¿QUIÉN SOY REALMENTE?

 

Como a todos vosotros, cuando nací, me pusieron un nombre. No tuve posibilidad alguna de elegirlo. Nadie me preguntó si me gustaba. Cada vez que me llamaban por él, yo acudía o respondía girando la cabeza. De modo que el paso siguiente fue el de identificarme con ese sonido que la articulación vocal producía. Pasando el tiempo ilusorio de los años, la inercia se convirtió en automatismo. Tomando cuerpo de credibilidad, firmada y sellada en un papel plastificado con mi foto en color. Algo parecido pero indoloro, al marcaje de las reses con el hierro de su ganadería. 

Crecí en el seno de una familia también adjudicada sin mi autorización, que yo al menos recuerde, donde los primeros pasos constituyeron un tanteo previo a la caminata que vendría después. Más tarde llegó la escuela con su variopinto y contradictorio universo. La cosa en principio fantástica se fue volviendo gris, pero que muy gris. Y la espontánea e inicial alegría de mi niño interior borrándose poco a poco, a medida que los libros de texto escolares cargados de nombres, fechas, números y letras, se abrían paso en el interior de mi cerebro infantil, proyectando a un mismo tiempo los fantasmas de la duda, responsabilidad o miedo.

Ese modelo “educativo” que se nos inculcó, en muchos casos grabado a sangre y fuego, depositó en nuestra cabecita, normas, conceptos y nociones tales como la vergüenza, el prejuicio, el pecado o la culpa, siendo desde entonces ese código informático de amputación vital, el lastre que nos ha acompañado a lo largo de nuestra existencia. Cuya operatividad y funcionamiento están a prueba de dudas. Por eso estamos donde estamos y como estamos.

La cuadrilla de amigos, primera referencia en nuestras relaciones sociales, es un bonito mosaico precursor de los roles y juegos con los que vamos a tener que desenvolvernos mientras dure este sueño al que llamamos “vida”. En él ya se establecen los papeles de sumisos e insumisos, triunfador o perdedor. Bien sea por el creciente empuje del entorno exterior y su influencia o por el karma acumulado con el que venimos, el caso es que parece que todo nuestro paso terrenal esté ya milimétricamente trazado, como si una mano invisible moviese los hilos conductores de cada uno.

Generación tras generación se van repitiendo esquemas similares de actitudes y comportamientos. El dinero. El poder. El amor a toda costa con el chico o la chica de mis sueños. La imagen comparativa de ser más que el otro o por lo menos no inferior. Algo así como… “el espejo en que me miro luce mejor que tu corbata”. Todo ello de manera sutil va sepultando nuestra verdadera naturaleza de ser y conformando al personaje con el que nos manejaremos a lo largo de una vida ensimismada o adormecida.

Tan solo cambia la escenografía, es decir, varían las apariencias formales de los objetos. Los coches, la ropa, nuevos utensilios domésticos, avances tecnológicos, en fin, todo lo que conforma el funcionamiento de cada época. Pero detrás de estos simples y a la vez complejos detalles para situar la escena, surge la pregunta que tantas veces he evitado:

¿Quién soy yo realmente?...     me pregunto a mí mismo con gesto enigmático y haciendo una larga pausa, como quién se toma un respiro para finalmente sincerarse.

Toda mi vida es una obra teatral, con un armario lleno de máscaras para la ocasión. Tengo una máscara para reír, otra para llorar, para enfadarme, reconciliarme, y la de más arriba la del último estante para seducir. Da lo mismo el género que sea a representar, soy un experto en todos. Ya lo decía mi padre, aquello de… “la práctica hace maestros”. 

Hasta que un buen día enfundado en traje de domingo o ropa deportiva, entro en la burbuja ilusoria de la pareja, los hijos, la hipoteca de la casa y todo lo demás. Respondiendo como creo que se espera de mí, al formulario amañado de preguntas y respuestas con la casilla de soluciones previamente tachadas. Y aquel amor de a dos pregonado por las canciones a todas horas, al pasar ilusorio del tiempo fue encogiéndose cada vez más y más, como las telas que en diferentes lavados se vuelven irreconocibles y los colores se evaporan en el centrifugado.

Entonces me parapeto en el trabajo como excusa o en lo familiar que no funciona, y así enmarco y encarrilo mi vida ilusoria, en un ferrocarril de vía estrecha con una única dirección posible, el taller de desguace. Siempre regando el tiesto equivocado. Da igual la clase de pareja que me monte, en definitiva es tan solo una escapada inconsciente, a la desesperada, con el fin de evitar a toda costa el mordisco de lo que uno entiende por soledad. Salto de una rama a otra y soy capaz hasta de cambiar de cárcel. Dejo la jaula que ayer era de oro, para instalarme en otra hecha con madera de ébano.

Todo lo descrito hasta ahora nos puede resultar en algún momento hasta familiar, como un mal sueño olvidado en el rincón oscuro de la memoria. Pero cuando éste se despierta y desata su furia, puede llegar a  ser una pesadilla incontrolable. Solo la meditación y su práctica pueden darme la paz Consciente que los sueños me niegan. Solo la observación continuada de los pensamientos inconscientes, mediante la atención lúcida Consciente puede disolver el poderoso veneno en ellos contenido.

Si el convoy de ferrocarril en el que estoy viajando va sin freno y cuesta abajo, permanecer más tiempo sentado ignorando lo que pasa, sería un absurdo disparate. Como un suicidio a lo bonzo pero de una inconsciencia total. Lo único que puedo hacer es no perder los nervios, mantener la calma, afrontar la situación y desde la clara luz Consciente que surge al conectar en meditación con la Vacuidad Compasiva, contemplar el zafarrancho mental como lo que es. Una ilusión superpuesta y montada sobre otra y otra y otra encadenadas sucesivamente. Una montaña de burbujas que pugnan entre sí, y que son evaporadas al momento por la luz transparente de la Consciencia.

Recuperar la verdadera identidad debe ser el objetivo prioritario de cualquier meditante. Sin ella, nunca podré reconocerme como individualidad Consciente en la Totalidad. Despojar a la máscara de turno, de cualquier atisbo de realidad es un primer paso. Volver a desandar el camino recorrido en dirección contraria, es la tarea. Aprender a despedirme conscientemente, de todo aquello que pensé…que era mío, al estar aferrado como una lapa a un simulacro de vida donde el tener intentaba borrar al Ser. La meditación es el suero de la lucidez Consciente y su práctica diaria, el goteo que va alimentando, limpiando, nuestra mente y cuerpo de la inconsciencia acumulada durante toda una vida. La meditación desenmascara a las máscaras, devolviéndote en un guiño amoroso, tu verdadero Ser, tu verdadero rostro. La Vacuidad gozosa y luminosa en la mente Consciente.