Fluyendo en el Mandala

Fluyendo en el Mandala, espacio vital creado por la presencia de un ser despierto, que vive, que es la Consciencia pura, nuestra naturaleza real Búdica. Espacio protegido, luminoso, dichoso, espacio vivo lleno de color, armonía, hecho de complejos caminos y vericuetos que siempre confluyen entre sí, entrecruzándose en una figura perfecta.

Paraíso o laberinto, si no hay la guía de la Presencia lúcida. Uno camina por su senderos variados, muchas veces sorprendentes, así el camino que parecía largo se vuelve espacio circular o plaza donde confluyen otros caminos de otros colores y formas, uno tiene que tomar nuevas decisiones, viene de azul y se fusiona con el verde oscuro o con el gris para continuar andando hacia el centro donde todo se transmuta y se fusiona.

El Mandala no es una burbuja aislada del mundo, está totalmente abierto a éste, pero lo que penetra en él queda impregnado de alguna manera de su campo de conciencia, de su luminosidad, de su armonía.

Me vivo en este espacio maravilloso, como ser incompleto, en proceso de autoconocimiento y evolución hacia una mayor consciencia en todo lo que hago y siento, viendo cómo respondo a las demandas de la vida que entra con su intensidad, con su dosis de sufrimiento o inconsciencia, exigiendo respuestas, entrega, renuncia o cuestionamiento de las estructuras mentales con que el ego se manifiesta, el propio y el de los demás.

A veces la interacción con los otros se tiñe de dolor y tristeza, las partes carentes que todavía no he actualizado totalmente están ahí, vuelve la compañía de las viejas heridas de abandono y desamor, mucho más suave que antes. Dejo que se expresen y que el amor y la comprensión hacia su desvalimiento, poco a poco o a veces rápidamente, hagan que aquellas desaparezcan. La energía luminosa del Mandala, la presencia que habita ya en mí, de la Maestra espiritual, permite que el sufrimiento se vuelva comprensión lúcida, la luz consciente invade este espacio y se puede fluir en la serenidad y en la dicha.

Otras veces el dolor viene de la mano de otros seres que se acercan al Mandala para recibir apoyo, consuelo, comprensión profunda de lo que están viviendo. Allí estoy para compartir lo muchísimo que recibo, lo que hay para todo el que llega, porque no es de nadie en concreto, estando ahí, con Presencia, con Consciencia, el milagro sucede, el sufrimiento muchas veces extremo del otro, se transforma en paz, serenidad, en energía positiva para vivir con más alegría y plenitud. Asisto como testigo, como simple facilitadora de esta transformación.

Va fluyendo el día a día de esta vida dichosa, intensa que vivo, en muchos momentos de darme cuenta de que estoy en lo que estoy. La vida se vuelve mágica, hermosa, profunda, sencilla, brillando en todas las pequeñas y grandes vivencias que me rodean, cuando vienen a mi percepción y puedo estar ahí, dándome cuenta de las etiquetas que la mente egoica quiere ponerles: “bonito, frío, lluvioso…” Entonces todo esto tiene su propia realidad objetiva que se expresa como tal: la quietud de la naturaleza, los árboles del bosque o del jardín o calle, entre los ruidos del tráfico, están ahí completamente, mostrando el cielo entre las ramas. La pequeña brizna de hierba como cuchilla brillando con los restos de la lluvia, o ésta prendida de la ramas de cualquier árbol, refulgiendo su luz, iluminando silenciosamente con su presencia el mundo.

El ruido de cualquier objeto o ser, despierta intensamente la Atención Consciente y ésta evidencia el ruido mental que había en la mente: pensamientos variados, fantasías, recuerdos, es como despertar por la mañana y dejar todo ese mundo que no es la vigilia. La presencia fresca y nueva de lo que es la vivencia rica del instante lo invade todo; alegría y alivio de estar Aquí y Ahora conscientemente. Esto dura lo que dura, pero ahí está una y otra vez, entrando y saliendo de la Atención Consciente, viendo lo que distrae la mente y la lleva al vegetar egoico, cada vez viendo más su irrealidad, lo que perturba y oscurece la percepción lúcida.

Cada apego que voy soltando se transmuta en mayor paz y alegría. Faltan muchos pero voy caminando por el camino azul, verde o amarillo que la vida pone hacia la luz del centro del Mandala, con esta bonanza, el camino es hermoso y lleno de regalos, aunque éstos se disfracen de renuncia comprensiva o de resistencia egoica que hay que observar e integrar. Cuando camino por el bosque, el viento intenso y frío agita los árboles, el río se mueve rápido entre el cauce de ramas y troncos en la destemplanza del invierno. Cuando desciendo de la parte alta del camino me acoge la tripa del bosque y todo es quietud, suena el viento arriba, lejos, los ladridos de los perros quedan perdidos entre las ramas, hay silencio, paz, incluso las primeras flores salen protegidas en pequeños carasoles entre las ramas desnudas: violetas, anémonas, verónicas, pequeñas, delicadas, perfumadas. Hay quietud, protección, calma, como la mente cuando dejo el agitado, frío ruido mental y entro en la quietud del instante, en el interior de la vivencia. Puedo mirar la intemperie desapacible e imaginaria que he dejado, la mente de superficie egoica lejos, desinflándose como un globo de feria, como un sueño del que he despertado: maravillosa vigilia que dura lo que dura hasta que la inconsciencia me atrapa de nuevo.

La práctica de la meditación grupal es un refuerzo energético diario. Permanecer  en ella durante muchos espacios, en la vivencia de la Presencia, compartiendo la energía hecha de fuerza, luz, dicha, amor que emana de la Maestra, núcleo del Mandala, impregna nuestros cuerpos hasta las células mismas y nuestras mentes, limpiando e iluminando, elevándonos para que nos vivamos como lo que somos en nuestra esencia: plenitud y amor. Este regalo impagable me acompaña en cuanto pongo atención al cuerpo físico; la vibración amorosa de las células o la activación de los Chakras es especialmente intensa cuando despierto del sueño de la noche o cuando voy a entrar en él. Me siento llena de dicha y agradecimiento, sé que no es algo que deba codiciar, sino una muestra de lo que somos realmente y que hemos de compartir con todos.

El regalo viene otras veces en la meditación sentada, con la percepción de la presencia amorosa y lúcida a través de la transmisión directa Maestra- discípula. Ésta se expresó en una vivencia que me permitió vivir intensamente el amor incondicional, a través de una experiencia expansiva del Chakra del corazón, viviéndome en una dimensión sin límites materiales, con una forma no separada del universo. Me vivía como una individualidad consciente de que era consciente de la observación amorosa del espacio inmenso. El corazón físico parecía romperse en sus latidos, entre la emoción intensa y la incredulidad…

Duró lo que duró y se desvaneció dejándome esa referencia de lo que somos, de nuestro potencial inmenso, de lo que podemos descubrir en nuestro interior. Todo parece igual en mi vida pero ya no lo es. Sé más hacia donde me encamino, sé que fue un regalo, que es parte de la plenitud a la que aspiro; la otra parte es olvido de uno mismo, servicio, renuncia, entrega del ego y de sus pretensiones, entre otras la de ser muy dichoso y espiritual.

Gracias a la Maestra por su impagable entrega hacia la vida y hacia nosotros, por ser ella ejemplo intachable de lo que predica, por ser guía y centro de este Mandala en el que vivimos, muestra en pequeño de lo que podría ser el mundo, un paraíso de Seres Conscientes. Para lograrlo hace falta que depuremos más y más nuestras aristas egoicas y dejemos que la plenitud que somos en esencia aflore, para transmutar nuestra vida y lo devolvamos al mundo en forma de servicio, de entrega total, de olvido. Para que el amor, el gran amor fluya y fluya en el universo.