CUANDO LAS BARBAS
                   DEL VECINO VEAS PELAR...

 

La cocina, lugar alquímico por excelencia de sabores y sinsabores gastronómicos, se ha convertido para mí desde hace unos meses en improvisada gompa o inesperada sala de meditación y reflexiones varias, cosas distintas aunque no necesariamente dispares.

Pues bien, estaba la otra mañana en el diálogo callado de legumbres y verduras, cuando desde la habitación contigua las noticias procedentes del televisor entraron sin permiso concedido en mis oídos, apoderándose también de la atención ambiental. La reconocible voz de su habitual periodista presentadora comentando los temas más candentes a desarrollar en el informativo matinal, desgranaba sucesivamente una letanía de tragedias a cada cual peor, a cada cual más alarmante. Sublevaciones, represiones sangrientas, manifestaciones masivas, guerras encubiertas, semidioses del olimpo político caídos en desgracia, crisis económicas sin precedentes, voraces mercados financieros, inmigraciones colectivas en busca del paraíso soñado, bolsillos con agujeros a fondo perdido, corrupción administrativa,… por llamarlo de alguna manera y como colofón de última hora, en el imperio del sol naciente un fortísimo terremoto de máximo rigor seguido a los pocos minutos de un devastador tsunami, ponía en gravísimo riesgo nuclear por los escapes radiactivos, en principio a los habitantes de la zona de Fukushima, cuestionando y dejando al descubierto la supuesta seguridad de las centrales nucleares, no solo de Japón sino del mundo entero.   

En fin, toda una muestra completa de lo que es capaz el ser humano actual no evolucionado, no consciente, no despierto. Dejé la cebolla que tenía entre manos en aquel momento y me dispuse a ver el telediario.

A lo largo de las últimas semanas los habitantes de este cada vez más diminuto e interconectado planeta estamos asistiendo entre el horror y la incredulidad como privilegiados espectadores, a los acontecimientos que día a día y minuto a minuto, los diferentes medios de comunicación nos informan poniendo a nuestro alcance el pulso vital de cualquier noticia.

Quizás lo impensable algunas veces es también imprevisible: lo que está ocurriendo por ejemplo en el mundo musulmán con efecto dominó, las movilizaciones pacíficas y multitudinarias de protesta, amordazada sistemáticamente desde siempre, hubiera sido difícil de creer unos meses antes. Al igual que en los años ochenta  la caída del muro de Berlín y la disolución de la antigua Unión Soviética, con todas las consecuencias político-económicas que tuvo para sus países satélites, véase Cuba.

De este ilusorio marasmo de arenas movedizas, de polvo y nada… me gustaría dejar y también… ¿por qué no? compartir, unas simples líneas de reflexión.

Todo alumbramiento de algo nuevo puede ser doloroso, por tantas cosas: el miedo irracional a lo desconocido, los apegos de cualquier tipo fuertemente arraigados en nuestro inconsciente personal o colectivo, el rechazo visceral a quienes consideramos enemigos. En definitiva una supina y cegadora ignorancia.

¿Es posible en toda esta inconsciencia para un meditante que busca conectar con su esencia humana, poner su granito de arena en el otro lado de la balanza, es decir en el de la Consciencia?
Yo diría que sí.

Desde que el mundo es mundo, la oración, la plegaria, ha sido el medio de comunicación y comunión directa de los seres humanos con su Creador, ponle el nombre que tú quieras, en mi caso la Consciencia, la energía Consciente, la Vida.

Para un meditante budista el nombre de Chenrezy es sinónimo de compasión y su mantra  OM MANI PADME HUM con su práctica continuada, el poder transformador de las emociones perturbadoras en sus virtudes correspondientes, el instrumento preciso y valioso, la herramienta perfecta, el yunque y la fragua donde se funde la ignorancia de los seres humanos inconscientes o dormidos.

Estoy plenamente convencido de que estas sacudidas de la naturaleza, a pesar de la destrucción y dolor causado no son un acto baldío, un azar malévolamente caprichoso. Estoy plenamente convencido de que la muerte y sufrimiento de miles de personas bajo cualquier represión en sus múltiples formas, son el preludio anunciador del final para un estilo o modo de vivir, de ver y entender la vida en su totalidad. El cromagñon inconsciente  del siglo XXI que cambió el hueso de mamut por los misiles, debe aceptar su natural extinción. Dando paso a una nueva era en la que el desapego consciente y la plena aceptación de la impermanencia, empezando por uno mismo, son los cimientos básicos sobre los que se asienta. Porque el nuevo ser humano Consciente y libre se acerca con paso ligero, pisándole los talones, proyectando su sombra porque está ya Aquí y Ahora.