movido un dedo para optar a un cambio de empleo. ¡Cómo puedes pensar esto! ¡Qué cara más dura!”

El peso de la culpa….

“Bueno; en realidad a esta señora le gustaba poco la actividad que hacíamos. Faltaba mucho, con frecuencia tenía un trato bastante duro con los demás… A mí en cambio me gusta; soy agradable, meto más horas que las que se me exigen… En realidad no quiero cambiar.
¡Cómo! ¡Embustera!. Te cambiarías hoy mismo si pudieras”.

La culpa. Esta vez más pesada.

“La verdad es que yo ya tengo relevancia social en otros ámbitos. Soy un punto de referencia para varias personas importantes; incluso he hablado en público y en la radio en dos ocasiones; he sido activista por causas justas y aún tengo contactos…
Si, si, si…Pero ¿en qué se concreta todo eso aquí y ahora?”

¡Uy! De repente me he vuelto muy pequeñita.

“Bueno, bueno… Todo eso son paparruchas. En realidad en estos momentos me dedico a lo más importante en la vida de un ser humano. A mi trabajo personal y a la búsqueda espiritual. ¡Esto sí que es importante! ¡De hecho es lo único importante! Es tan importante que a su lado cualquier otra causa es nimia. Pobrecitos los que todavía se empeñan en mejoras laborales o sociales. Esto pertenece a un ámbito tan terrenal… Mi vida es mucho más que todo eso. La verdad es que no me importa que los demás triunfen en las cosas relativas… Yo ya he superado esa fase. Ahora me oriento hacia lo absoluto…
¡Ejem! ¿Qué dices que has superado qué?”

¡Caramba!. No sé por qué me he puesto tan colorada.

Por cierto…

¿ALGUIEN SABE A QUÉ VENÍA TODO ESTO?

Sí yo te lo resumo: Que te has enterado de que una compañera ha ascendido y te has muerto de envidia.

¿Envidia yo? ¡Pero si me alegro enormemente por ella!

¡Ya! Por eso que te faltó la otra media sonrisa cuando le felicitaste.


Vale, vale. Me doy por vencida. A estas alturas no tengo más remedio que reconocer que estoy completamente descentrada.

Vuelvo a dirigir la  atención hacia la respiración abdominal. Inspiración y espiración…. una…. otra… otra… y otra vez. Y, lentamente, va retornando algo de serenidad.

Sigo respirando. Vuelve la alegría por el triunfo ajeno, a la par que el dolor en el centro del pecho. Es mi parte inmadura, frustrada e insatisfecha. Mi ego.

Surgen otra vez nubarrones de culpa que amenazan con descargar sus trombas de agua helada y embarrada… Sigo respirando… y, esta vez, la culpa se va como ha venido: sin más.

Queda ahora ese dolor del pecho. Duele y aprieta. Parece que la respiración se corta. Aparecen pensamientos muy negativos que pretenden polarizar mi existencia en el dolor... Sigo respirando: inspiración y espiración… también este pensamiento desaparece.

Ahora el dolor es más intenso. Duele ya todo el pecho, me duele la espalda, duelen las piernas, el cuello, las mandíbulas… Algo grita que ya no puede aguantar sentada ni un minuto… Inspiración… Espiración… Por lo que se ve, aguanto uno y bastantes minutos más…

Respiro una vez… otra… otra… y otra… Y, de repente, en un instante cualquiera, todo el dolor se desvanece.

Amanece una paz profunda y duradera que invade mi cuerpo y mi mente.

Unidad en la Presencia.
Silencio.
Calma.
Apertura, ahora completa, hacia los demás.
Plenitud.
Gozo.