LA
NEUROSIS OBSESIVA A RITMO DE TANGO CUANDO SUENA UN VALS
A veces la Vida nos suele ir
anunciando con antelación suficiente, las fases ó cambios que en nuestro
transcurrir cotidiano se van a producir.
Pero es tal el empecinamiento que nos envuelve, que nos atonta, tal la
ceguera ó estupidez que somos incapaces de cortar el finísimo hilo de la
Inercia, a la que junto con la Ignorancia egóica, la hemos dado el poder
de convertirse en una gruesa cadena que controla todos nuestros
movimientos.
Tomamos determinaciones en un momento dado y al otro, solo un poco
después, nuestra cara sombría de la mente, el “Oscuro Inconsciente
Impersonal de la Naturaleza Humana” se encarga de desviar y desvirtuar los
nuevos caminos que nos llevan a la Gran Autopista del Despertar.
Damos tumbos y vueltas de campana, en este recorrer del tiempo virtual en
el que estamos instalados.
Un buen día, cualquiera, nacemos y empieza la carrera. Aprendemos a andar
a trompicones (algo muy parecido ocurrirá cuando nos convirtamos en el
adulto-niño abandonado). Más tarde llega la escuela con todo su
aprendizaje y desarrollo de materias, la mayoría inoperantes, cuya única
función es la de llenar con datos y más datos y borrones ese cuaderno
seminuevo de la mente infantil, y digo seminuevo porque ya ha sido
previamente estrenado y emborronado en el marco y ámbito familiar.
Es precisamente en este entorno donde la huella de las cicatrices suelen
ser más profundas, donde las heridas cerradas en falso se abren
periódicamente cuando por arte de birlibirloque algo o alguien aprieta el
botón correspondiente y éste hace saltar todas las teclas de nuestra
conformada pianola; el grado de estallido es variable, los hay con sordina
y los hay como una manada de bisontes en plena estampida, eso depende en
buena parte del modelo de traje y percha que el niño/a en sus primeros
años escogió como bueno y adecuado para poder sobrevivir a las reglas del
juego y complacer o contentar al mundo de sus mayores.
Así el niño/a va creciendo y tanteando, sin perder de vista las reacciones
de los adultos, a los que en mi “recuerdo ilusorio” (sobre los diez años
aproximadamente) los percibía como un iceberg a la deriva.
Dentro de las variadas alteraciones cerebrales y psicológicas de la
“mente no despierta” se encuentra la “neurosis obsesiva”. Uno de sus
rasgos característicos es la imperiosa necesidad a toda costa de buscar
enemigos sin tregua y encontrar cabezas de turco culpables, en las que de
manera cíclica descargar el peso de toda la frustración y angustia
reprimida que lleva a sus espaldas como un gran fardo pesado, que a medida
del transcurrir de los años se le hace más difícil sobrellevar su carga.
Esta clase de mente “neurótica obsesiva” necesita también (como si de un
divo operístico en cuestión) su “cla” correspondiente que comparta y
aplauda el “aria” interpretada.
Así puesta la situación parece que al ser humano le han gastado una mala
pasada con esto de venir a parar a este planeta, donde ya desde antes de
nacer tiene las fases de su vida programadas hasta límites insospechados.
A modo de resumen, pongamos un ejemplo visual, un final feliz (como en el
cine) que siempre viene bien y ayuda a comprender mejor todo lo expuesto:
cuando cada día salimos al rellano de la escalera de nuestra vivienda, lo
primero que vemos son las puertas de los vecinos más próximos y podemos
contemplar cómo es su actual estado de conservación, si les hace falta una
buena mano de pintura ó un arreglo de envergadura mayor.
De la misma manera, con la facilidad y fuerza de la costumbre con que
miramos casi siempre, la pared, puerta, propiedades del vecino o lo que
sea, si observamos nuestra propia puerta (que es lo primero que tenemos
delante de nosotros al salir de casa) podremos darnos cuenta del aspecto
que tiene y ver la poca o ninguna diferencia que hay con respecto de las
otras colindantes.
Si toda esa Energía que ponemos en Escrutar, Fisgar, Interpretar y Juzgar
todo cuanto acontece alrededor, la dedicáramos a mirar y observar en
profundo silencio a nuestro propio Interior, (campo más que suficiente
para quedarte boquiabierto de la impresión) seríamos un buen ejemplo, algo
digno de IMITAR.
Pero como nos vivimos con las limitaciones propias de la “mente no
despierta”, no seguimos el compás que marca “La Gran Orquesta Consciente”,
perdemos pie al mínimo detalle, al menor descuido te cambian de pareja y
un instante después te encuentras abrazando a la columna del Salón,
jurándole “amor eterno”.
Patinamos sin patín, esquiamos sin esquís y nadamos con traje y con
abrigo.
La “dormidera” es tan grande como la Piedad y Compasión que tiene con
nosotros la Consciencia.

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