AL AMIGO MIKEL LABOA

 

Eran las primeras horas de la tarde cuando el teléfono de casa, con su melodía mecánica-musical despertó al silencio adormecido, que de manera plácida flotaba en el ambiente. En una hora poco habitual de recibir llamadas, algo se agitó dentro de mí cuando escuché la voz de mi hermano mayor preguntándome si me había enterado de la noticia.

¿De qué noticia?... le contesté.

Ya me suponía que no sabías nada, por eso te llamo,… me respondió.

 Ha muerto esta madrugada tu amigo Mikel…

Enseguida supe que estaba hablando de ti, no me pilló de sorpresa el acontecimiento, porque sabía que tu estado vital últimamente se encontraba muy tocado, siempre fue la salud tu punto débil, pero como no te quejabas nunca de nada a uno le daba la impresión de que todo iba sobre ruedas.

Seguí conversando con mi hermano sobre la brevedad de la vida, las cosas, la salud, las personas conocidas, las que están y las que no.

Al término de la charla telefónica empezaron a llegar, como quien no quiere la cosa, un aluvión de imágenes, voces, sonidos familiares, “el poteo” al mediodía, las cuadrillas de amigos en la Parte Vieja de tu Donosti, los pintxos de bacalao, la Plaza “Consti”, los continuos encuentros con gente conocida y anónima, que interrumpían el poder tener una conversación tranquila contigo y sobre todo tu enorme paciencia, siempre cordial y sonriente hacia todos (incluso con este que ahora te escribe, que tantas veces te di la pelmada, estoy seguro de ello).

Te recuerdo afinando la guitarra a punto de salir al escenario en el “Victoria Eugenia”, ensayando canciones, probando y comprobando que no faltase nada.

Desde un principio me gustó de tu persona la humildad, la timidez, eras el “alma mater” de la fiesta y tú ni siquiera te dabas por enterado. Esa forma discreta de pasar por la vida, por las cosas, como una suave brisa que lo acaricia todo y no se detiene en parte alguna.

Te recuerdo en el salón de tu casa, los libros que tanto me gustaba curiosear, la guitarra guardada en su funda, algunos cuadros, la conversación diáfana, tranquila y tu escucha atenta a todas mis sugerencias musicales (algunas creo que muy disparatadas); descubrimos coincidencias en el arte, en la poesía, en la música y desde tu visión de adulto, animabas al cachorro adolescente-inconformista que alguna vez fui, a seguir buscando la “belleza de la vida”.

El paso de los años y sus avatares nos llevó por lugares no coincidentes, en este “carrusel” de la vida en el que nos montamos, tú elegiste la cápsula espacial desde donde poder arrancar a las estrellas, olvidadas y perdidas canciones; mi personaje en cambio escogió el coche de bomberos (algo parecido a mucho ruido y pocas nueces).

Pensé por un momento en ir a visitarte al Tanatorio, pero deseché la idea, porque sin lugar a dudas, la intimidad requerida para la ocasión no hubiera sido posible; en estos episodios de duelo es inevitable el desfile de caras conocidas y todo lo que ello conlleva, fotógrafos y prensa, el famoseo local llegando de manera intermitente me aturde y porque… también hay que decirlo, Tú tampoco estabas.

Allí solo se encontraba la carrocería inerte y gastada, del vehículo que utilizaste en este tu paso por la vida, es decir tu cadáver y esa no es la imagen que te retrata en mi corazón.

Así las cosas decidí quedarme en casa, tampoco puse ninguno de tus discos, no había necesidad, no hacía falta.

El pájaro como símbolo de libertad tan presente en tus canciones, se ha escapado.     Cuántas veces te he escuchado cantar “Txoria txori”, por fin lo has conseguido, bribón, recuperar las alas y abrir tu jaula para emprender el gran Vuelo.

Deseo fervientemente que al soltar tu cuerpo terrenal prestado, te hayas podido fundir con la amorosa luz blanca y compasiva de los Budas.

Disfruta de volver a tu morada natural. Allí donde nacen Todas las formas, allí donde el Silencio habla.