A mi padre

 Como niña de tus ojos que fui, soportaste con amor largas sesiones de peluquería en mis primeros años, insolentes arrebatos adolescentes, arriesgados desbarres juveniles y, ya en la edad adulta, el vacío de una vida, de mi vida, supuestamente enfilada al fin en el orden social; en el rol familiar.

Luchaste por mi futuro y conseguiste para mí lo que tú no tuviste.

Tu orgullo por ello, sincero y tierno, flirteaba con mi culpa vacía, infeliz y atormentada, que nada colmaba.

Y muerta en vida buscaba y seguía buscando no sabía ni qué; quizás amor, quizás prestigio, quizás…

Tu mirada preocupada tutelaba mi viaje consciente de que ya sólo podía hacer eso: mirar mis subidas y bajadas, mi tristeza cada vez más triste.

Hasta que un día, agotada, me senté en el fondo de mi angustia y descubrí emocionada que allí era donde se encontraba eso, eso que buscaba, eso que ahora sí sabía que anhelaba. Encontré la paz; encontré el sosiego. Encontré la meditación.

Me adentré en un mundo extraño para ti y, aunque con cierto recelo al principio no tuviste problema en aceptar, porque eras un hombre bueno, que aquello que para ti era raro para mí era bueno. Que aquello que a ti te alertaba a mí me serenaba. Y lo aceptaste porque me amabas.

Y esa es tu mayor enseñanza papá. La aceptación.

A lo largo de tu vida me enseñaste con tu ejemplo que es muy sabio practicar la aceptación. Minimiza conflictos, aligera la mente, recupera energía y, sobre todo, desarrolla y desarrolla el amor, la compasión.

Aceptaste tu origen, tu nacimiento, y lo amaste.
Aceptaste el rechazo de tu familia y la compadeciste.
Aceptaste los reveses económicos y te recuperaste.
Aceptaste todos los dolores causados por tus hijos y, a pesar de ello, los comprendiste y los amaste más todavía.

Y ya en el final de tus días, nos regalaste tu entrega sencilla y sin aspavientos, con la sabiduría natural del que se deja guiar sin oponerse a vivir la fase final de su existencia, la de enfermedad y muerte.

Durante aquellos largos y penosos años en los que se te fue yendo la vida cada vez que te preguntábamos: “Papá ¿cómo estás?”. Siempre  contestabas lo mismo: “Bien”. Ya fuera de día o de noche, tuvieras dolor o te faltase el aliento, la respuesta era siempre: “Bien; estoy bien”.

Quizás como recompensa la fase más dura fue a la vez la más rápida y hermosa, impregnada de un halo de amor y serenidad que a todos acogía, y aún nos acoge y acompaña, ahora ya en tu ausencia.

Fuiste sin pretenderlo un ejemplo para todos.

Por eso me ofenden algunas voces que necesitan proclamar tras tu muerte la honestidad de tu proceder en la vida. Mancillan tu paso y traducen una mala conciencia, o un desconocimiento de tu persona, de tus cosas.

No tienen cabida en este homenaje…


Adiós papá.

He aprendido mucho de ti, de tus cualidades y también de tus defectos.

Y aunque tu recuerdo late en mi corazón, suelto mi mano de la tuya para que podamos volar tú a tu sitio: el campo puro de los seres nobles. Y yo, trascendidos mis lazos de sangre, al mío: a mi casa, a mi verdadera casa. A la meditación.