DE LA ÚLTIMA A LA PRÓXIMA,                     GRACIAS POR EL DESCONCIERTO

 

En la práctica de la meditación aprendemos a ver y saborear la impermanencia de todo cuanto nos rodea. Desde las personas que no figuran en nuestro hit parade de “favoritas”, hasta las que consideramos afectivamente imprescindibles; desde los bienes propios y ajenos, a las emociones perturbadoras de cualquier tipo. La mente egoica-pensante nos trae y nos lleva como las olas arrastran los restos de un naufragio en la superficie del mar.

De esta manera al estar acostumbrado en meditación a contemplar el regalo de los flashes conscientes, cuando toca admirar las correspondientes sombras inconscientes, la taquicardia espiritual es el primer síntoma que asoma. A la mente egoica-pensante le llega el desconcierto, la ingrata sorpresa, al advertir que la luna tiene su lado oscuro, oculto, sombrío, tenebroso, que es como decir mi “yo” falso del que nunca quise saber nada.

Una masa de nubes no deja traspasar los rayos de sol consciente, y donde ayer paseaba entre un campo radiante de girasoles hoy es un bosque envuelto por la niebla. Si un árbol no deja ver el bosque, la niebla no deja ver ni el árbol. Por mucho que me empeñe adentrándome en él, si la niebla no se disipa el porrazo está garantizado, de frente contra un tronco frondoso o un resbalón accidental hacia el barranco. La elección a todas luces es bien fácil, aunque en ocasiones ese asno, noble y bello animal que uno lleva dentro, en su inconsciente se empecine llevando la  contraria.

-   Pero bueno… ¿cómo es posible esto, con lo estupendo que soy? Aquí hay un inmenso error. Por favor, corrijan el guión, que me lo han cambiado. No es una película trágica es un vodevil. Y el director debería saber que soy el protagonista principal. Nunca hago papeles secundarios… protesto airadamente conmigo mismo.

La mente de superficie se agita en un intento vano de echar la culpa a otros. Se ve reflejada en el cristal de su pantalla. Anegada en su propia ciénaga mental, intuyendo lo que se le viene encima. La tormenta no tiene visos de arreciar y la meteorología anunciada no es nada halagüeña. Así pues, hay que buscar rápidamente un refugio, un lugar seco y seguro. La meditación es el más seguro de todos los refugios existentes. Y su práctica diaria, sentada, sin expectativas de logros meditativos, constituyen el mobiliario imprescindible. La práctica por la práctica en sí, como muy bien expresa mi Maestro. Todo lo demás vendrá por añadidura, cuando tenga que venir.

-   ¿Pero, qué pasa si no viene nada?... me pregunto con gesto interrogante.

-   Porque una cosa es la teoría y otra la práctica de ser prácticos… me respondo también.

La maquinaria mental saca su artillería pesada y monta una nueva batalla estratégica. Puedes elegir entre ser el manco de Lepanto o un soldado anónimo destinado a la fosa común de los desconocidos. Pero en definitiva, carne de cañón inconsciente sometida a toda clase de emociones perturbadoras y, lo que es peor, sin posibilidad de poner un final feliz al conflicto creado por ti mismo y contigo mismo. El cálculo matemático lo llevamos adherido como un chicle en el pelo. Difícil desprenderse de él a menos que hagas un buen corte capilar.

Algo parecido nos sucede con la meditación. Accedemos a ella, llevando incorporados toda clase de aditamentos pegados en nuestro inconsciente individual. Con la perseverancia en la práctica meditativa, estas adherencias negativas se van disolviendo, creciendo interiormente, en la misma medida, una gran confianza que se instala en nosotros junto a una nueva manera más abierta y distinta de ver las cosas. No hay ninguna fórmula mágica, ni plazos a cumplir en el tiempo, ni inversiones financieras que valgan. Nada de todas las triquiñuelas habidas y por haber, en ese andar por casa que tan bien conocemos, podrá resolver la ecuación inconsciente.

Cuando en meditación la luz transparente de la Consciencia reflecta las sombras de la inconsciencia y estas hacen su aparición en primer plano, no hay posibilidad alguna de auto-engañarse. No vale decir… tonto el último… y salir corriendo.

-   ¿Entonces, si no hay escapatoria qué puedo hacer?... me interrogo.

En primer lugar, dar las gracias a la Consciencia por el desconcierto inicial creado en mi mente de superficie., por hacerme ver con total claridad que el barco crucero con rumbo a la mente Consciente, lo tengo fondeado en una piscina, y que si no pongo los medios necesarios para sacarlo de allí y llevarlo hasta el puerto marítimo más próximo que tenga la profundidad adecuada de navegación, nunca podré ponerme en marcha.

Algunas veces la Consciencia nos habla con un lenguaje de signos incomprensibles a los mudos sonidos de la inconsciencia. A veces, cuando parece que el camino se hunde bajo los pies, aparece un nuevo sendero de más fácil acceso. La mente egoica-pensante no puede captar el alcance de estas señales y su aparentemente indescifrable sentido. Tan solo cabe agachar la cabeza, ante esta realidad. Y solo yo, en la medida de mi sinceridad, podré afrontar este reto, este salto cualitativo, mediante la Atención lúcida Consciente puesta a nuestra disposición, en todo momento, a fin de disolver paulatinamente mis sombras inconscientes e instalarme de manera progresiva en la lucidez de la Consciencia o Vacuidad Compasiva. Aceptar la evidencia, eso es lo que hay que hacer y ponerse manos a la obra. Nada más y nada menos.

“Que un día llamarás a mi puerta con la mejor de tus sonrisas, es tan cierto como que respiro. Nada más contemplarte, reflejarme en tu espejo y todo se tornará en pasado. No habrá existido nadie solo un sueño esfumado, en un silencio cómplice habitado entre dos. Mirar atrás, dejarlo todo y no llevarte nada, que gran lección de generosidad forzada. Solo le pido a la Consciencia, que es como pedir a la Vida, pero con mayúsculas bien grandes, estar con todo recogido, tener las cuentas claras, y presto a acompañarte al lugar que tú prefieras o hacia ninguna parte”.