A vueltas con el ego

 

Andaba yo muy ufana, borracha de éxito, sin percatarme ni por asomo del ego que, a hurtadillas, agazapado en una supuesta profesionalidad al servicio de todos y por lo visto bastante subidito de tono, se me había pegado como una lapa a la chepa de la inconsciencia y allí, cómodamente instalado en su ambiente, se había dedicado a la ilustre tarea de engordar y engordar hasta que lo que al principio era un movimiento sutil se había transformado en un comportamiento burdo, torpe y zafio. Vamos. Ineludible.

Y así de tontamente me metí yo solita en la boca del lobo del altruismo vanidoso y, por el supuesto bien de los presentes, me lancé a exponerme en un acto público a una serie de preguntas que nadie quería y que yo no sabía contestar.

Sintiéndome protegida por una especie de aura de competencia tenía el convencimiento de que, aunque no estaba en absoluto actualizada en el tema, con mis extraordinarias cualidades lo haría simplemente genial.

Y una voz dentro me dijo: “Vamos allá”.

Y fui.

Nada más salir percibí una lluvia de bendiciones y esa misma voz volvió a decir: “Esto va bien; me dejo fluir y ya está”.

Pero la percepción cambió al escuchar la primera pregunta. Fracaso total. Las personas que antes no hablaban ahora no paraban de hacerlo para criticar una y otra vez todas mis respuestas. Mi actuación además contrastaba con la brillante exposición, aplaudida incluso, del compañero anterior…

Y la misma voz que dice. “A ver cómo salimos de ésta.”

Y la lluvia de bendiciones que seguía cayendo…

Y la voz que no entiende cómo puede estar bendecido semejante ridículo…

Unos instantes de conexión total con la Presencia me permiten vivir la situación sin juicio y me asomo a la puerta de la libertad del no ego. Respiro plenamente y descubro la misma esencia en lo bueno que en lo malo, intuyendo que en realidad no es ni bueno ni malo. Está pasando lo mismo pero no sufro; lo cierto es que la cosa es bastante cómica…

Pero el ego humillado solo ve tragedia y prepara su revancha.

Arremete primero contra mí misma: ¿Pero cómo te has podido meter en esto? Eres una tal. Te comportas como una cual. Has quedado como tal y cual.

Después ejecuta su primera maniobra distractora desplazando la rabia generada en el autoflagelado hacia los verdaderos culpables de semejante ignominia. “Serán cabritos, primero no habla nadie, pero cuando ven alguien desvalido menuda cómo se les suelta la lengua”. “Pandilla de pretenciosos…. Solo les interesa figurar”.

Y como no basta pasa a la segunda maniobra distractora, que pretende sublimar la frustración en servicio y en generosidad, una actitud mucho más decorosa y asumible. “Nada de esto importa, he sacrificado mi imagen por el bien de todos. Estas pobres personas están atrapadas en egos muy infantiles y necesitan un chivo expiatorio para superar sus complejos. Y he decidido serlo yo. Qué pocos se atreven…”

Pero nada mitiga el resquemor del ego herido que no se cree ni una sola palabra de toda esta cháchara de tres al cuarto, y como último recurso aparece: “la gran evasión”. Que consiste en la creencia de que puedo eludir los efectos de los codazos del día a día muy fácilmente. “En realidad ni me tocan. Porque mi mente solo presta atención a realidades espirituales muy pero que muy superiores”.

Ya, ya … 

Puedo vendarme los ojos pero no el corazón. Y la verdad es que lo tengo hecho una pasa. Primero por la vergüenza, luego por la agresión y luego por el olvido.

Prefiero pasar a la acción. Me siento a meditar e intento acompasar mi mente al ritmo de la respiración. Poco a poco se pacifica. Están otra vez los intentos de eludir la vergüenza, pero ésta vez la dejo salir percibiendo sus efectos: el estómago apretado, el sonrojo…  Me doy cuenta de que no es tan terrible. Sí;  tengo el estómago cada vez más apretado y la cara como un tomate, y además no sé dónde meterme. Oye, ¿pero quién es el que no sabe donde meterse?

¡Vaya! ¡Otra vez se me ha colao! Más vale que voy aprendiendo que la sonrisa es una herramienta muy útil para que el ego se esfume; facilita que se exprese confiado y sin tapujos dejándose hacer, dejando actuar a la energía amorosamente implacable de la Consciencia. Y así, practicando, verifico que al impregnarme de vergüenza me inundo de Presencia, y soy testigo de un proceso natural que culmina en un estado de amor unitario y sereno. Me siento ligera, despierta y viva.

Mirando atrás reconozco que la vida me había brindado la oportunidad de saltar de todo esto en el mismo instante en el que sucedió; en aquel primer instante de conexión plena. Pero la identificación con el ego maltrecho nubló mi discernimiento y tuve que dar éste pequeño rodeo de sufrimiento para poder comprender la enseñanza.

¿Que por qué estaba bendecido semejante ridículo? Pues porque sí. Porque está muy bendecido desenmascarar y trascender el ego.