SIMPLEMENTE PASABA POR AQUÍ


Algunas veces la vida nos interpone aparentes obstáculos en el Camino Espiritual y con ello nos brinda, como quien no quiere la cosa, la oportunidad de afrontarlos de manera consciente. Sin embargo nuestra complicada mente egoica pensante, nuestro "yo" sufriente y calculador, acostumbrado como está a toda clase de argumentos acomodaticios intenta zafarse, esquivar cualquier situación que no le resulte agradable o beneficiosa  a la vista de su miope interés. De esta guisa vamos dando tumbos y vueltas, más bien diría yo revueltas, intentando en vano agarrarnos a los castillos en el aire que nuestra mente egoica infatigable nos ofrece a cada momento.

Comenzamos en esta rueda sin fin desde la niñez, continuamos en la adolescencia, seguimos en la etapa adulta, más tarde en la madurez y por último en el tránsito de la vejez. Son siempre los mismos impulsos. Repetimos los ciclos de avance-retroceso, euforia-depresión, pérdida o ganancia, movimientos inconscientes que nos resultan más que conocidos, familiares, por ser éstos los únicos resortes emocionales en los que hemos fundamentado toda nuestra existencia humana. De tal manera que, a pesar de sufrimientos y pesares, la mente egoica pensante se siente muy segura y cómoda entre ellos porque son el oxígeno de los que se alimenta.

Nos movemos entre el autoengaño y el olvido, entre la ingratitud y el "qué más da" que es equivalente al escepticismo. Hasta que un día de pronto la sensación de seguridad, bienestar o autocomplacencia desaparece por encanto, dejándonos bloqueados como un ascensor entre dos pisos. Y es en esa zozobra donde los miedos adormecidos reaparecen, se despiertan de golpe, resultando inútil mirar hacia otro lado buscando la salida de incendios porque tampoco existe.

La vida que se nos antojaba lineal, sin altibajos, sufre un brusco parón y en el peor de los caos se vuelve peligrosamente resbaladiza hasta perder el control del frágil equilibrio: un quiebro de salud, el desinfle económico, un romance acabado... La impermanencia se nos revela entonces como nuestra auténtica y última realidad  en este plano de virtualidad física en el que nos desenvolvemos a diario. Quizás internamente lo hemos sabido desde siempre, lo hemos intuido siempre, pero era y sigue siendo mucho más fácil cerrar a cal y canto los oídos a la voz de nuestro corazón  consciente o espiritual para dejarnos mecer por las músicas del olvido.

Así pues, lo que ayer era blanco hoy se torna oscuro. La atlética figura  de juventud va dando paso a las arrugas. El esfuerzo que antaño no lo era, es ahora cada vez más fatigoso. Y aunque se nos vendan en esta sociedad de consumo toda clase de productos para prolongar nuestro propio engaño, estamos abocados irremediablemente, a aceptar el punto final-vital del personaje que con tanto ahínco hemos construido, haciendo de él nuestra exclusiva tarjeta de identidad  a lo largo del breve periplo terrenal que recorremos. Nada más lejos de la verdadera realidad y naturaleza humana.

Nos vivimos tan identificados con los roles sociales, atrapados en este mercado y mercadeo de valores, apegados a una estética en su más amplio sentido, a un confort doméstico y domesticado en lo emocional-personal, tan llenos de miedos inconscientes, los unos recibidos como herencia por modelos familiares del pasado y los otros autoinducidos bajo la presión social-ambiental del entorno más próximo, que cualquier situación imprevista, inesperada, se nos antoja un incordio cuando menos o una tragedia cuando más, sucediendo que la mayor parte de  las veces vegetamos en un sin vivir continuo y seguimos sin darnos cuenta.

Nuestra meteórica y efímera vida, en cuanto al tiempo relativo, transcurre como un cruce de entrevías o estaciones, algo parecido a un compás de espera en el transbordo viajero. Transitamos por la ciudad absortos, distraídos, indiferentes, caminando deprisa hacia el trabajo, los quehaceres personales o deambulando en los espacios de ocio, entretenidos e hipnotizados  con el inmenso escaparate de necesidades creadas, hasta el instante  que nos damos cuenta, cuando nos damos, de que el cinturón de seguridad no funciona y el airbag supuestamente protector del que nos hemos rodeado termina por asfixiarnos.

La ruta sombría inconsciente, cultivada con esmero, fruto personal-individual tras un laborioso trasiego de obligaciones creadas y deberes aprendidos, es una senda tapizada por la desesperación, encapotada de un melancólico gris de aburrimiento o desencanto, que tiene la fuerza de hasta llegar a convencernos de que no hay salida, de que la felicidad  en la tierra no es posible, haciéndonos a su vez partícipes  en la creencia de ser tan solo sombras encadenadas a su propia sombra.

Salir de este espejismo dentro del laberinto emocional-cultural en el que llevamos instalados la presente vida es tarea harto difícil y complicada. Sin embargo, gracias a la espiritualidad Consciente tenemos en nuestras manos la herramienta de la meditación, el instrumento preciso al alcance de todos  cuya práctica disciplinada, sentada y diaria, nos permite nada menos que pacificar la mente, remansar sus aguas agitadas  y poder contemplar la colección  de pensamientos inconscientes  que anidan en su fondo, que nos llevan y nos traen, nunca mejor dicho "de cabeza". A medida que éstos van apareciendo sin previo aviso, sin orden ni concierto, cobrando formas animadas con voz propia en la sofisticada  pantalla de plasma cerebral, los observamos como una película de la que, en ningún momento nos sentimos ni protagonistas, ni actores secundarios, desde una relajación física y mental conectada a la Atención lúcida Consciente, de manera espontánea, natural, sin esfuerzos.

Con ese mínimo necesario de distancia en su contemplación, en su no implicación, disponemos de un buen punto de partida para empezar a despegarnos de las creencias ilusas e ilusorias acerca de nuestra libertad individual, existencial y real. La práctica disciplinada de la meditación nos posibilita la visión clara de las cosas y situaciones de nuestra vida tal como realmente son, sin velo, sin adornos fantasiosos, sin engaños. La verdad que se nos muestra, de tan natural que es, al intelecto egoico le puede parecer hasta simple, acostumbrado como está al juego de sombras y dudas calculadas.

La paulatina disolución de las imágenes, voces y pensamientos inconscientes está en proporción directa al mayor o menor grado de atención consciente que pongamos en la observación de los mismos. Cuanto más logremos mantener  una estabilidad en ella, en la atención, veremos desvanecerse, uno detrás de otro, los intentos de la mente egoica para apartarnos del verdadero fin de la meditación: el de conectarnos con nuestro Ser Real o Identidad profunda Consciente, donde todas las cortinas egoicas que envuelven y rodean a la gran pantalla cerebral e incluso la sofisticada sala de proyección pensante-inconsciente, desaparecen, dando paso a un espacio de silencio consciente y de paz, en el que nos reencontramos con nuestra verdadera esencia, la Vacuidad de todas las cosas, desde la cual contemplamos los fenómenos de la mente y su impermanencia como una misma ilusión.

Es en ese pequeño punto luminoso, que a lo lejos en la distancia anuncia la salida del oscuro túnel, donde renace la esperanza que uno ya creía perdida y con ella mi niño interior recupera el brillo que le es propio, el canto como alegre compañero de viaje, la sonrisa olvidada, las risas espontáneas, al mismo tiempo que los ojos interiores  se despiertan como faros guardianes en la noche y todas las células celebran no sentirse perdidas, abandonadas, saciando en el manantial del Amor Consciente mi supuesta condición kármica de "olvidado", en medio de un sueño profundo, bailando, trazando, girando sobre mí mismo en un círculo eterno una danza sufí de armoniosa belleza y amor incandescente hacia todos los seres, más allá del espacio conocido y del tiempo que medimos en horas.