Cuestión de género

 

Con el transcurrir de la vida fui constatando como certeza una impresión que brotó en mí hace algunos años, cuando tuve la oportunidad de conocer otras culturas.

Y es que el principio que fundamenta la separación entre los seres humanos de este planeta no está basado en tipos de razas o en fronteras geográficas. Pienso, más bien, que se sustenta en una cuestión de género. De dos únicos géneros: los hombres y las mujeres. O al revés, para que no se hieran susceptibilidades: las mujeres y los hombres. Y creo que esto es así porque siempre se han valorado como mucho más importantes nuestras diferencias, empleadas como peones en los juegos de poder egoico, que lo que nos complementa.

Por eso, como mujer que soy, solo puedo dar mi visión de la jugada que de antemano aviso que, por unilateral, seguro que resultará sesgada.

Y paso a relatar mi sucesión de generosos desencuentros de género.

Comenzaron ya en la infancia donde descubrí a unos seres extraños a quienes desde los albores de mi ego, que aunque pequeño ya mostraba maneras, califiqué como horripilantes monstruos de naturaleza masculina que apostados a las puertas de nuestro colegio se dedicaban a dar castañazos o bolazos de nieve a las niñas que pasábamos; variaba según la estación. En los días de auténtico, primero terror y luego odio, cruzaban mi mente pensamientos de injusticia y de venganza. ¿Por qué un niño al que no conozco de nada me sacude de semejante manera? ¿Qué le he hecho yo para que me trate así?

La cosa continuó a tiras y a flojas y tras muchas peripecias y saltos de mata, alguien me dijo: toca echarse novio. Elijo el más alto y el más fuerte para ver si me hace un hueco; para ver si me protege. Pero se nos va la mano a los dos y de tanto protegerme un día no sé quien soy, ni qué me gusta, ni por qué visto así, ni por qué he dejado a mis amigas, ni por qué de repente todo se ha vuelto nada.

Proyecto mi sensación de desaparición como sumisión.

Vuelta de tuerca. Salgo disparada a vivir en un año lo de diez. A tratar como yo he percibido ser tratada. Llega el momento de la acción, la revancha. Llega… de nuevo la nada. Acabo vacía y harta, cansada y perdida. Otra vez perdida.

Auto-sometimiento: dícese del sometimiento por no poder dejar de someter.

¿Y ahora qué?

Veo una luz fugaz. Enfoco mejor y puedo pillarla. Es la Meditación.

Regresan a la memoria mis primeros balbuceos en los que un caballero se afanaba en demostrarme lo beneficioso que era para mí meditar a su lado, gracias a su generosa presencia que por lo visto daba como para los dos.

Recuerdo que al principio pensé que el no sentir nada especial meditando junto a él se debería a mis carencias o a mi inexperiencia.

Pero con el tiempo intuí en algunos hombres cierta tendencia a apropiarse de la energía que disfrutan, como todos los demás, por la suerte de estar bajo la acción compasiva y generosa de la Maestra, de quien sí que fluye, silenciosamente y sin cesar. Tienden pues a tomar como propia esa energía para erigirse como “maestros”, con ánimo de guiar a cualquier “discípula” que se ponga a tiro, por supuesto con el único afán de conseguir su bienestar, de facilitar su Despertar.

¿Cómo puede pretender alguien sacarte de donde ni él mismo ha salido?

No, gracias.

Una y otra vez escucho a la Maestra que es uno mismo, una misma, la que debe hacer su camino. Que puedes hacerlo acompañada o no, pero que nadie lo puede hacer por ti. Somos los protagonistas de nuestra historia. Somos los actores de nuestro Despertar.

He de decir que solo a través de la Meditación guiada y transmitida por mi Maestra he podido descubrir y también recibir el amor del otro. Y que esto pudo suceder por haberlo encontrado antes en mí misma. Fue únicamente esta experiencia meditativa, que no puedo describir por inenarrable, la que me llevó a vivirme en el amor, a vivirme siendo amor, la única que borró de un plumazo la maraña de recuerdos y resentimientos que maniataban mi corazón.

Y fue entonces, solo entonces, cuando pude empezar a compartir una vida en pareja, que como la misma palabra indica, significa estar a la par. En-par-ejados.

Hoy percibo la relación como un magma vivo que ahora saca una burbuja por aquí y otra allá. Un espacio abierto en donde el amor y la tolerancia permiten que asome la cabeza ahora un ego y luego el otro. Todo queda a la vista cuando dos personas se miran con ganas de ver.

Y ese amor horizontal, con toses, con tropiezos, con lo que sea pero amor, va permitiendo encuentros cada vez más diáfanos, de mayor entrega y de menores pretensiones.

Y en ese darse poco a poco, cotidiano y sin aspavientos, un día irrumpe el Amor Consciente que desciende poderoso para encender ese magma que, convertido ahora en fuego, asciende y abrasa nuestra quietud lúcida, ingrávida, silenciosa, que trasciende egos, cuerpos y mentes uniendo en dicho Amor a todo y a todos. A todos los seres sintientes.