VENTANAS Y CLARABOYAS

 

Cuando acaba la práctica diaria de meditación a la que asisto, se recogen los cojines, arreglamos las flores, apagamos las velas… Vamos cerrando todo lo que ha  supuesto el ritual del reencuentro con nuestra otra realidad, solo  parcialmente degustada, vislumbrada entre la sombras del bosque egoico, entre la maleza del pensamiento.

Veo a nuestra maestra con una fuerza, con una alegría, con una energía que nadie tenemos, la veo que reside en otra dimensión, la dimensión que debe ser la de los seres “autotrascendidos”, libres de las ataduras del “falso yo” y no puedo evitar evocar a Platón y su mito de la caverna. Permitidme que lo resuma para expresar las vivencias de este momento, que es uno, si no, el más hermoso del día.

Cuenta esta fábula que había una cueva inmensa en el fondo de la tierra en la que habitaban seres encadenados desde su nacimiento. Totalmente inmovilizados, solo podían ver lo que tenían en frente ya que no podían girar sus cabezas. Detrás de ellos había un gran espacio, al fondo de éste ardía un gran fuego. Entre los hombres y la luz había un pasillo por el que iban pasando hombres y mujeres que llevaban objetos. La luz del fuego proyectaba sus sombras sobre la pared que miraban los seres encadenados que al verlas creían  que era la realidad, la totalidad del mundo. Así vivían años y años hasta que un día uno de los seres esclavizados se liberó de las cadenas y volvió su cabeza, comprendiendo el engaño en el que había vivido toda su vida, vio que lo que creía la realidad era un reflejo, una sombra de lo que verdaderamente  ocurría, que había otro espacio mucho más grande que la pequeña parcela que había creído el mundo.

Se cuenta que comenzó a andar y su cuerpo anquilosado por años de inmovilidad no podía casi avanzar, lo atenazaban dolores terribles. Sentía tanta curiosidad que seguía avanzando con gran dificultad. Logró reconocer el gran espacio que le rodeaba, en esta inspección vio un camino muy escarpado,  muy estrecho que salía de la cueva hacia otro lugar, lo siguió. Largamente, con mucho esfuerzo venciendo grandes temores y dificultades, porque necesitaba mucha fuerza para trepar y no caer de nuevo en la oscura cueva. El camino era a veces muy oscuro y estaba lleno de escollos que le herían y le invitaban a abandonar. Pero él siguió adelante, adelante, hasta que un día logró salir fuera. Quedó anonadado por lo que vio, la luz del sol cegaba sus ojos, el mundo le sobrecogía y le admiraba sobremanera con sus colores, con sus formas, con sus olores, con su belleza variada y espléndida. Se cuenta que no podía ver directamente todo aquello tan  extraordinario que solo podía ver el reflejo del mundo en el agua que lo presentaba de forma algo velada. Así permaneció largo tiempo familiarizándose con el nuevo mundo, comprendiendo lo limitado del mundo que creyó verdadero, viendo su opacidad limitada.

Recordaba a sus compañeros, allí al fondo, creyendo verdadero lo que era un sueño opaco, esclavizante, reducido a un pequeño y triste reflejo. Lleno de compasión, deshizo el camino y volvió a la cueva para señalar la buena nueva a todos los que allí permanecían atados. Éstos le miraron con sorpresa y luego con desconfianza, algunos, con enfado notorio, lo tildaron de loco. Temieron que quisiera hacerles daño, ya que al ser soltados, no podían mover sus cuerpos atenazados, el dolor que sentían era inmenso, las dificultades del acceso al exterior demasiado duras. Tanto lo criticaron que llegaron a la conclusión que era mejor aniquilar al emisario y seguir tranquilamente como vivían antes. Éste, viendo que su vida peligraba, logró escapar otra vez. No obstante, pasado algún tiempo parece que volvió para lograr ir liberando a alguno de los seres esclavizados y así poco a poco los fue sacando a la luz.

Yo me vivo a veces, como uno de esos seres esclavizados a las cadenas desde siempre, con la única visión de las sombras que me proyectan mis sentidos, confundiendo, si no tomo conciencia de ello, la realidad con su reflejo, con sus apariencias, el mundo con la proyección del falso sol del fuego egoico.

La Maestra vuelve paciente, amorosamente, siempre a la caverna para guiarnos y señalarnos el camino hacia la luz, hacia la realidad de afuera, con todos sus matices, su esplendorosa belleza. Ella, que ha subido el camino tortuoso, escarpado, difícil, para salir del sufrimiento, cada día nos comunica su verdad, nos muestra en sí misma todo lo que vive. La veo en otra dimensión que solo alguna vez he vislumbrado, la veo con esa alegría, esa lucidez sin límites, impregnada de ese otro mundo maravilloso, de la otra realidad, la suprasensible, la del alma, la del ser, donde la luz de la Consciencia, mucho más radiante que la del sol que creemos suprema, lo ilumina todo. Ella viene impregnada de este lugar, sus palabras nos llevan a este espacio “no dual”, este lugar en que ya estuvimos de niños, al que Ella, como el  maestro platónico, nos ayuda a nacer, “partera de almas”. Su  luz, su voz nos guía desde la cueva de nuestro ego hasta la superficie. Pero no dejamos las cadenas totalmente y volvemos a la oscuridad, un poco menos profunda, el camino a la superficie es más breve, el viaje de vuelta más corto.

Sobre todo sabemos que existe un mundo verdadero y confiamos en que un día moraremos fuera, en la plenitud de la verdadera verdad. Entonces volveremos a la caverna, sin cadenas, para ayudar, para señalar a otros como ahora nos señalan a nosotros. Pasaremos los peligros de ser tomados por locos y quizá intenten destruirnos como al esclavo libre, pero así hemos ido evolucionando los seres humanos, por otros que nos han guiado desde las tinieblas a la luz.

Lo bueno del trabajo realizado, del apoyo de la guía espiritual, de su siembra pertinaz y amorosa,  unido a nuestro anhelo de algo más profundo que dé sentido real a la vida,  todo ello hace que la caverna egoica tenga ventanas y claraboyas abiertas al cielo, que aunque está afuera, en otra dimensión, su vista nos incentiva para seguir descubriendo nuestras cadenas ocultas que soltamos una y otra vez pero, a veces vuelven a atenazarnos con sus fríos eslabones.

Un Maestro espiritual comentaba que para sentir la ansiada paz y el silencio de la mente hay que ver antes lo que la perturba, para ir comprendiendo amorosamente sus mecanismos y hacerlos conscientes. Así miramos las sombras y vemos sus quiméricos rasgos porque también vemos la luz radiante a través de nuestra Maestra, no solo en las meditaciones sentadas, también en el vivir y respirar cotidiano.

Le preguntaron a un Maestro Zen qué era para él esa doctrina y éste contestó con tono severo “llevar agua y partir leña”, o sea, hacer las tareas cotidianas con Consciencia, para ver a través de ella la belleza, la viveza auténtica y ver nuestro Ser Real en todo, sin sombras, sin proyecciones, como el niño ve con esos ojos luminosos y puros.

Pero esto que se dice tan fácil !qué difícil es! “Sé consciente de todas tus percepciones, sensaciones, emociones... instante a instante” nos dice nuestra Maestra todos los días, muchas veces de muchas maneras y su voz nos trae al presente una y otra vez, “Aquí y Ahora”. A ratos el milagro ocurre por un tiempo, “Aquí y Ahora” y la luz de la Consciencia, cálida, pura paz imperturbable, reina en nuestro mundo que ya no es la cueva egoica sino el Reino de los Cielos o una esquina de él, porque hay momentos de vislumbrar más y más profundo otros campos sin fondo ni límite, donde reside una paz y una dicha serena y maravillosa.

Volvemos al mundo del inconsciente y al sufrimiento egoico por pequeños avatares que el falso yo magnifica atenazando hasta el descanso y la salud; nuevamente la cueva con su oscuridad de falsas sombras, encadenándonos al pasado, al miedo a los falsos límites carentes, demandantes, temerosos de la vida.

Entrando y saliendo de la sombra, gozando del regalo de la luz que nos guía, de la fuerza de saber a dónde vamos, conscientes de que el camino y la meta están en alcanzar la verdadera dimensión, paladeada, vivida, regalada, sin cadenas, sin límites. Avanzando, quizá lentamente, pero avanzando, dejando atrás oscuridad y caminando por lugares escarpados hacia la luz consciente, no solo para nosotros, sino para ayudar a otros seres que, como nosotros estuvimos antes,  viven en las  tinieblas totales de la caverna de la ignorancia, que es sufrimiento más sufrimiento, a veces revestida de placer o de satisfacción de deseos inconscientes, pero a la larga sufrimiento y carencia.

La luz de las ventanas y claraboyas del alma nos impelen a seguir en el día a día caminando hacia la luz verdadera de la Consciencia.