EL BUDISMO EN OCCIDENTE                    Y LA FRONTERA DEL SIGLO XXI

 

Gracias a la diáspora producida, por el exilio forzoso para miles de tibetanos y en especial de sus monjes y lamas, desde hace más de cinco décadas, Occidente tiene un contacto visual y directo con la espiritualidad del budismo tibetano, con sus formas peculiares de entender ésta y con la interpretación Dhármica del ser humano en su relación con el mundo exterior y consigo mismo.

Es durante los años sesenta cuando en diversos países europeos, en los más desarrollados a nivel cultural y económico, la presencia del budismo y lamaísmo empiezan a poner su nota de color espiritual a una sociedad joven que despierta a nuevas culturas y conceptos a la hora de enfrentar y confrontar su razón de vivir, sus ansiadas preguntas y respuestas, que parecen no encontrar el eco necesario en las instituciones, bien de índole político, educacional y sobretodo espiritual.

En ese momento donde toda una creciente y floreciente sociedad de consumo muy atenta a los cambios ambientales que se estaban produciendo, se organiza para abrir y ampliar todo tipo de mercados, a un público consumidor cada vez más joven.

El debate entre la vida o la nada, el conformismo, la rebeldía o la simple indiferencia eran el marco habitual de una juventud europea hastiada, decepcionada, por la herencia de pasividad recibida de sus mayores, los cuales solo viven con la única preocupación de sobrevivir lo mejor posible, a costa de cualquier esfuerzo o sacrificio y con una sensación permanente en el cuerpo de inquietud hacia todo lo nuevo, hacia todo lo desconocido en su estrecho espacio vital que pueda poner en peligro las ilusiones realizadas, los logros conseguidos. Este miedo sin duda es una de las secuelas que dejó a la generación de nuestros padres y abuelos, como si de una herencia psicológica se tratara, la última Guerra Mundial pasada.

Es en ese preciso ilusorio período, entrecruce de caminos de lo antiguo y lo nuevo, donde el arte en todas sus expresiones, se busca a sí mismo, se vuelca, se transforma y en muchas ocasiones revoluciona.

Los Beatles, símbolo y punta de lanza de toda una generación y lo que vendría después, aparecen en todos los medios de comunicación en viaje hacia la India, donde un extraño gurú harapiento y desaliñado, les va a introducir a ellos y a los amigos que los acompañan, en la meditación trascendental.

Aquella noticia no pasó desapercibida, ni tan siquiera para quien esto escribe. ¿Qué es lo que estaba pasando? ¿Qué tenía que ver la meditación trascendental con la música?

Los comentarios en la prensa y televisión de la época, reflejaban el acontecimiento como si de un capricho snob o de última hora se tratara.
Pero algo realmente importante estaba sucediendo y aquello era tan solo el principio.

En los países de Europa Occidental con libertad religiosa en aquel momento histórico, poco a poco se fueron abriendo centros de meditación y prácticas devocionales, de las distintas escuelas filosóficas budistas, llegando a establecerse en Alemania, Francia y el Reino Unido principalmente.   

España apartada por entonces del circuito democrático, tardaría una década más, en recibir la visita de los huéspedes tibetanos.  

Y es a partir de los años ochenta cuando de forma organizada, se asientan en nuestro suelo las primeras comunidades budistas.

Como en todas las experiencias iniciales, es el boca a boca el instrumento más  barato y eficaz, algo así como un megáfono con sordina que anuncia con suficiente antelación, acerca de las fechas sobre retiros de fin de semana, meditación, la visita de lamas y sus enseñanzas.

Las personas que acudíamos a estas citas-encuentro espirituales, procedíamos de dos sectores principalmente: el de aquellos jóvenes de los años sesenta-setenta, desencantados del rumbo que iba tomando la política nacional y el de aquellos jóvenes cristianos inquietos y comprometidos en una fe renovadora, arrinconada y silenciada en el mejor de los casos, por las instituciones correspondientes.

Ese sentimiento-sensación, psicológicamente brutal (sobre todo para la mente infantil) del pecado, la culpa, la condenación eterna en el infierno y ese Dios de barbas blancas y larga melena, lejano y vengador, ha sido a mi entender, un útil instrumento puesto al servicio (casi siempre) de quien escribe la Historia y orientado (por no decir manejado) hacia intereses más mundanos que divinos.

Es así, como de esta manera y a lo largo de varios años, en los que accedo al Budismo, sus enseñanzas y su práctica espiritual básica, la Meditación.

Y es precisamente en esta disciplina meditativa, donde conecté muy fácilmente, encontrando lo que durante toda mi vida, sin yo saberlo, había estado buscando.

Una paz, una calma mental que disipa todas las sombras y posibilita a mi mente el abrirse de manera natural a ese espacio de luz interior donde me reconozco en mi potencialidad búdica.

Sin embargo, en las visitas periódicas de los lamas, las enseñanzas y sus correspondientes iniciaciones eran muy variadas, dejando casi siempre poco espacio a la meditación de la No forma, a la meditación Shiné, columna vertebral en mi modesta visión, de todas las escuelas filosóficas en general y del Budismo en especial.

Durante mucho tiempo, como meditante y devoto de las diversas prácticas espirituales e iniciaciones a las diferentes emanaciones búdicas o divinidades (por llamarlo de alguna manera) he tenido la impresión-convicción de estar simplemente cambiando de estampitas, las de mi educación católica (por ser esta la doctrina religiosa impuesta, por imperativos geográfico-políticos) por otras de imágenes muy vistosas y coloridas, que invitaban a una repentina ensoñación mágica gratificante.

Con el paso de los años he visto cómo engordaba (al mismo ritmo que mi cintura) la carpeta tibetana en donde voy guardando las enseñanzas, “pujas”  y todas las prácticas espirituales realizadas hasta el día de hoy.

Cuando miro a mi alrededor en la Gompa o sala de meditación, veo que todos los meditantes llevamos carpetas de parecido grosor y al preguntarles acerca de la frecuencia de tal o cual práctica, una amplia sonrisa me da casi siempre la respuesta…
¡Pero si justo tengo tiempo para venir a meditar!...

Está claro que para un occidental, con un ritmo de vida distinto, con un estilo de   educación diametralmente opuesto, con una forma de contemplar y valorar el tiempo, que nada tiene que ver con la cultura asiática en general y mucho menos con la tibetana en particular, le es razonablemente imposible el poder llevar la práctica con regularidad, de las numerosas enseñanzas que ha ido sumando año tras año.

De esta breve y apresurada reflexión se desprende, que si el Budismo cuenta con la herramienta espiritual más poderosa, la que nos conduce de manera directa al Despertar, como es la Meditación y si en la Esencia de ella todas las personas (independientemente de cualquier Credo) confluimos, debería de darse en Todos los programas de prácticas y enseñanzas budistas, una prioridad absoluta a su divulgación, exposición detallada y práctica habitual disciplinada.
Porque de lo que se trata es de Despertar… ¿o no?

Y dicho todo ello con el mayor de los respetos a quien corresponda.

Si se quiere o pretende importar, un modelo de culto enteramente asiático a una sociedad occidental, puedo afirmar con rotundidad que… está condenado al fracaso.

Podría decirse aquello de que en todas partes cuecen habas, pero tristemente es así.

Las instituciones en general, desarrollan sus programas muy al margen de la realidad social-ambiental de sus ciudadanos o fieles, sin tener en cuenta al otro para nada, tan solo valen en la medida en que éstos, los ciudadanos o fieles hacen a las instituciones imprescindibles.

No tengo un pedigrí espiritual, ni estudios filosóficos acumulados durante largos años, ni rango ni cargo del que vanagloriarme, tan solo soy un simple aprendiz de meditante, eso sí, con la inmensa fortuna de haber reconocido en el corazón espiritual, a mi Maestro.