El precioso cuerpo humano


Hace ya tiempo, en la búsqueda de una salida a mi sufrimiento topé con algunas enseñanzas budistas en las que describían al cuerpo humano como “el precioso cuerpo humano, libre y bien dotado, capaz de llevarnos a la realidad última”. Me pareció alucinante y la verdad es que un poco increíble también, dado cómo me vivía. Además, no podía encajarlo ni con mi cliché del meditante anacoreta, ni tampoco con algunas otras enseñanzas que escuché sobre el desapego en las que se referían al cuerpo físico humano como a poco más que un saco de deshechos.

Confieso que la relación con mi cuerpo ha sido fundamentalmente caótica. No sé en qué momento de mi de infancia irrumpió con fuerza un sentimiento de vergüenza que persistió durante mi adolescencia, por no tener el tamaño, forma, color o proporciones adecuadas, que tan sólo admitía un veredicto: culpable, y una sentencia: el aislamiento social y la ocultación y el rechazo incluso ante mí misma.

Empezamos mal….

Durante mi juventud surgió la moda del famoso “culto al cuerpo” del que el pobre casi no sobrevive, sometido a la tiranía de dietas aparentemente equilibradas, de apretujados modelos de ropa aparentemente funcionales, o de jornadas extenuantes de ejercicio físico aparentemente saludables. Tardé en darme cuenta de que no era sino otra forma de rechazo, de que el fin último no era en realidad su cuidado. ¿Por qué si no persistía la sempiterna sensación de malestar al no conseguir que tuviera el tamaño, forma, color o proporciones adecuadas?

A la deriva de mi ignorancia inconsciente como estaba, solo pude sacudirme la frustración de aquel descubrimiento dándole la espalda, simulando haber trascendido mis erráticas aspiraciones infantiles, con actitudes de pseudodesapego, otra vez aparentemente, maduras. Pero la realidad se impone y una no puede evitar sentirse impotente cuando cualquier mínimo detalle o comentario del día a día provoca los mismos dolores, en las mismas heridas, un año tras otro.

Y entre fracaso y fracaso seguí buscando hasta que un buen día, nunca mejor dicho, encontré el Centro de Meditación Karma Samten Ling. Evoco con ternura la feliz perplejidad de aquel primer día. No podía explicar por qué había entrado interiormente destrozada y había salido tan cálidamente reconfortada. La comprensión se ha ido produciendo con el paso de los años, o más bien debería decir encarnando, gracias a la extraordinaria energía amorosa que fluye de nuestra Maestra, Antxoni Olloquiegui, cuya imponente Presencia va penetrando, a veces con palabras y a veces sin ellas, en lluvia suave o en tumultuoso tornado, persistente, paciente, adiestrándonos en la unificación de cuerpo y mente, abriéndonos a percepciones sublimes que, como ella dice, no habíamos imaginado jamás.

Recuerdo cuando llegué como ser sufriente a la deriva, rota por el dolor. La Maestra me abrió la puerta y me dijo: “respira”. Yo pregunté: ¿pero cómo?, a lo que ella contestó: “de manera natural”.

Yo ni siquiera sabía qué era eso de una respiración natural, tal era mi aturdimiento. La Maestra lo percibió y continuó: “tan sólo tienes que fijar la atención en el ir y venir de tu respiración abdominal”. Y yo volví a preguntar ¿pero cómo?...


Ayúdate contando las respiraciones”, proseguía la Maestra “da lo mismo que cuentes tres, cinco, veintiuna o las que sean, tan sólo debes contar tus respiraciones, dándote cuenta de que lo estás haciendo. Si te resulta difícil percibir la respiración abdominal, puedes empezar por concentrarte en la respiración nasal”.

Y por primera vez en mi vida me sentí sinceramente confiada, envuelta en una sensación cálida y acogedora que era incapaz de describir, pero que percibía claramente. La enseñanza de la Maestra proseguía orientándome a observar, ahora sí que podía hacerlo, todos los contenidos físicos y mentales, los pensamientos, sensaciones, emociones y percepciones que fueran surgiendo en el ir y venir de cada respiración. Las indicaciones consistían simplemente en contemplar cómo aparecían y también cómo desaparecían con cada espiración, constatando el hecho de que, impregnada de la poderosa energía que emana de la Presencia, imprescindible, de mi Maestra, la observación cada vez era más consciente.

Esta experiencia, que aparentemente puede resultar incluso banal, para mí fue absolutamente revolucionaria y me gustaría ser capaz de compartirla.

Por un lado empezó a reconciliarme con mi cuerpo, al que ahora atendía no para someterlo de nuevo despóticamente a las órdenes de mi mente superficial egoica neurótica e inconsciente, sino como medio valiosísimo precisamente para poder observarla y de este modo desidentificarme de sus despiadados mandatos. Procuro cuidarlo con amor, escuchándolo y cubriendo las necesidades que van surgiendo a lo largo de este proceso de purificación física y mental, integrando serenamente sus corrientes de pasiones vitales como parte de la globalidad de la vida.

Y por otro lado me resultó enormemente liberadora la visión de mi ego personal, enraizado en el oscuro inconsciente de la naturaleza humana, desde la distancia que permite la desidentificación, objetivamente, con la lucidez necesaria para ahuyentar la vergüenza y la culpa, condición en mi caso indispensable para poder aceptar que mi polaridad negativa es igualmente imprescindible en este gran puzle del despertar.

Y poco a poco, la enseñanza que mi Maestra desgrana con el mismo entusiasmo un día tras otro para toda la humanidad, también va calando cada vez más profundamente en mí, disipando miedos y afianzando mi determinación.

Hablando de miedos puedo contar la que hasta ahora ha sido mi experiencia más clara de cómo tras el dolor se halla el gozo, en palabras de mi Maestra: “nirvana en el samsara escondido”.

Comencé la meditación como siempre, centrando mi atención en la respiración abdominal. Ese día la mente de superficie se presentaba especialmente agitada. Los pensamientos iban y venían muy rápidos, aparecían emborronados, intrascendentes y mi mente egoica me castigaba preguntándome cómo podía desperdiciar la imponente bendición que se estaba expresando y concluía que, definitivamente, el mío era un caso perdido sin remedio: casi mejor si te marchas.

Pero no me marché, permanecí a pesar de que mi mente me seguía acusando de falta de carácter, de que no era capaz de ser consecuente y marcharme. Al principio me lo creí, y me dije: pues como no me atrevo a marcharme no tengo más remedio que quedarme. Pero luego entendí y otra voz me dijo, espera tranquila, que esto es lo de siempre y sabes que se pasa, y volví a centrarme de nuevo en la respiración abdominal.

De repente, cuando cesaron los primeros pensamientos, surgió una angustia terrible y un miedo desconocido, lo calificaría como primigenio, sin precedentes. Mi cuerpo se sintió atenazado y temblaba como una hoja. Es difícil explicarlo pero tenía la sensación de que estaba entre dos opciones, lo malo era que no sabía cuál era ninguna de ellas. Sonaba una música que en vez de celestial aquella vez me resultaba solo ruidosa y acrecentaba sin cesar mi sensación de pánico. Mi cuerpo emocional acumulado se había expresado en su totalidad. Y cuando menos lo esperaba escuché en mi interior la voz de mi Maestra que llamándome por mi nombre me dijo: “no temas, abre tu corazón al inmenso amor que te espera”. Y entonces me entregué, dejé de luchar. Cayeron todos los miedos dando paso a un inmenso espacio sin forma, a un fabuloso espacio, también sin tiempo, gozoso, amoroso, donde todo vibraba y ondulaba, cálidamente. En unión con todo, ahora yo también era música, mis partículas también vibraban y ondulaban y me vivía, por fin, como un ser esencialmente libre. En todo momento mantuve mi conciencia individual y no hubo ni un solo atisbo de miedo de perder el cuerpo físico en aquella experiencia inmaterial por la percepción clara de un firme hilo que, a modo de sutil cordón umbilical, me conectaba, cómo no, con mi respiración abdominal.

Cuando la experiencia cesó comprobé que toda mi vida de la realidad relativa cotidiana también había cambiado por completo. Ya nada podía ser igual.

Supongo que entenderás que no hay palabras en este mundo que sean capaces de traducir el inmenso agradecimiento que brotó hacia mi Maestra. No se puede expresar lo inexpresable.

Pero como dice ella, la vivencia de nuestra Identidad profunda Consciente no pasa siempre obligatoriamente por una experiencia previa de dolor. Un encuentro con nuestra pareja o una audición musical vivida desde la visión desnuda de la mente, esto es, sin pensamientos inconscientes, permite que la potente energía amorosa que percibimos en Karma Samten Ling descendiendo desde lo alto, pueda hacer que todas nuestras células vibren intensamente en esta frecuencia amorosa para ascender después como una bola de fuego desde nuestro chacra secreto hasta el corazón espiritual, expresándose hasta con lágrimas de gozo, o más arriba incluso, hasta el orificio de Brahma, experimentando una Presencia muy lúcida abierta sin barreras, sin temores, a todos los seres sintientes.

Y entonces una entiende algo mejor estos hermosos versos de la Maestra:


 
                       "
Canta el desapego el cántico del descubrimiento

de vivir el cuerpo humano como templo sagrado,

misteriosa puerta de paso de lo finito a lo infinito,

acceso a espléndidas maravillas en los brazos del espacio.

Supremo Templo de gozo inenarrable.


Este pequeño ser humano exterior

sostiene el secreto de una vida

no vivida por el cuerpo material.

Abriendo los ojos interiores en sus entrañas dibujados,

ve y siente purezas

de percepciones sublimes

que no había sentido jamás,

hasta que se reveló

su innata Sabiduría y Compasión

con fuerza, dulzura y deleite.”