A mi querida niña

 

A ti, mi querida niña, ahuyentada por el dolor y los miedos. Te fuiste un día corriendo, corriendo, tan deprisa que olvidaste dejar las miguitas de pan. Tú no pudiste volver y yo no supe encontrarte.

No sé cómo pasó, pero con el tiempo apareció un agujerito en mi pecho, a la altura del corazón, que crecía y crecía por más que lo intentara tapar. Mis canciones eran tristes de nacimiento y raquíticas de crecimiento, y pronto morían, huérfanas, de  muerte natural.

A la sombra de mi pena partí hacia otras tierras, en busca de algo o de alguien que me pudiera curar. Pero estaba muy oscuro, pues la sombra era tan grande que no dejaba entrar la luz y, aunque aparentara caminar, lo cierto es que no hacía más que tropezar.

Tras mucho circular en círculo mi cabeza aprendió y empezó a girar por libre, ella solita, dando vueltas y más vueltas sin cesar. Le crecieron unas cosas raras: pensamientos, según me dijeron; cada vez más largos y más gordos, llenos de profundas heridas: emociones, según me contaron. Y así, de la noche a la mañana, quedé atrapada, asfixiada, pues esas cosas malheridas estaban muy pero que muy enfadadas, y apretaban tan fuerte tan fuerte que no podía ni respirar.

Perdida en el reino de las tinieblas, un pensamiento se ensañó especialmente conmigo. Se llamaba “no hay salida”, y siempre le acompañaba una de las más negras emociones: “la desesperanza”, según me explicaron. ¿Y ahora qué? 

Solo pude llorar, al principio un poco, supongo que de pura impotencia, pero de repente surgió una tremenda tromba de lágrimas que sorprendió a todos los tiniebleros, incluida yo misma, pues ni siquiera sabía de donde procedían. Era tal el caudal del llanto que barrió todo lo que encontró a su paso.

Pensamientos, emociones y demás mecanismos caducos quedaron a merced de la vida y, entonces, cuando nada había ya por defender, el espacio todo se iluminó, a la vez que mi cuerpo se impregnaba de una voz profundamente cálida que decía: “nada encontrarás huyendo de tu realidad, no buscas en el sitio adecuado,  recuerda cómo empezó todo, recuerda el primer agujero de tu corazón”.  

Las hermosas palabras de mi Maestra se convirtieron en mi norte y su amorosa Presencia en mi sustento. Solo de su mano he podido hallarte donde siempre has estado, Aquí y Ahora, ya que resulta que, al final, tú tampoco te habías marchado.

Pero ven, preciosa, ven más cerca, deja que te sienta.

Ven, mi pequeña, no temas, vuelve a casa, a mi pecho, vuelve al calor de mi regazo. ¡Es tan grande, tan dichoso el amor que nos espera al final de nuestro abrazo…!

En tu confianza inocente, mi niña querida, está el acceso al inmenso espacio sin tiempo, donde moran el gozoso discernimiento y tu risa, sosiego de mi lamento. Pues en tu corazón abierto late el mío, en tu mirar lúcido me veo y, en tu respiración consciente, tomo conciencia al fin de que vivo, de que respiro.