DONDE NADA PERMANECE, 
                DONDE TODO SE DILUYE

 

Que el tiempo pasa, vuela y sobrevuela traspasando la realidad relativa donde vivimos y donde estamos situados, es algo común para todos los seres humanos a medida que vamos añadiendo dígitos o décadas en nuestra andadura personal. Esta mutación la experimenta en primer lugar la estructura física que nos sostiene, es decir el cuerpo humano y junto a ella va creciendo, tomando carta de naturaleza la inevitable certidumbre del breve tránsito existencial, la pura y simple impermanencia real a la que estamos abocados.

Como dice el poeta:
“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde – como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. Dejar huella quería y marcharme entre aplausos – envejecer, morir, eran tan solo las dimensiones del teatro”.

Ante esta visión clara y lúcida deberíamos tener una actitud de plena aceptación, acompañada de una humildad compasiva y amorosa hacia la plasmación del personaje ilusorio-egoico que hemos creado relegándonos a una vida dual, de la cual no tenemos conciencia, pasando de largo o de puntillas mirando en otra dirección.

Pero no es mi intención hablar, en este caso escribir, acerca del tiempo terrenal, ni de metereología en particular. La presente reflexión nace como una prolongación a lo expuesto y apuntado en la anterior.

Si los seres humanos estamos regidos por la ley de la impermanencia, también lo están sus acciones, sus logros, conquistas o derrotas, sus creaciones artísticas, sus organismos administrativos, sociales, políticos y religiosos.

La vida es un continuo movimiento siempre hacia adelante, y ante este empuje natural frecuentemente nos empeñamos en dar pasos hacia atrás por el miedo o la desconfianza, que son los frutos envenenados de la ignorancia. De estos rechazos y prejuicios individuales participa toda la sociedad, siendo el entramado de sus instituciones la cocina que aporta el menú correspondiente a digerir por sus ciudadanos.

En los momentos que vivimos de zozobra económica y naufragio de valores humanos, estando más claro que nunca el candente tema de la globalización en toda su amplitud, nos toca contemplar estupefactos la total impunidad con que se escamotea y dilata la ayuda de soluciones urgentes a problemas gravísimos de países y de continentes, en base a unas reglas de mercado que rayan más bien con la rapiña propia de épocas pretéritas.

Así nos toca danzar en el presente Samsara, subir y bajar, izquierda, derecha o centro. Opciones todas ellas legítimas, ideas y formas mentales de interpretar desde ángulos diversos la historia, la economía, la política, la educación y cómo no, la religión.

Y es de ella, de las instituciones religiosas sean del signo que sean, de su papel histórico, de su funcionamiento actual y su presencia en el futuro de lo que quiero trazar un simple borrador aportando mi visión personal ante ello.

Todas las grandes religiones surgieron desde la Consciencia como una respuesta a la necesidad vital del ser humano, esclareciendo sus eternos interrogantes de… “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?...

Con el paso del tiempo, a través de los siglos, a las enseñanzas originales se han ido añadiendo tal cantidad de escritos teológicos-filosóficos, que dificultan enormemente su comprensión. Dando lugar a una maraña intelectual necesitando de largos estudios y carreras para desentrañarla. Visión muy esquematizada dirán algunos, pero a la vista está. Sin embargo en el seno de las instituciones religiosas existieron y existen individualidades y corrientes de espiritualidad plasmadas en escuelas o grupos que buscan y viven la esencia, su esencia, que supieron mantener viva esa llama de búsqueda y encuentro amoroso-gozoso en el corazón espiritual, con la Presencia, con el Ser, llámalo como tú quieras. 

Cuando gracias a la Consciencia se produce en meditación, ese encuentro terrenal con la Vacuidad Compasiva lo que vivimos y llamamos “realidad” se difumina, desaparece,  para dar paso a una dimensión de tal magnitud o calado que la mente pensante queda paralizada, asombrada, desbordada y posteriormente esfumada en medio de un goce inenarrable haciéndote partícipe de tu verdadera Identidad profunda Consciente, de tu auténtico Ser Real.

A esta experiencia-vivencia íntima y personal la conocemos en Occidente con el nombre de “mística”. Estando presente a lo largo de la historia en todas las grandes religiones: en la Cábala del judaísmo, en el Sufismo del Islam, en el Cristianismo, en el Budismo e Hinduismo y otras, existiendo una abundante bibliografía sobre este tipo de vivencias-experiencias espirituales.

Es a partir de este lazo o nexo de unión comunitario a todas ellas, desde donde hoy en día la Espiritualidad Consciente vuelve a retomar su lugar en la historia de la Humanidad. Las instituciones religiosas pararon sus relojes hace años, incapaces de dar respuestas a los nuevos tiempos, a los desafíos actuales como los avances de la ciencia,  olvidando muchas veces su razón inicial de ser, que es ayudar a los fieles a reencontrarse con su esencia o Identidad profunda Consciente. Es un balón de oxígeno encontrar la referencia de la esencia, en líderes institucionales que expresan la plasmación de la Sabiduría y compasión imparcial, pero también es cierto que no es la expresión de la generalidad. La razón de ser de las religiones es la de ayudarnos a trascender la ignorancia dual-egoica a fin de que podamos vivir nuestra esencia llena de compasión y Sabiduría.

El actual reto de la historia urge la toma de conciencia a buscar y dar soluciones globales a los problemas globales de la tierra y sus habitantes. El planeta azul es único y sus necesidades son las necesidades de todos. En este fin de ciclo, de era, donde las fórmulas de siempre en el terreno político, cultural, económico, etc. están agotadas… solo desde la llama viva de una Espiritualidad Consciente, podremos encontrar el equilibrio necesario para saltar los obstáculos de la ignorancia fundamental humana, que es el ego ilusorio. Es necesario volver a la esencia de la Espiritualidad Consciente que es la misma para todos y desde la conexión directa con la Sabiduría saldrán las respuestas necesarias para cada momento. De modo que conduzca a la experiencia vivencia de cada ser humano con su Ser Real, no separado de la realidad última o Dharmakaya.

“Ambos luz y sombra son la danza del Amor. El Amor no tiene causa, es la expresión de los secretos de Dios…

El Amar y el Amante son inseparables y eternos.

Aunque pueda intentar… describir el Amor, cuando lo experimento… me quedo sin palabras. Aunque pueda intentar… escribir acerca del Amor, me quedo desamparado…

Mi pluma se quiebra y el papel resbala a ese inevitable lugar donde El Amante, Amar y Amado son Uno”.

                                               Jalal al-Din Muhammad Rumi

     (místico sufí y fundador de la orden de los danzantes derviches).