Trascendiendo el ego

 

Recuerdos de infancia frustrada.

El engranaje funciona y trasmite la carencia encarnada en aquel mundo adulto a un pequeño cuerpo que, con el crecer y con los años, convertido ya en carente, se prepara para  seguir cerrando el mismo círculo insatisfecho generación tras generación.

La rueda del karma gira implacable y, a menos que algo lo impida, ejecuta con precisión el mandato de su código genético.

Dolores y penas se perpetúan en los tiempos de la inconsciencia empujando sin control hasta que un día, perplejos, nos preguntamos qué ha sucedido al vernos convertidos en una réplica exacta de aquello que más odiamos; que más rechazamos.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

¿Cómo siendo una abanderada de los parias de la tierra compruebo estupefacta la levedad de mis lágrimas ante una tragedia internacional, en comparación con el desgarro profundo tras la negación de tal o cual capricho?

¿Por qué cuanto más me esfuerzo en ser generosa hay algo dentro de mí que muere con cada cosa que doy?

¿Ante quién justifico a esta niña maltrecha, ahogada por la ausencia de esto y de lo de más allá, a quien la envidia impide disfrutar y darse cuenta de que vive rodeada de abundancia?

¿Quién genera ésta angustia que se instala en mi pecho y nubla mi mente?

Llevo toda la vida intentando conciliar carencias, compensaciones compulsivas y sentimientos de culpa. Pero ésta es una amalgama de titanes. Fuerzas que, aunque por naturaleza se repelen, aterrorizadas unas de otras, siguen condenadas a permanecer unidas, enredadas en las espinas de la angustia omnipresente, que a modo de agujas perforan la mente y también el cuerpo un día tras otro; y ya van tantos años, tantas vidas, tantos mundos…

En la ausencia de discernimiento es el sufrimiento el que aboca a una rendición, por puro agotamiento, con la mente desbocada en razonamientos irracionales y el cuerpo exhausto, partido en dos, o mejor dicho en dos millones; sometido e incapaz de soportar por más tiempo la acción despiadada de tanta fuerza contrapuesta.

Hasta que en un momento dado hay una voz que dice: “ya no puedo más”; de niña solía decir: “que sea lo que Dios quiera”. Y sucede la rendición; la entrega del ego a la vida, a la imponente fuerza de la Consciencia.

Es el momento de una pequeña muerte con su correspondiente pequeña resurrección.

Nace así la aceptación. Que nada tiene que ver con resignación; ya que esta aceptación solo puede ser consecuencia de la profunda compasión que brota una vez trascendida la bulla mental. Surge tras el encuentro con nuestra esencia de paz genuina. Eso que buscamos con tanto esfuerzo y que solo encontramos cuando dejamos de hacerlo, cuando entendemos que lo único que tenemos que hacer es no hacer, tan solo “dejar que se haga”.

Apartado el fantasma del ego pretencioso que pretendía apropiarse hasta de su propia desaparición, amanece un nuevo estado amoroso y compasivo, que impregna y disuelve todos aquellos dolores e imperfecciones antes intolerables.

El corazón se expande, agradecido, liberado de la maraña inconsciente; y respira sereno viviendo por fin el instante, este instante, este Eterno Instante.