Vivencia otoñal

 

“Lo poco es mucho”. El pequeño pájaro rápido como brizna, se ha posado en la rama desnuda de noviembre, el aire puro tras la lluvia, el bosque oloroso a hojas húmedas y a tierra empapada; no hay colores vivos, ni trinos, ni flores, solo frutos y bayas radiantes que el otoño abandona en las ramas sin hojas. Todo va quedando en la ausencia de brillo, puro, silencioso, meditativo. Pero este manto de “menos”, de opacidad externa, de colores matizados: grises, tostados, marrones, negros que serán morados, agranatados, negros, esta opacidad es “más”. Es el momento de la decadencia del brillo exterior y cuando surge el silencio nuevo que viene de adentro y que se expande en una comprensión más profunda del propósito de las cosas, de los ciclos inexorables del tiempo que en su mudanza y en su pérdida muestran cómo en “lo poco” se abre camino “lo mucho”, si podemos abrir los ojos entre las ruinas de lo perdido, entre el apego a lo que cada día se despide para no volver nunca más y podemos dejarlo ir porque no nos pertenece y no puede colmarnos, porque es ilusionada apariencia de corporeidad, pero no es Esencia, no es lo que somos tras su velo quimérico.

Veo cada día el paso del tiempo que desdibuja mi imagen y crea otra de persona mayor, más opaca, que será una diferente por fuera, sin brillo, sin armas, sin esfuerzo, sin devaluar lo que muchas veces sé y me vivo como plenitud, paz, dicha. La constancia, día a día, de esta evidencia me ayuda a dejarme fluir en la renuncia tranquila, en la pérdida sin dolor y en la creciente constatación de esa otra realidad “más, mucho más profunda”, más verdadera que se expresa en todo lo que observo desde la atención lúcida, cuando ésta  acompaña y guía mi vida.

“Lo pequeño es hermoso”, dice un pensador de hace unas décadas. El pequeño lugar que voy ocupando en lo externo está lleno de cualidades, no solo externas sino de otras mucho más valiosas como: tranquilidad, mayor paz, más autenticidad en mis actos, regidos por otra fuerza interior que quiere unas veces, expandirse hacia afuera, ser útil, ayudar o servir; otras veces busca el silencio y la soledad para mirar dentro y ver lo inmenso que se extiende por todo lo que me rodea en palpitación de amor y plenitud, desde el foco de la atención a todo lo que late fuera y dentro.

El menor estímulo externo “es más”, más quietud, más plenitud, más dicha en ese gozar sin necesitar otro estímulo que el estar vivo, presente, consciente de este instante, del latido de la vida en lo que rodea el Aquí y Ahora.

El otoño, la oscuridad de la tarde temprana, el fresco que será frío, el silencio que va adueñándose de todo, lleva hacia dentro, hacia el hogar interior, que está siempre ahí, cálido, vibrante, solo en el acallamiento en muchos momentos del ruido interior que deja paso a la luminosidad y a la dicha consciente que nos invade en una abundancia que vivo, muchas veces, como una “nube luminosa” amorosa, dichosa que me envuelve, me nutre y me sostiene. Mucho, muchísimo y más es lo que recibimos y nos colma desde dentro, desde arriba, por doquier, fluyendo a través de quien canaliza y es esta esencia, que está cerca de mí y de otros y que felizmente despliega ese manto del esplendor del universo que es nuestra naturaleza profunda, para que lo vivamos, para que seamos ésta, lo que realmente somos. Consciencia, Presencia del Aquí y Ahora.