Presencia

 

Correr, preparar, organizar, comprar, trabajar y trabajar.
Correr, preparar, organizar, comprar, trabajar y trabajar.
Correr, preparar, organizar, comprar, trabajar y trabajar.
Sin Presencia, todos los días cuadriculadamente igual.

Me quejo mucho, por supuesto, y me digo “me parece que esto tiene que terminar”. Y para ello corro, preparo, organizo y trabajo todavía más, para poder tener tiempo para descansar. Pero irrumpe un imprevisto, y luego otro y otro y tengo que seguir corriendo, preparando, organizando y trabajando sin parar.

Y así, con el cuerpo exhausto y la mente opaca, me siento, supuestamente a meditar. Mas en mi mente no cesa la mecánica sucesión de actividades programadas, quejas, réplicas y contrarréplicas. ¿Pero de dónde sale todo esto?, ¿no era yo la que amaba, la que respetaba, la que se entregaba?

La vida, organizadamente desvitalizada, se estanca, y se sustituye por un conjunto de rituales maniáticos que todo el mundo debe cumplir, no vaya a ser que encima a alguien se le ocurra ser feliz.

Y poco a poco se va extendiendo un manto gris que se adhiere y aprieta, que seca, que mata. Es el reino del ego. El cuerpo emocional campa a sus anchas, unas veces ni siquiera me doy cuenta. Otras veces sí, pero poco puede hacerse en ausencia de la Presencia.

Tengo hambre, tengo sed. Necesito respirar. Son demasiadas las cosas que pretendo controlar. Flaquean ya las fuerzas y mi barca zozobra, a la deriva, al capricho de la mar, donde ya no tengo más remedio que dejarme llevar, arriba y abajo, inspiración y espiración ahora sí, de manera natural.

Retorna la Presencia y con ella la cordura, pues comprendo que su abrazo contiene mi único, mi auténtico sustento. 

¡Que no me abandone la Presencia!

¡Cómo podré reconocer si no mi Identidad Real, la  verdadera, ésa que emerge, amorosa, cuando se silencia el vocerío inconsciente!
La profunda, la inalterable.
Esa que emerge, lúcida, cuando el mirar se convierte en Atención Consciente, que transforma el dolor en amor y en confianza el temor. 

¡Que no me abandone la Presencia!
Cómo si no podré encontrar cobijo en la impermanencia.

Aceptar con ecuanimidad el sube y el baja: ahora laureada, ahora vilipendiada; el va y el viene: ahora me tienes, ahora no me esperes.

Cómo afrontar si no es desde mi esencia, el paso del tiempo, la enfermedad, las pérdidas o el declive y fin de mis días.

¡Que no me abandone la Presencia!
Que me inunde, que nutra toda mi existencia.

¿Cómo poder subsistir si no a la ausencia física de la Maestra si su tránsito terrenal en su cuerpo actual concluyera antes que el mío, si su palabra no se ha hecho vida en mí; si su enseñanza, la Presencia, su Presencia, no se ha instalado en mi interior completamente, realmente, establemente, irrevocablemente, para siempre…?

Por eso pido fervorosamente que pase lo que pase y esté donde esté, mi corazón, mi cuerpo y mi mente nunca se cierren a su luminosa influencia para poder confluir, desde el amor y el discernimiento, a través de fangos, páramos, desiertos y destierros, pues  en todos ellos subyace la alegría del conocimiento.

¡Que no me abandone la Presencia!

¡Que nunca nos abandone la Presencia!


¡OM AH HUNG BENZA GURU PEMA SIDDHI HUNG!